Hay, o había, un conocimiento empírico que prevenía sobre las falsas ilusiones que la gente se suele hacer cuando un moribundo experimenta una cierta mejoría. Es la mejoría que precede a la muerte, sospechaban los médicos, aunque, por supuesto, los muy ladinos no dijesen nada a los familiares. ¡Buena gana! Que vivan por unas horas con la ilusión y yo quedo como los ángeles y en el entre tanto me gano una pasta.
Pues bien, eso mismo, ni más ni menos, es lo que dicen las gráficas históricas que pasa con la bolsa de valores. En todas las crisis bursátiles de las que hay memoria siempre pasó lo mismo. Una gran bajada seguida de un periodo de subidas poco explicables dados los malos balances de la mayoría de las empresas. Subidas en las que, por cierto, el llamado dinero tonto, o sea, el de los ignorantes, entra al trapo y, de pronto, cuando menos se espera, la gran degringolade: a tomar pol saco los últimos ahorros de los inocentes. Una, dos, tres... veinte batacazos, y la codicia de la gente del común sigue siendo igual de ciega. ¡Ahora es es el momento!, gritan con entusiasmo y corren hacia el despeñadero.
!Qué le vamos a hacer si el mundo es cruel! Fíjense si son fáciles los cálculos: el valor real de todo lo que hay en EEUU es de cuatro billones -de los europeos continentales, o sea, cuatro millones de millones- de dólares y, sin embargo, los dólares en circulación son más de 230 billones. Es decir, doscientos veintitantos billones sustentados en la pura fantasía. Claro, ésta es la consecuencia de que a comienzos de los setenta del siglo pasado se retirase la paridad oro para el dólar. Ahora, no se engañen, la única paridad posible son las ganas de dar a la manivela de hacer billetes. "Pídeme dinero que yo te lo doy": en eso consiste toda la política monetaria. Gastar y gastar y gastar para que la maquinaria no se pare. Da igual a dónde nos lleve, porque lo que es impepinable es que si dejamos de pedalear nos vamos al suelo tan pronto como se extinga la inercia. Y ahí está el punto y la gravedad del momento, que llevamos meses sin pedalear y la inercia empieza a ser inapreciable.
En fin, no sé porque me intereso por estas cosas porque a mí, en principio, poco me pueden afectar ya. Todavía no he experimentado esa mejoría que es heraldo del inminente final, pero siento ya sus pasos en los bordes de mi cuerpo. Así y todo, debe de ser cosa de la genética, como dicen los calés que es lo suyo, porque no puedo evitar un cierto resquemor interior por no haber sabido dejar un a modo de escudo, o salvavidas de emergencia, a la progenie que, por lo que sea, tengo. No parece que haya habido o haya o vaya a haber sentimiento más generalizado sobre la faz de la tierra: los progenitores quisieran que su descendencia no se extinguiese por los siglos de los siglos, amén... y por eso, precisamente, fantasean con las virtudes inmarcesibles de ese escudo o salvavidas que les hubiese gustado dejarles en herencia. ¡Soberbia espirlochería!
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