Sin que me puedan caber muchas dudas al respecto les quiero confesar que de todas las tragedias griegas en las que me detuve la que más conmoción mental me produjo siempre fue Las Bacantes de Eurípides. Me pone la cabeza como una moto y no encuentro forma de poder echar el freno. Es tremenda la cantidad de sentimientos encontrados que suscita. Aunque en realidad, si bien se considera no trata de otra cosa que de la necesaria cuota de irracionalidad que necesita toda vida que no quiera verse avocada a la catástrofe. Así de sencillo.
La irracionalidad. ¿Y cuál es su cuota óptima? Porque, claro, una vez soltadas las riendas tiene una propensión innata a desbocarse. Sí, sin duda ésta es la tarea más penosa de la vida. Y, también, donde más se nota la calidad de la maquinaria que traemos de fábrica, la inteligencia y todo eso... bueno, quizá lo mejor para entender un poco de qué va todo esto sea leer a Bukowski: solo una fortaleza física y mental como la suya es capaz de, no solo sobrevivir sino, también, sacarle rendimiento a la irracionalidad desbocada. un don, en definitiva, que los dioses reservan a los elegidos. A los verdaderos elegidos, quiero decir, que es que nos tomamos cuatro cosas, empezamos a decir chorradas, y ya nos creemos que somos uno de ellos.
Pues sí, ¿saben qué?, que si por mi fuese iba aponer a todos los niños a aprender de memoria Las Bacantes. Luego, ya, sería cuestión de organizar los ritos necesarios para dar vueltas y más vueltas a cada frase, tratando de encontrar el sentido de su sinsentido. En fin, para que se hagan una idea de la importancia de estas cosas les contaré que la costumbre en Delfos era mandar todos los años tres meses a descansar a Apolo y dejar que durante ese tiempo campase Dionisos a su antojo.
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