La cosa fue más o menos así. Una vez descubierto que Edipo no sólo había matado a su padre sino que también se había casado y tenido hijos con su madre, sus hijos, Polinices y Eteocles, le mandan al destierro y deciden entre ellos que se alternarán en el poder, un año uno y al siguiente el otro. Empieza Polinices y al año cede el poder a Eteocles. Pasa otro año y Eteocles se llama Andana cuando Polinices le reclama el traspaso. Las malas lenguas apuntan a que detrás de la rotura del pacto está su tío Creonte. Pero Polinices no se arredra, se va a Argos, segunda patria de su padre, a pedir ayuda. Los argivos montan un ejercito y marchan sobre Tebas. Son derrotados y en la batalla mueren Polinices y Eteocles. Y así es como todo el poder queda en manos de Creonte, el pariente vivo más cercano ya que es hermano de Yocasta, la mujer que fuera de Layo y luego de su hijo Edipo que, a su vez es padre y hermano de Polinices y Eteocles. Y de Antígona e Ismene, por supuesto. Desde luego que si hay una familia que merezca haber pasado a los libros de historia esa sin dudarlo es ésta. ¡Por Dios bendito, que no pudo ser que todo fuese predestinación divina! Algo tuvieron que poner de su parte para que las cosas saliesen tan mal.
Pero como al perro flaco no hay forma de que se le acaben las pulgas, las desgracias no pararon ahí. Todavía quedaba algo por destruir y a ello se puso Creonte con saña. Mandó que a Eteocles se le rindiesen honras fúnebres y que a Polinices, por traidor a la patria, lo dejasen insepulto para que se lo comiesen las aves y los perros. Y ahí fue donde pinchó en hueso, porque Antígona no quiso permitir tal sacrilegio. Y es que las leyes no escritas del cielo ordenan dar sepultura a los muertos. Y ahí es donde da comienzo una de entre las más bellas disquisiciones de la historia entre Antigona y Creonte sobre los límites del poder. Tan de actualidad, por cierto. ¿Porque es que, acaso tiene el poder terrenal derecho a conculcar las leyes no escritas del cielo? Bueno, eso es lo que pasa cuando la soberbia de los políticos entra en connivencia con su ignorancia. O sea, lo de cada día. Así es que ya sólo queda leer hasta el final la tragedia Antígona para saber lo que nos espera.
Y es que Antígona no está dispuesta a dejar que su hermano quede insepulto:
Pero es que no fue Zeus el que lo proclamó
ni Justicia, que vive con los dioses de abajo,
esas no son leyes que a los humanos dictan;
no creí que pudieran tus pregones a un hombre
dar autorización para infringir las leyes
no escritas de los dioses, que son inquebrantables
y que no datan de hoy ni de ayer, sino eternas
son sin que nadie sepa cuando se promulgaron.
Tales son estas normas y no me iba a exponer
a su sanción divina por temor al orgullo
de nadie. Que a morir iba, ya lo sabía
aun sin proclama alguna; y así, si antes de tiempo
muero, es beneficioso lo que en ello recibo...
Y Creonte:
Ésta supo mostrar ya su insolencia cuando
a infringir se lanzó la ley establecida:
pero tras el delito vino un segundo abuso,
el jactarse con burlas de haberlo cometido.
Ya no sería, pues, un hombre yo, mas ella,
si impune esta victoria sobre mi consigue.
Por todo lo expuesto fue que Creonte mandase enterrar viva a su sobrina Antígona que, por cierto, es la prometida de Hemón, hijo a su vez de Creonte. De nada valen los razonamientos de Hemón, ni de el adivino Tiresias, ni de los ancianos: Creonte sigue en sus trece porque todo lo apuesta a que el poder sea inflexible en sus decisiones. Es como aquello del padre de Jimena en las Mocedades del Cid: procure siempre acertarla/ el honrado y principal,/ pero si la acierta mal/ sostenerla y no enmendarla. Y claro, como no podría ser de otra manera, el padre de Jimena muere a manos del Cid. La estulticia tiene un precio.
Bueno, en descargo de Creonte hay que decir que al final cae en la cuenta de su error, pero ya es tarde. Antigona ya se ha suicidado y Hemón está a punto de hacerlo, pero no sin antes escupir en la cara a su padre. Después, de poco valen los lamentos:
¡Ay, ay de mí! Ningún mortal
podrá cargar con la culpa mía.
Yo, infortunado, te maté, hijo mío,
ésta es la verdad. ¡Eh, servidores
llevadme de aquí cuanto antes, conducidme lejos,
pues ya no existo, ya no soy nadie!
La obra concluye con la reflexión del Corifeo, o sea, la sabiduría que subyace en todas las conciencias una vez liberadas de las fatales emociones:
La cordura es con mucho precisa al que quiera
ser feliz y también debiera abstenerse
de impiedades. Aquel que se muestre soberbio
y lenguaraz grandemente sus culpas
expiará y con los años
tendrá que aprender sensatez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario