viernes, 5 de junio de 2020

La fatal arrogancia

Trato de aliviar, y a veces lo consigo, este odioso confinamiento que nos señorea con la lectura de las tragedias griegas combinadas con la audición de sendas conferencias sobre la vida y obras de Hayek. Pues bien, no me cuesta mucho interrelacionar las unas con lo otro ya que el origen último de las tragedias no es otro que el principal caballo de batalla de Hayek, es decir, la fatal arrogancia. 

Layo y Yocasta tienen la fatal arrogancia de creer -porque son incapaces de pensar- de que muerto su hijo Edipo sus problemas se acabarán porque no se se podrá cumplir el oráculo ominoso que les destina a ser asesinados por Edipo. Pero, claro, como todos los arrogantes, son cobardes. No se atreven a poner por obra por propia mano el filicidio. Por eso encargan a un siervo la cruel tarea. Y aquí es donde comienza el orden espontaneo de la acción humana que solo las mentes arrogantes creen poder controlar en todos sus millones de imprevisibles conexiones. El siervo es piadoso y en vez de matar al niño se lo entrega a un pastor que apacienta los rebaños del rey de Argos. El niño, entonces, acaba siendo adoptado por ese rey que, por cierto, no tiene hijos. Un día, ese niño ya hombre, oye rumores sobre su origen y, como suele pasar en estos casos, quiere enterarse de la verdad. Se pone en camino. Al llegar a una encrucijada se topa con un señor ya mayor que va en una carreta acompañado por varios siervos. Ese señor, por lo que sea, no quiere dejar seguir adelante a Edipo, se arma entonces un lance de encrucijada que diría don Quijote del cual muere el señor y todos sus criados menos uno que escapa. Edipo sigue adelante y cuando ya se acerca a Tebas le corta el paso un ser horripilante mitad humano mitad león. La Esfinge para que nos entendamos. La Esfinge tenía aterrorizada a Tebas con su costumbre, o necesidad, de comerse cada día a unos cuantos tebanos. Solo había una manera de que la Esfinje acabase con su atroz necesidad, que alguien desentrañase el enigma que proponía a todo el que se le acercaba. ¿Cuál es el animal que primero anda a cuatro patas, luego a dos y después a tres?

Bien, aquí quiero hacer un inciso y lucubrar un poco sobre el porqué de que los habitantes tebanos fuesen incapaces de descifrar un enigma que tampoco es que sea para tanto. Bueno, quizá tenga que ver en ello el que Tebas fuese fundada por Cadmo un hijo de Agenor, rey de Fenicia, que recaló en lo que hoy es Grecia a consecuencia de andar buscando, por orden de su padre, a su hermana Europa que había sido raptada por Zeus disfrado de toro cuando andaba jugando en la playa con unas amigas. De Europa nunca más se supo, pero a Cadmo le pareció que aquellas colinas áticas le venían como de molde para plantar en ellas unas cuantas viñas. Cadmo es a los griegos lo que Noé a los judios. El inventor del vino. El caso es que allí plantó viñas y fundó una ciudad, y de tal confluencia surgió, también por designio de Zeus que se encaprichó de una hija de Cadmo, Semele,  el que todo aquello fuese consagrado a Baco, el hijo que surgió del mentado capricho. Y aquí es donde yo, hilando fino, llego a la conclusión de que ese culto a Baco es lo que tenía tan fuera de sí a los tebanos que eran incapaces de percatarse de que el paso del tiempo cambia la forma de moverse las personas: cuatro, dos, tres patas. Claro, Tebas debía ser una calle Peña Herbosa gigantesca llena de roqueros que nunca mueren. O, lo que viene a ser lo mismo, Monte Citerón lleno de bacantes. Patético todo ello y fue precisamente Edipo el que les dijo, ¡tíos, estáis dando un cante que es que no hay quien lo pueda aguantar!

La Esfinge, una vez resuelto el Enigma, se retiró de la escena y Tebas volvió a la normalidad. Y los tebanos agradecidos no solo hicieron rey a Edipo sino que, también, le casaron con la esposa, Yocasta, del antiguo rey, Layo, que había aparecido muerto en una encrucijada. Más orden espontáneo como pueden comprobar. Pero, claro, por ahí andaba huido el siervo que escapó cuando aquel lance de encrucijada. Y lo sabía todo y callaba por miedo, pero seguro que lo comentó con alguien  y con ello dio origen al rumor que no cesa y que, hilando por aquí y por allá, descubre todo el pastel... y estalla la tragedia. Yocasta se ahorca. Edipo al verla le quita unas fíbulas del vestido y se pincha los ojos hasta dejarlos inservibles. Etc.

En fin, perdonen mi atrevimiento al interrelacinar cosas que parecen churras con merinas. Pero no, no lo son. Todo está interrelacionado y la fatal arrogancia consiste precisamente en creerse capaz de poder abarcar ese todo y por ello tener en las manos las herramientas precisas para planificar el futuro. Craso error. El futuro es implanificable. El único artificio que podemos emplear para afrontarle con ciertas probabilidades de no darnos el catañazo es el de emplear los pocos datos de que disponemos para adentrarnos en el agotador procedimiento de prueba/error. O sea, avanzar cuatro pasos y parar a comprobar todos los errores que hemos cometido durante ese avance. No hay otra forma de aprender, es decir, avanzar sin estrellarse. 

   

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