jueves, 11 de junio de 2020

Flix-flix

En la calle en la que vivo han quitado los aparcamientos de coches para habilitar grandes terrazas. Me han dicho que es así porque los clientes no pueden permanecer dentro de los bares. Bueno, algo hemos ganado, desde luego, porque no creo que haya sitio en el mundo donde más se degraden las personas que en el interior de los bares. Aunque también pudiera ser que cuando acuden a ellos ya no quede nada por degradar. La de tonterías, ¡por dios!, que dice la gente cuando tiene el codo apoyado en la barra. Ya sé que hay toda una mística al respecto, como lo de Marlowe con los gimlets, pero la realidad se parece mucho más a lo de Jack Lemon en Días de Vino y Rosas. ¡Ya te digo, psicoanalizándose con el camarero! La definición perfecta del perdedor. Leyera la gente las memorias de Buñuel y se enterara de cómo tienen que ser los bares y la bebida para ser realmente estimulantes. Pero bueno, a lo que iba, a las terrazas que han habilitado en mi calle y de las que tengo un total control visual desde mi casa. 

Ayer al atardecer había gente, aunque como las mesas están tan separadas da un cierto aspecto de desolación. Así no hay quien escuche las conversaciones de las mesas de al lado ni, tampoco, se presta a entablar relaciones ocasionales con ellas. Todo ello, como que le tiene que quitar mucho interés al asunto. Porque la clave de un espacio dionisíaco por naturaleza es la promiscuidad. Si quieres convertir un espacio en apolíneo, Buñuel dixit, pon silencio absoluto, lo mismo respecto de la soledad y, como consecuencia de todo ello, para que el espacio sea rentable y no quiebre, precios prohibitivos para el común de los mortales. ¡Y qué le vamos a hacer! 

En resumidas cuentas, que miro el panorama desde la ventana y me da mucha pena. Los pobres camareros con mascarillas y guantes y venga y darle al flix-flix sobre mesas y sillas en una desesperada persecución del virus. Me pregunto de que mente perturbada habrá salido esa idea del flix-flix. Supongo que si no se produce una sublevación masiva y se manda a tomar por el culo el flix-flix y la distanciación apolínea, se va a producir una reacción en cadena de quiebras hosteleras que, paradójicamente, pueden acabar siendo el remedio de la enfermedad patria por antonamasia, es decir, el amor cósmico adolescente propio de las intoxicaciones etílicas tibias. Claro está, amor cósmico sustentado en la demonización de todo lo que huela a liberal. El caso, en cualquier caso, valga la redundancia, es subsumirse en el rebaño. En fin, mejor lo dejo.    

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