martes, 16 de junio de 2020

Encadenado

Yendo un día por ahí en bicicleta fui a parar a un polígono industrial que hay a la izquierda de la autopista que va de Palencia a Valladolid, pasado Dueñas y justo por donde se toma la carretera que va a Valoria la Buena, patria, por cierto, de los ancestros de Amancio Ortega el Grande. Pues bien, delante de una nave de ese polígono vi una estatua de considerables dimensiones. Me acerqué a verla y constaté con sorpresa que representaba a Prometeo. Me quedé estupefacto. Busqué por allí a ver si había alguien con el que poder comentar el prodigio, pero fue en vano. Nunca había visto homenajear al dios, o titán si mejor quieren, que quizá más lo merezca. El que más hizo por liberar a la especie humana de sus ataduras animales. Podrían, pensé, haber puesto esta estatua en el centro de cualquier ciudad y así sus habitantes hubieran mostrado su condición de bien nacidos por agradecidos. 

Para que los que no saben, sepan de qué estoy hablando, les voy a transcribir lo que de este dios dice Esquilo en su tragedia Prometeo encadenado:

"No imaginéis que callo de desdeñoso ni de arrogante sino que dentro, en el corazón, me devora la pena viéndome así tratado. Pues ¿quién otro que yo repartió a esos dioses nuevos todas sus preeminencias? Más callemos esto, que sería contarlo a quienes lo saben, y oíd los males de los hombres, y cómo de rudos que antes eran, hícelos avisados y cuerdos. Lo cual diré yo, no en son de queja contra los hombres, sino porque veáis cuánto los regaló mi buena voluntad. Ellos, a lo primero, viendo, veían en vano, oyendo, no oían. Semejantes a los fantasmas de los sueños, al cabo de los siglos aún no había cosas que por ventura no confundiesen. Ni sabían labrar con el ladrillo y la madera casas halagadas del sol. Debajo de tierra habitaban a modo de ágiles hormigas en lo más escondido de los antros a donde jamás llega la luz. No había para ellos signo cierto, ni del invierno, ni de la florida primavera, ni del verano abundante en frutos. Todo lo hacían sin tino, hasta tanto que no les enseñé yo las intrincadas salidas y puestas de los astros. Por ellos inventé los números, ciencia entre todas eminente, y la composición de las letras, y la memoria, madre de las musas, universal hacedora. Yo fui el primero que unció al yugo las bestias fieras, que ahora doblan la cerviz a la cabezada, para que sustituyesen con sus cuerpos a los mortales en las más recias fatigas. Y puse al carro a los caballos humildes al freno, ufanía de la opulenta pompa. Ni nadie más que yo inventó esos otros carros de alas de lino que surcan los mares. ¡Y después que tales industrias inventé por los hombres, no encuentro ahora, mísero yo, arte alguno que me libre de este daño!

...Y, en fin, echando al fuego los grasientos muslos y el ancho lomo, puse a los mortales en camino de arte dificilísimo, y abríles los ojos, antes ciegos, a los signos de la llama. Tal fue mi obra. Pues, y las preciosidades, ocultas a los hombres en el seno de la tierra: el cobre, el hierro, la plata y el oro, ¿quién podría decir que los encontró antes que yo? Nadie, que bien lo sé, si no quiere jactarse temerario. En conclusión, óyelo todo en junto. Por Prometeo tienen los hombres todas las artes."


Ya ven, el que liberó a la humanidad de su ceguera y sordera y le dio los instrumentos para constituirse como ser único y libre, se tiene que conformar con el patio de una nave industrial en un polígono perdido en medio de la nada y, sin embargo, el que incitó a los liberados a constituirse en rebaño obediente a su pastor reina desde el cerro que domina la ciudad. Es lo primero que ves cuando por la mañana abres la ventana con la intención de ventilar las habitaciones... mejor no lo hicieras, porque de inmediato sientes la fetidez de su aliento que lo impregna todo de letal sumisión. 

Esa es la verdad de todo esto, que el tirano, Zeus, sabe bien a quien tiene que hacer monumentos en los cerros que dominan la ciudad y a quien encadenar a una roca en el Caucaso. Los méritos ajenos son el terror del tirano. La mediocridad su arma de perpetuación. Y esto nunca va a cambiar. 

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