sábado, 27 de noviembre de 2021

No compliance

Menos mal que los vídeos de Jens Larsen me desconectan por un rato de esta apestosa realidad. Era tener demasiada chamba el haber vivido una vida tan larga sin un sobresalto de los de verdad. Pues bien, no creo equivocarme si digo que ya le tengo aquí. Esto que está pasando tiene todos los visos de ser un Fahrenheit 451 elevado a la enésima potencia. Porque ahora ya no hay bosques en los que esconderse. Con cualquiera de esas tecnologías que ya se consideran de tres al cuarto te descubren aunque te hayas escondido en el mismo centro de la tierra. 

Ahora no veo otra salida a esto que la "no compliance". Es decir, una resistencia a lo Gandhi. Me escaqueo de todo lo que me quieren imponer. No voy a caer en ese pancismo que exhibe la mayoría de la gente que me rodea. ¿Por qué no, si total...?,  dicen los muy idiotas que no saben una palabra de historia. Si me pliego a lo que me dicen soy libre: puedo viajar, puedo ir a la disco... ¡Idiota, les estás haciendo el juego! Mañana, o pasado, pondrás tu QR frente a la pantalla para poder pasar y te dirán que no porque has sido un chico malo o lo que sea. Tu emprendiste el camino de la esclavitud. Del asservissement volontaire. 

La no compliance al menos te reconcilia contigo mismo. Sí, reconozco que fui un impresentable toda la vida, pero ahora me están dando la oportunidad de acabarla con dignidad. Es la mejor herencia que puedo dejar. Si no puedo comprar comida por no tener el dichoso pase sanitario y muero de hambre... pues bueno, ya tengo la edad que tenía Eratóstenes cuando decidió dejar de comer porque la vida que se le presentaba por delante le parecía que iba a ser una mierda. 

No compliance. Sólo hace falta un predicador que convenza a las masas de que solo así se podrán salvar. Hay que resistirse en masa, como cuando los indios que seguían a Gandhi. No hay poder en el mundo que pueda con eso. 

viernes, 26 de noviembre de 2021

21.000%

 



De ser verdad, amárrense los machos. Sería tanto como decir que estamos en un exterminio programado por la puerta de atrás. A la chita callando. Porque las leyes del mercado son inexorables. Ergo el esperma de los vacunados... se lo pueden imaginar.

En fin, que cada día que pasa se me quitan un poco más las ganas de seguir viviendo. 

jueves, 25 de noviembre de 2021

Dátiles con anacardos

Lo que son las cosas. Coges, agarras un dátil, le sacas el hueso y pones en su lugar un par de anacardos, te lo comes... y olvídate de la viagra. Pero es lo que pasa, que lo que se conoce como los Big Pharma utilizan todo su poder, que no es poco, para impedir que lo que siempre ha funcionado siga funcionando. 

Ya he contado en numerosas ocasiones cuan tormentosa ha sido mi relación profesional con las Big Pharmas. Odiaba, de la forma más racional posible, tener que decir hola a aquel grupo de parásitos que indefectiblemente se demoraban a la puerta de las consultas con sus gabardinas a lo Humphrey Bogard y sus maletines de cuero. Los tíos aguantaban estoicamente una, dos, tres horas a pie firme por tal de poder soltar cinco minutos de rollo a cualquier médico que se dejase. De hecho, había una soterrada división entre los médicos en función del trato que unos y otros daban a esos parásitos. 

Siempre he llevado como un apestoso peso en la conciencia las 35.000 pesetas que me dio uno de esos parásitos por un trabajo que me invente sobre la marcha acerca de los maravillosos efectos de uno de tantos antibióticos. Tendría por entonces unos veinticinco o veintiséis y estaba a dos velas. En el hospital en el que estaba haciendo la especialidad en régimen de internado nos pagaba la simbólica cantidad de 500 pesetas al mes. Y por otro lado, es sus comienzos profesionales, hasta los más avezados son presas fáciles de los vendedores de halagos. Pero una y no más; en adelante cada vez que he tenido que saludar de pasada a uno de esos parásitos se ha revitalizado el apestoso peso de mi conciencia. Nunca les recibí y, por tanto, nunca me volví a prestar a sus prácticas mafiosas con las que, todo hay que decirlo, la inmensa mayoría de los médicos estaban encantados. No creo que nunca haya habido en la historia del mundo caso de cohecho, prevaricación, o como quieran llamar al latrocinio puro y duro, como el protagonizado entre la clase médica y las Big Pharma. 

Y en esas estando, muy alejado ya de la práctica médica,  cuando voy y escucho a Escohotado dando otra versión del asunto. Es lógico, argumenta, que si los médicos son una pieza clave en la cadena comercial del medicamento saquen su tajada de ello. Y de paso nos explica la manera civilizada y, sobre todo, inteligente, que se han inventado los yankis para llevar a cabo semejante escroquerie, que así escomo dicen los franceses al latrocinio. Sin duda a Escohotado le faltaban elementos de juicio para emitir un veredicto sobre el asunto. Él, que se jactaba de no haber pisado la consulta del médico en los últimos cincuenta años. Pues bien, si hubiese frecuentado a esos parásitos que se hacen llamar visitadores médicos y se hubiese parado a analizar el uso de los medicamentos que se hace en la práctica médica habitual, seguramente hubiera cambiado de opinión. Y no te digo  nada, ya, si hubiese observado el cachondeo de los congresos médicos con visita al cabaret incluida. No, estoy seguro de que hablaba por hablar con la intención de que le cuadrasen sus teorías... como por otra parte hacemos todos a todas las horas del día que, no por otra cosa, es que seamos seres tan ridículos. 

En fin, que les cuento estas cosas porque a mi juicio son de mucha actualidad. Las Big Pharma lo han vuelto a hacer. Es decir, que según todos los indicios, se la han vuelto a meter doblada a todo el que no se ha parado a escuchar a los que sabemos de que va el rollo. Pero bueno, como dijo Nosequién, no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.  

martes, 23 de noviembre de 2021

Hace 80 años


Como a los judíos en la Alemania de hace 80 años o así a los no vacunados les ha llegado su hora. El odio de la población hacia ellos es manifiesto. Si no fuese por ellos viviríamos en el mejor, de los mundos, se les nota que creen. Ya, hasta los mismos mandatarios, salen en las televisiones públicas pidiendo poco menos que sus cabezas. Aquí en la que dicen Cantabria, de soltera La Montaña, el coronel Anchoa le ha pedido a Rambo que les persiga por tierra, mar y aire. 



Es lo que hay y, aunque sé a ciencia cierta que es imposible luchar contra ello, no me resisto y allí donde voy monto el pollo a la primera de cambio. Podría pasar, pero no puedo porque quiero tener la conciencia tranquila el día que entren los aliados. Porque, no lo duden, acabarán entrando y, entonces, todos esos que hoy viven al grito de ¡la mascarilla, caballero! tendrán que bajar la mirada avergonzados por todo lo mierdas que fueron en los días de la gran manipulación. 

Afortunadamente cada vez hay más gente despierta porque el embuste no se mantiene. Nigel Farage, el que fuera el héroe del Brexit, ha dicho que a él no le van a tocar más los cojones. Y por mucho que lo quieran ocultar hay millones de personas protestando en las calles. En Austria el gobierno ha impuesto el confinamiento a los no vacunados y, al parecer, nadie ha cumplido porque, entre otras cosas, los sindicatos policiales han dicho que con ellos no cuenten para ir por ahí pidiendo carnés de crédito social. Y Apple amagó con impedir la instalación de Telegram en sus teléfonos, pero se ha echado atrás porque seguro que se ha percatado que eso que se percibe en el horizonte no es otra cosa que las orejas del lobo. 

En cualquier caso, debemos alegrarnos de que por el momento no esté corriendo la sangre. Sabemos que hay efectos colaterales entre los vacunados, pero desconocemos su verdadero alcance porque la manipulación de las cifras forma parte del arsenal de la guerra en curso. Ahora bien, lo que no desconocemos ya es que las famosas vacunas son un bluf de tomo y lomo... como por otra parte lo es el 90%, y me quedo corto, de los medicamentos que venden los laboratorios. 

En fin, a la postre, será lo que Dios quiera. Roguemos porque no quiera otra igual que la de hace 80 años. 

lunes, 22 de noviembre de 2021

¿Por dónde empezamos?

Cuando nací, hace ya 80 años, la población mundial a duras penas llegaba a los 2.500 millones. Cuando fui a estudiar a Valladolid con 17 años ya se rondaban los 3.000 millones. Para entonces, las consecuencias del aumento que se percibían parecían todas positivas. Cuando me trasladé a Madrid con 22 la ciudad estaba orgullosa de haber alcanzado el millón de habitantes y los 100.000 coches circulando por sus calles. Aquello parecía una fiesta que nunca se iba a acabar. Todavía muchas de sus calles eran bulevares en los que podías tomarte una cerveza en cualquiera de sus chiringuitos a la sombra de los centenarios plátanos. Para cuando abandoné la ciudad, tres años después, ya ni bulevares ni leches: los coches se habían doblado y la única obsesión del ayuntamiento era la de darles espacio a costa de los peatones en el inútil empeño de evitar los atascos. Bueno, han sido suficientes los años de mi vida para que la población de Madrid se multiplicase por diez, o quince, o veinte, no sé, da igual porque en cualquier caso es una barbaridad. Y de los coches, mejor no hay que hablar para no echarse a llorar. ¿Qué porcentaje de sus vidas pasan dentro de ellos la mayoría de sus ciudadanos? Mejor no saberlo. 

Sin embargo, en el pueblo en el que nací había 2.300 habitantes diseminados por las diversas pedanías que hay repartidas en unos 37 km2. Hoy día vienen a ser más o menos los mismos habitantes, pero, cosa curiosa, a primera vista se diría que son diez o veinte veces más. Y ¿saben por qué? Pues muy sencillo, porque son diez o veinte veces más ricos. Porque esa es parte esencial de la condición humana: ocupar cuanto más espacio mejor en función de las posibilidades pecuniarias. Ahora vas a mi pueblo y parece una casa de putas, con perdón. Ofreciéndose al turista como si fuesen las sacerdotisas de Istar: con las piernas abiertas. He ido por allí media docena de veces en los últimos cincuenta años y a duras penas he podido contener las lágrimas. Mi impresión es que todo ha ido a peor; se diría que de las múltiples identidades individuales de aquel entonces se ha pasado a una única colectiva. La horterización de la vida se manifiesta de forma estrepitosa. ¡Mucha piedra en las fachadas y mucha flor en los balcones! Y, por supuesto, mucho coche de alta gama a la puerta. 

No sé si se habrán dado cuenta, pero les acabo de relatar los dos componentes principales del irresoluble problema que afronta el mundo. Irresoluble por las buenas, quiero decir. Población multiplicada por casi cuatro y riqueza por diez, nos da un resultado de cuarenta veces más a efectos de ocupación del espacio. Ya, solo con los pedos que tiramos entre todos es para echarse a temblar. Así que de qué nos habríamos de extrañar porque esté pasando lo que está pasando. Es tal la presión de las circunstancias ambientales que no queda espacio para la razón. El peligro que olfateamos nos animaliza y, con ello, nos echa en manos del instinto: hay que matar para vivir. ¿Por dónde empezamos? Adivínenlo.

Escohotado

Ayer murió un hombre valiente. Con un cigarrillo de lo que fuese en una mano y un vaso de whisky en la otra. O sea, con las botas puestas. Preguntado, ya en sus últimas horas, cuál pensaba que había sido su máximo logro en la vida, contestó, sin excesivos titubeos, que el haber aprendido a estudiar.  

Ya ven, aprender a estudiar. Algo en lo que, quizá, la inmensa mayoría de los mortales  nunca piensa. Como si estudiar fuese solo cuestión de voluntad. Pues no, nada más lejos de la realidad. Conozco multitud de personas que han culminado con éxito sus estudios universitarios y no saben nada de nada. Gente que memorizó pero no comprendió, por así decirlo. 

Aprender a estudiar es tanto como aprender a cavar hondo en el pozo de tu ser. Y cada metro que bajas abandonas la verdad que te venía sustentando porque has encontrado otra mucho mejor. Y sigues, y sigues, hasta que llegas al mismo centro de tu ser, a la verdad definitiva: la gozosa soledad del individuo constituido como tal. Jugar al ajedrez con la muerte con la misma distensión con la que juegas con tu nieto. 

¡Un poco de coraje, por favor!, solía decir al contemplar desde su lejanía apolínea la realidad circundante. ¡Por Dios, cederlo todo a la mera supervivencia! La libertad. Mi libertad. Lo más sagrado. Por lo único que merece la pena dar la vida, dijo Alonso Quijano. Pues sí, ayer volvió a morir Alonso Quijano. Y lo volvió a hacer absolutamente cuerdo y libre de penas. Estoy seguro. 

sábado, 20 de noviembre de 2021

Franz de Copenhague

Lo primero que quiero decirles es que no creo que sea un paranoico. Tengo ya bastante con ser un fóbico social. La gente, cuando pasa de siete, me horroriza. Pero no me invento una realidad paralela. Analizo lo que veo en función de la multitud de datos que voy acumulando. Relaciono unas cosas con otras y aplico la duda sistemática. Al final concluyo con probabilidades porque no acepto certezas hasta que los hechos se consuman. Empecemos.  

Ya antes de que tuviese noticia del pase verde e incluso de que se empezase a vacunar pude ver a Tony Blair declarar en una televisión inglesa que el carnet digital era imprescindible para la humanidad. No le di más importancia. Luego cuando empezó la vacunación y los QRs pude leer una carta enviada al gobierno inglés por 1600 clérigos en la que se advertía del peligro de establecer un pase sanitario digital. Puede ser, decían, que ese pase sea la parte delgada de la cuña que se mete con facilidad para luego añadirle otros fines. Fue entonces cuando me empecé a inquietar y atar cabos. Por qué, me preguntaba, esa insistencia obsesiva de las autoridades para que te vacunes con algo que no es vacuna. Luego esa cerrazón informativa sobre los efectos desagradables de la susodicha seudovacuna. Se sigue con la sospecha, que cada día que pasa es más certeza, de que el tal Covid es un Franz de Copenhague*: un trabajo realizado al alimón por siete universidades californianas ha dado como resultado que en los pacientes etiquetados como covid solo se encuentran virus de la gripe A o B. Dichas universidades han solicitado al ministerio de sanidad estadounidense que les facilite cultivos del virus y el ministerio les ha contestado que ni tienen ni saben quien lo puede tener. De resultas de lo cual las universidades han puesto una querella a la administración estatal por fraude. 

Los datos se van acumulando y siempre en la misma dirección. A la gripe común la han adobado con miedo y los resultados no se han hecho esperar: acojone generalizado. Luego esas pruebas que llaman PCR que lo mismo sirven para un roto que para un descosido. En resumidas cuentas que la gente se precipita sobre los centros de vacunación con la misma fe que antes se precipitaban sobre Lourdes o Fátima. Por cierto que un tío mío murió de un infarto en Lourdes a donde habían llevado a un hijo que les había nacido con síndrome de Down.

Al final va a resultar que sí, que la cosa va de control social. Porque, claro, ahora, en el carnet de identidad solo hay media docena de datos, pero con un QR de esos se puede saber en un instante hasta el último de tus movimientos. Y si a eso le añades el que no se tiene ni idea de qué es lo que hay en esas que dicen vacunas... porque virus amortiguados desde luego no hay porque nadie ha visto al virus en cuestión... pues bueno, no hay que estar paranoico para empezar a sospechar que nos quieren hacer la de China, o sea, el control absoluto sobre nuestras vidas. De hecho ya ha empezado la fiesta: los sindicatos policiales austriacos se niegan a colaborar con el gobierno en la demonización absoluta de los no vacunados. Y por todo el mundo la gente está empezando a sublevarse porque no le gusta nada el olor a chamusquina que está emanando de todo este asunto. 

En fin, Pilarín, que algo está en trance de pasar. 

* Invento del TBO

jueves, 18 de noviembre de 2021

Lógica biológica

El otro día les comentaba, a propósito de la autodefensa de Sócrates ante el tribunal que le va a condenar a muerte, cómo los artesanos que son sabios respecto de lo que saben hacer tienen una tendencia irrefrenable a extrapolar ese conocimiento a todas las demás áreas de la vida. Personalmente vengo recordándoselo a algunos de mis youtubers favoritos cuando se han puesto a pontificar sobre virus. Economistas, músicos de éxito, se sienten en la necesidad de decir la suya y bien está que la digan cuando están con los amigos y se han tomado dos copas, pero cuando lo hacen en su condición de personas públicas no consiguen otra cosa que rebajarse. Pero, de entre todos los osados, o necios, hay un caso sumamente preocupante dada la potencia de los altavoces que se puede pagar con su inmensa fortuna. Se trata de Bill Puertas. Empezó hace años a ejercer de hombre bueno y hasta a mí, que si de algo desconfío es de quienes van de buenos, me dio el pego. Y ahora anda por ahí día sí y otro también largando a diestro y siniestro negras premoniciones como si fuese la sibila de algún templo satánico. Él, que consume más queroseno que todos los santanderinos juntos, no para de darnos lecciones sobre lo que tenemos que hacer para evitar eso que le dicen cambio climático. Y no se recata a la hora de explicar sus mangoneos a efectos de disminuir la población mundial. El hombre, como tuvo éxito con lo suyo y, por lo demás, no debe ser muy espabilado, se ha marcado la tarea de salvar al mundo de los males que le acechan. Es como si estuviese haciendo oposiciones a mesías sin caer en la cuenta de que ese oficio obliga a pasar por la crucifixión o la infusión de cicuta. Yo que él, empezaría a no tenerlas todas conmigo, porque es evidente que se está haciendo un nombre en el ranking de los satánicos. 

Pero, dejando de lado a este gilipuertas, hay sin duda algo que se está cociendo entre bambalinas. Es evidente que el aumento incesante de las clases medias está convirtiendo al planeta en un lugar sumamente incomodo. Porque es lo que tiene el ascender a clase media que de inmediato multiplicas por cien el espacio que ocupabas cuando eras pobre. Así es que empieza a faltar espacio y, como consecuencia inmediata, aumenta la promiscuidad que es la madre de todas las desgracias. Hasta aquí todos podemos estar más o menos de acuerdo. El problema empieza cuando entra en circulación la fatal arrogancia de los gilipuertas que se reúnen todos los años en Davos y lugares por el estilo. Como en aquellas reuniones de cuando éramos adolescentes ahítos de amor cósmico la frase más usada en tales aquelarres es: "lo que hay que hacer es...". Todos los inmaduros tienen soluciones para todo. Y todas pasan por cargarse a cuanta más gente mejor. Viene a ser la historia de la humanidad. Los poderosos mandando a la gente al matadero. Y digo yo: ¿por qué habría de ser ahora diferente? 

No sé, señoras y señores, pero cuanto más observo el mundo circundante más aumenta mi aprehensión respecto de mi progenie. Menos mal que muerto el burro la cebada al rabo... en el peor de los casos, por lógica biológica, ya no puede quedar mucho. 

El recreo y toa la hostia

Esto ya está tomando visos absolutamente marxistas en el sentido, claro está, de los famosos hermanos. El dilecto y esclarecido Revilluca ha salido en los medios pidiendo a los dioses omnipotentes que se imponga la vacunación obligatoria, ya sea por medios civiles, ya sea por medios militares. Yo también he querido estar a tono y cuando la dependienta de HM me ha preguntado si tenía la tarjeta del club HM le he contestado eso tan manido de que yo nunca pertenecería a un club que admitiese a socios como yo. Luego voy y me entero de que en las bodas que se celebran en Australia los no vacunados tienen prohibido beber alcohol mientras estén de pie. ¿Qué quiere beber, caballero?, dice el camarero. Lo siento, no estoy vacunado, le contesto. O sea, bodas a palo seco. Pues va a ser que no, porque como decía Erasmo, en los banquetes, si no bebes, mejor te vas. Pero lo mejor de todo es que en las búsquedas de google, de unos días para acá, se lleva la palma  la palabra repentinitis. Pones repentinitis y salen una pila de vídeos en los que alguien se cae al suelo espatarrao. La verdad es que eso siempre ha pasado. Yo mismo me espatarré una vez. Pero a la gente ahora le hace más gracia porque corre el espécimen de que es a causa de las vacunas. No se sostiene. Aunque también es verdad que el otro día cuando estaba en trance de entrar en Decathlon se me abalanzó un guardia de  seguridad para decirme: "La mascarilla, caballero". "Jo, es usted más rápido que Billy el Niño", le dije. El tipo no se lo tomo a mal. Es por su bien, dijo, usted es persona de riesgo. ¿Y usted cómo sabe eso? Hay mucha gente cayendo, dijo, y añadió: es por las vacunas. Para entonces ya había localizado lo que quería comprar y me fui para los probadores. Después, cuando pasaba entre la turba de estudiantes que se recreaban en la acera frente al Torres Quevedo, escuché a unas adolescentes que también decían algo desfavorable respecto de las vacunas. Bien crean que era porque habían escuchado a Revilluca y estaban haciendo uso de su rebeldía juvenil. ¡Por medios militares, ya te digo!

Así y todo, como, donde las dan, las acaban tomando, ahora resulta que ya cuajó el término que denomina a los que gustaban de llamar negacionistas a los que dudaban de todo este asunto que nos estamos trayendo entre manos: tragacionistas, les denominan. Así que como ya tenemos negacionistas y tragacionistas lo suyo ahora será organizar un partido de fútbol para que diriman sus querellas. O sea, por así decirlo, en combate singular, que así es como el Cid ganó a los aragoneses para Castilla la plaza de Calagurris, hoy Calahorra que tiene el recreo y toa la hostia de una culta población. Pues sí, en esas estamos, con un soterrado mirarse de reojo por si las moscas, no vaya a ser que... y es que, qué aburrida sería la vida si cuando vamos de putas no nos quedase, siquiera de lejos, un resquemorcillo de que a lo mejor hay que echar mano de la penicilina. 

En resumidas cuentas, que si Revilluca se me pone farruco le llamo tragacionista y que se chupe esa. Porque sí, lo de chupar le va al tío desde que era niño, que bien que le veía yo siempre el primero en la fila de los que iban a comulgar, a diario, ¡oye!, que el que se engancha en esas cosas ya no puede parar. No, no nos merecemos los montañeses que con el culo cascamos nueces a semejante prócer al frente de nuestros destinos. En fin, ¡y qué le vamos a hacer!

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Por los cerros

Que en el mundo predominan los estúpidos es algo tan obvio que hasta da vergüenza recordarlo. Pero lo que no da vergüenza y es sumamente útil recordar es que también hay por ahí algunas personas realmente admirables que desde su casi anonimato aportan la sal sin la cual lo que se está cociendo sería a la postre indigerible. Pongamos que Jordan Peterson. Ya se lo he traído a colación aquí en repetidas ocasiones. Lo único que lamento es que mi inglés es tan limitado que a duras penas puedo sacar en limpio una pequeña parte de su legado. Pero ya saben lo payante, como dicen los franceses, que es la insistencia. Así es que veo los vídeos de Jordan dando continuamente marcha atrás para  que no se pase por alto nada. Aunque, tengo que decirles que hay algunos de sus vídeos con subtítulos en español, lo cual facilita mucho las cosas. 

En cualquier caso, Jordan es solo uno de entre mi particular santoral del momento. Porque esa es otra, el santoral no es eterno. De todos los que pasaron por él no son muchos los que, por más que permanezcan, siguen conservando su brillo inicial. El otro día, sin ir más lejos, les comentaba sobre la caída en desgracia de Adam Smith tras haber escuchado lo que sobre él dice Murray Rothbard. Sus razones para bajarle del podio me pareció que se caían de maduras, que así es como dice Salvatore Vargas cuando la solución de un problema matemático está ya cantada. ¡Adam Smith, por Dios, la propaganda anglosajona! Y viene Murray y te dice, no hombre, no, a los que tienes que venerar es a los últimos escolásticos españoles. Y entonces peregrinas a Salamanca y allí encuentras los prolegómenos de toda esta revolución de las ideas que ahora empiezan a cuajar entre los más aventajados. ¡Ya ven, españoles! ¿Quién lo iba a decir? 

Sí, por mucho estúpido arrogante que haya por ahí, también hay los suficientes admirables para bajarles los humos y poner las cosas en su sitio. La historia de Galileo se repite en el mundo ad infinitum. ¿Quién se acuerda ahora de todos aquellos poderosos que intentaron por medio de todo tipo de amenazas hacer retractarse a Galileo? Todo es cuestión de tiempo. La lucidez siempre prevalece a la larga. Por eso es tan importante la paciencia. Justo la virtud de la que más carecen los necios. 

En fin, la verdad es que ando medio dormido. He empezado a ir por las mañanas a nadar por aquello de ver si consigo que las piezas vuelvan a su lugar originario. Pero, de momento, lo único que noto es que me produce sueño, lo cual que tampoco es que me moleste. En fin, perdonen que me vaya por los cerros. 

lunes, 15 de noviembre de 2021

Gain-of-function

Cuando Huerta de Soto les dice a sus alumnos que el Estado es el demonio, o sea, el mal absoluto, les está diciendo una verdad incuestionable. El Estado es Mabuse, es Moriarti, es Fumanchú... es el repulsivo Dr. Fauci.

Cuando viví en Barcelona conocí a un inglés bastante borrachuzo cuyo padre, con el que alguna vez anduve de bares, era un médico militar retirado que había dedicado su vida profesional a la guerra bacteriológica. Un arma más con la que el Estado nos defiende de potenciales enemigos, había pensado por aquel entonces. Pero hete aquí que ahora voy y veo en una de las audiciones del Senado de los EEUU al senador por Kentuky, Rand Paul, médico de profesión, acorralando al Dr. Fauci. La palabra clave del interrogatorio es gain-of-function.  

O sea, ganancia de función. Es una cosa muy graciosa porque en los laboratorios estatales, o sea, pagados con nuestro dinero, hay unos tipos, en este caso a las órdenes del Dr. Fauci, que se dedican a conseguir, por medio de mutaciones provocadas, que los virus sean más letales de lo que ya lo son per se. Y es muy curioso, porque parece ser que los laboratorios americanos cooperan con los laboratorios chinos en la búsqueda de tan nobles ganancias. Bueno, al final no sabremos si este covid de los cojones se escapó de uno de eso laboratorios, o simplemente le soltaron a ver qué pasaba, o qué, pero de una cosa sí que nos hemos enterado y, a mi juicio, es extremadamente grave, y no es otra que el hecho cierto de que existen esos laboratorios donde se hacen tan horribles investigaciones. 

¿Y por qué tienen que ser así las cosas? Pues muy sencillo, porque las mafias estatales a medida que se va incrementando su poder van siendo más conscientes de que sus verdaderos enemigos no son las otras mafias estatales, de ahí la cooperación entre China y EEUU, sino las masas populares que se pueden volver hostiles si las lluvias son inclementes. Y qué mejor, entonces, para combatir esa hostilidad que soltar uno de esos virus con ganancia de función. Así, en un plis-plás acojonas al personal y aquí paz y después gloria para la mafia... o es que no veíamos el verano pasado a nuestro queridísimo presidente tomando el sol en la terraza de un palacio real cabe el mar de Lanzarote. ¡Oye, que aquí me las den todas! Y al pueblo llano que sufra por mamón. 

No sé, pero me parece que las cosas se han salido tan de madre que no va a ser fácil volverlas a encauzar, así, por las buenas. El demonio, la mafia estatal, está a los mandos de la nave. Ahora es cuando entiendo perfectamente al Profesor Bastos cuando sostiene que hubiera sido muy bueno que los carlistas ganaran aquellas guerras. Ahora tendríamos un Estado demediado, al estilo suizo, y al autogobierno de las pequeñas comunidades no les iba a dar para financiar ganancias de función y otras maldades. Ojalá que de éstas implosionen todos los viejos estados y tengamos un mundo con miles de naciones. En fin, por soñar que no quede.  

domingo, 14 de noviembre de 2021

Alfredo y Paola

El que no conozca los vídeos que cuelga Alfredo Diaz en YouTube no sabe lo que se pierde. Es lo mismo que el que no conoce los que cuelga Paola Hermosín. Dos artistas, con el genio andaluz, como la copa de un pino. El video de Alfredo de hoy,- https://www.youtube.com/watch?v=zuJcVKT3eHc -, en el que se ve el intento frustrado de un águila de apoderarse de una cabra montés, no tiene desperdicio. Es la rabia, indignación y exhibicionismo con las que las clases más populares entre las populares exteriorizan sus querellas. El toque moranco, por así decirlo. 

El caso es que sigo, mientras paseo por los muelles, escuchando a Rohtbard. Y, se lo confieso, cuanto más insisto en escucharle más radical se hace mi natural anarcocapitalismo. Porque esa es la cuestión que el anarcocapitalismo es tan connatural a la especie humana como el tirar pedos o cosa por es estilo. Lo que pasa es que también es de lo más natural que esté siempre ahí el águila intentando apoderarse de la cabra o, dicho de otro modo, el Estado intentando apoderarse no solo de tu dinero sino, sobre todo, de tu alma. 

Y no hay manera de que podamos escapar a la fatal arrogancia, tanto del águila como del Estado. No en vano la imagen del águila es tan utilizada como símbolo del poder absoluto. Por más que, como en el vídeo de Alfredo, la presa se le vaya de las manos al águila no sin antes haberla dejado como unos zorros. ¡Líbrate de la rabia de las clases populares! 

Pero, da igual como quede el águila o el Estado después de la refriega. Si por algo se inventó el mito del Ave Fénix fue precisamente por ellos. Siempre resurgen de sus cenizas. Es la tendencia más poderosa de la naturaleza: vivir a costa de lo que te rodea. Lo comentábamos en distendida conversación el otro día, la fatal arrogancia que nos señoreaba cuando de jóvenes combatíamos nuestra impotencia pretendiendo imponer al mundo nuestro modelo de amor cósmico. Es lo que tiene sentirse un mierda, que solo te consuela el querer que todos sean como tú. 

En fin, Alfredo y Paola versus el Águila o el Estado: la eterna dialéctica. 

sábado, 13 de noviembre de 2021

Coherencia

Veo el título de un vídeo en el que un tipo entrevista a Juan Luis Cebrián, el que fuera fundador de El País, con motivo de haber publicado éste un libro: "CAOS, el poder de los idiotas". Pues bien, me imagino que no les tengo que decir, por obvio, que ni ciego de grifa me entretendría en escuchar esa entrevista y no digamos, ya, en leer el libro. Con el título voy que chuto y meto gol. 

A este tipo, el típico tonto útil, se le mantuvo en el machito mientras sirvió fielmente a la oligarquía de turno. Cuando a esta oligarquía le pareció percibir ciertos titubeos, le defenestró sin contemplaciones sin importarle una higa fabricar un resentido en teoría de calidad. La oligarquía si algo sabe es que el poder de convocatoria de un resentido entre la gente importante es nulo. Quizá entre la chusma se haga respetar, pero ¿qué le importó alguna vez a la oligarquía lo que piense y sienta la chusma si no es para manipularla? 

Nos va a venir este payo ahora a explicar que el caos que según él se ha apoderado del mundo es el efecto inevitable del haberse hecho con el poder los idiotas, es decir, la oligarquía que le defenestró. Poco se daba cuenta de ello cuando era un par entre los pares. Y mira que, ya, puestos a buscar culpables de este supuesto caos que nos señorea, ¿dónde podríamos encontrar uno del calibre del que fuera tantos años director de la hoja parroquial de la religión progresista?

Les comentaba ayer, o anteayer, que no me acuerdo ya, sobre la incoherencia de Sócrates. Dice que es el más sabio de los hombres porque es el único que sabe que no sabe nada y a continuación se hace envenenar porque, por encima de todo, incluso de la propia vida, hay que cumplir con las leyes de la república por injustas que éstas sean. Lo típico de los charlatanes que, al final, les es imposible recordar lo que han dicho hace un rato. Más tonto y no nace. 

Pues eso, que Juan Luis parece ser un poco como Sócrates: dice una cosa y su contraria, a propia conveniencia, como verdades incontrovertibles. ¡Ay, la coherencia, qué esfuerzos nos exige! Quizá todas esas ideologías irreconciliables que Ortega consideraba hemiplejias morales propias de los imbéciles no se diferencien entre ellas más que en su relación con la coherencia. Por eso es tan difícil ser de derechas y tan fácil de izquierdas, como Juan Luis. A uno de izquierdas, por supuesto fiel admirador de la fidelidad de Sócrates a las leyes del Estado, no le cuesta nada despotricar de los ricos y vivir como uno de ellos. Por decirlo a la catalana manera, son de los que le dan pel davant i pel darrera. Uno de derechas lo tiene mucho más crudo porque se tiene que conformar con un solo agujero. 

En fin, perdónenme, pero es que ya no sé en qué dar para ser un poco coherente con mi pasión por deconstruir los mitos. 

viernes, 12 de noviembre de 2021

Barbarroja

Estoy viendo a cachos una película de Kurosawa titulada Barbarroja. Es por así decirlo una de tantas versiones del Criticón de Gracián. Neófito encuentra maestro y de su mano recorre el lado oscuro de la vida. En este caso, un médico recién licenciado llega a hacer sus prácticas a un hospital de provincias. Él esperaba otra cosa, algo así como un mundo aséptico en el que poner en práctica los conocimientos médicos adquiridos en la Universidad. Pero nada más lejos de la realidad; la enfermedad está ligada a la putrefacción del alma humana. Sin saber de eso, que no se enseña en las universidades, vas ciego por el mundo cualquiera que sea la actividad a la que te dediques y, más, si esa actividad es comprender y curar la putrefacción del cuerpo que viene por línea directa de la del alma. 

Recuerdo haber visto esta película por mis cuarentena o así, cuando ya mi decepción de la medicina oficial era absoluta. Pensé que las cosas irían mejor si en primero de carrera fuese obligatorio ver películas como ésta. Verlas y analizarlas con un Critilo cualquiera. Entenderlas un poco, en definitiva. Porque es que, alucina vecina con el nivel cultural de la inmensa mayoría de los médicos en general y de los de los hospitales en particular. Parecen estar convencidos de que son algo así como mecánicos de coches.  Es como que intervienen sobre objetos inertes. Los enfermos para ellos no tienen alma. O tienen muy poca. Y no se crean que soy yo el único que piensa así. Les podría citar de corrido una docena de obras literarias en las que se deja sobrada constancia de la estolidez de los profesionales de la medicina.     

Barbaroja es todo lo contrario. No concibe poder curar al enfermo sin intervenir en el mundo que le rodea. Porque no se enferma así porque sí. Por lo general la cosa va de contagio en contagio. La putrefacción del mundo contagia el alma y ésta al cuerpo. Por eso es tan difícil ser médico, porque sin una experiencia del mundo y sobre los entresijos del alma a lo más que puedes aspirar es a ser un mecánico del cuerpo, lo que, como les decía, es el caso de la inmensa mayoría de los médicos que andan por ahí dándole a la matraca pandémica. En fin. 

jueves, 11 de noviembre de 2021

El embuste socrático

Veo, y no escucho, un vídeo en el que entrevistan a Isabel Díaz Ayuso. Será inevitable, me digo, que llegue a presidenta de la nación por las mismas razones que fue inevitable que  llegase Sánchez: está más buena que el pan. Todas las fotos de ella que se ven en el vídeo recuerdan a aquellas que veíamos en los pasillos de las salas de cine cuando salíamos en los descansos. Todo el santoral de Hollywood estaba allí marcando paquete. Porque sí, señores y señoras, en esto es en lo que ha quedado la democracia: en glamour. Como si todo fuese la alfombra roja el día de la entrega de los oscars.  

Ayer paseaba bajo el sol radiante por los lugares de costumbre mientras escuchaba, en la voz de Artur Mas, El Elogio de Sócrates de Platón. La verdad es que este tipo de spots publicitarios me los tragué todos cuando andaba por los cuarenta. Y así me ha lucido el pelo. Porque es que me las metían todas dobladas con la inestimable ayuda, eso sí, de la vaselina marca El País. Vivía en una nube, por así decirlo, panglosiana, estrenando democracia, el mejor de los mundos posibles. Claro, la democracia de Atenas, ¿quién da más? Y Sócrates su profeta. Pues no, francamente, ayer mientras escuchaba me daba cuenta de que Sócrates es tan capullo como el que más. Me explico.

Toda la primer parte de la narración se emplea en demostrar que Sócrates es el más sabio de los hombres porque es el único que sabe que no sabe nada. Y por eso anda siempre buscando a quién le pueda enseñar algo. Primero va a los considerados más sabios, o sea, los políticos. No tarda en darse cuenta de que todos padecen de lo que un filósofo de 2500 años después llamó la fatal arrogancia. Los tipos viven convencidos de que ellos saben mejor que yo lo que yo tengo que hacer. Más tontos y no nacen. Entonces, defraudado ya por los considerados más sabios, se va a los que les siguen en prestigio, los poetas. Y encuentra más de lo mismo. No hay que dejarse engañar por sus bellas producciones porque son producto de la inspiración. A palo seco son unos estúpidos arrogantes. Pues vamos a ver, se dijo, lo que me pueden enseñar los artesanos porque esos por lo menos saben hacer algo. Entonces comprobó que como son muy sabios en lo que saben hacer  acaban creyéndose que saben de todo y, fuera de lo suyo, no dicen más que tonterías.

Muy bien, pues ya tenemos ahí a Sócrates todo ufano porque ha convencido al tribunal que le está juzgando por corrupción de la juventud de que es el más sabio de todos porque es el único que sabe que no sabe nada. Y así es que, acto seguido, se pone a presumir de su absoluta fidelidad a la ley. No importa que la ley sea injusta, es la ley y yo me someto a ella aunque me cueste la vida. No hace caso de lo fácil que lo tiene para escapar. Quiere por encima de todo ser ejemplo de civismo para los demás. Sabe que es la envidia y el resentimiento los que le condenan. No importa. Bueno, al final, con su estúpida muerte, consiguió convertirse en el emblema de la razón cívica. 

Pero, bueno, vamos a ver, ¡un poco de coherencia, por favor!, si solo sabes que no sabes nada, ¿cómo puedes estar tan seguro de que hay que someterse a las leyes por injustas que estas sean? Es todo un sinsentido. Claro, siempre hay que sospechar de los que enredan con las palabras. Sócrates, a buen seguro, era un engreído que ya no sabía en que dar para alimentar su vanidad. Al final, como la fábula de la rana, la piel no le dio más de sí y estalló. Si de verdad no hubiese sabido nada se hubiera dejado llevar por el instinto y puesto pies en polvorosa. ¿O es que hay algo más instintivo que el salvar el pellejo? 

En definitiva, el Elogio de Sócrates no es más que un spot publicitario. Vosotros someteros a ley, viene a vendernos, por mas injusta que sea y os convertiréis en lo más de lo más. ¡Menudo embuste!

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Los del abrigo de cuero

Cuando allá, por los treinta del siglo pasado, a la buena gente alemana le dio por tirar piedras a todo lo que oliese a judío, un joven pastor comenzó a decir en sus sermones dominicales que eso estaba muy mal desde todos los puntos de vista. Como era de esperar no tardaron en llegar a su casa los hombres de gorra de plato y abrigo de cuero. Se lo llevaron al campo. El hombre no tuvo suerte: justo le colgaron dos semanas antes de que los ejércitos aliados pasasen por allí. Así todo, en su tiempo de reclusión involuntaria le dio tiempo para escribir jugosas reflexiones sobre la condición humana en todo lo referente a la estupidez. Bueno, no es que le enmendase la plana Erasmo, simplemente enfoco el asunto desde una perspectiva más, por así decirlo, científica. 

La primera pregunta que se hizo el joven pastor en su retiro espiritual, ya digo, involuntario fue: ¿cómo puede ser que un pueblo de poetas y filósofos se haya convertido por arte de birli-birloque en uno de cobardes, ladrones y asesinos? No tardó en concluir que la raíz del problema no era la maldad sino la estupidez. Y, claro, añadía, la maldad sabemos que en cierta medida se puede combatir con la fuerza, pero ¿con qué combatimos a la estupidez? Porque es que se da el caso de que el estúpido es el autosatisfecho por antonomasia. Siempre está en posesión de la verdad, así que ¿para qué va a escuchar a nadie? Y ya sabemos por experiencia lo irritable y peligroso que puede llegar a ser un autosatisfecho cuando le contradices en lo más mínimo. 

Y cosa curiosa, la estupidez nada tiene que ver con las capacidades intelectuales de los individuos. Porque es fácil encontrar premios extraordinarios de cualquier cosa que son unos perfectos estúpidos y, por contra, hay analfabetos que en absoluto lo son. Así es que, concluye el joven pastor, la estupidez es un problema moral. Porque la estupidez no es algo congénito, no, es algo que se propicia bajo ciertas circunstancias. Por ejemplo, está más que comprobado que las personas solitaria son menos propensas a la estupidez que las que se pasan el día socializando, que así es como llaman ahora al huir de uno mismo. El que necesita andar mucho por ahí acaba aceptando como propias cualquier tipo de ideas que le sirvan para caer simpático al personal sin preguntarse para nada sobre su idoneidad. Son las ideas de moda, las que el poder pone en circulación, las que te transforman en corderito, en definitiva. Por lo tanto, concluye, la estupidez no es en absoluto un problema psicológico, es, cien por cien, sociológico. 

No sé qué pensar de todo esto. Pero reconozco que estoy empezando a perder pie. Anoche, sin ir más lejos, por el muelle del Pesquero apenas había gente. Ni siquiera perros, lo que ya es decir. Pero al pasar por el parque infantil pude comprobar que había en él media docenas de niños de unos cinco o seis años. No se veían adultos cerca. Pues bien, todos los niños iban enmascarillados. A duras penas pude contenerme de acercarme a gritarles que se quitasen aquella mierda que les estaba impidiendo ser normales. En cualquier caso, me alejé de allí bastante descorazonado. ¿Cuándo va a parar tanta estupidez? Después, al llegar a casa, quise cederle el paso a un vecino, pero se hizo a un lado y esperó a que me metiese en el ascensor antes de entrar. Esto me pasa por  ser judío. Ya están tardando los del abrigo de cuero en venir a buscarme para  llevarme de retiro espiritual al campo. 

martes, 9 de noviembre de 2021

La barca

Antes pensaba que solo hay una verdad incontrovertible en la vida que no es otra que el que me voy a morir. Ahora pienso que a ésta se le añade otra y es que siempre estoy equivocado. No hay día que no descubra una nueva verdad que me desmiente la que poseía ayer. Y, sin embargo, este hecho incontestable para nada me ayuda a ser prudente respecto de la nueva verdad que interpreto como la definitiva. Sencillamente, es como si fuese idiota. 

El caso es que en mis paseos matutinos, al borde del alba, suelo ver que hay personas que abandonan los amarres de Puerto Chico en sus barcas provistas de fuera borda o un motor central. No sé a dónde se dirigen ni qué es lo que van a hacer, pero me monto mi película: para mí son pescadores que van a sacarse unas perrillas echando sus anzuelos por la bahía o quizá frente el Sardinero si la mar está calma. Seguro que su renta diaria es muy variable, pero no creo que les importe mucho. El chollo para ellos es que tienen una ocupación que les mantiene entretenidos sin tener que dar cuentas a nadie. Claro, el que no ha sido pescador no puede entender lo que entretienen las expectativas con un cierto fundamento. Tu echas el anzuelo y a esperar a ver qué pasa. Tú ya has puesto de tu parte para que pase, lo demás es cosa de los dioses. Aunque por supuesto, no todo es azar; hay su parte de ciencia en el asunto: saber el tipo de anzuelo y cebo que pones y el lugar donde lo pones... que no por otra causa es que que unos pescadores pesquen mucho más que otros. 

Se lo digo por propia experiencia, las horas vuelan se cumplan o no las expectativas. Y nunca te equivocas en nada porque tu pensamiento está absorto en lo que haces. Y cada vez que pica un pez y consigues atraparlo es la satisfacción de un deseo cumplido que insta a persistir. De niño recibí no pocas reprimendas porque no me podía arrancar del río por mucho que ya hubiese anochecido. Otro más, pensaba, y arrojaba el sedal. Una droga, en definitiva, parecida a la del jugador que compra boletos. Una vez comprado ya tienes una expectativa que la ilusión se encarga de trasmutar de remota a próxima... con todos los sueños de paraíso que eso comporta. 

Lo que quiero decir es que si hubiese seguido mis inclinaciones de niño lo más probable es que me hubiera equivocado mucho menos en esta vida. Hubiera acabado con la barca como oficio y la meteorología como preocupación. Y eso hubiese sido todo.  

lunes, 8 de noviembre de 2021

De Molledo a Portolín

La verdad es que me resulta muy difícil, por no decir imposible, entender algo de todo esto que nos estamos trayendo entre manos. Ahora, cuando ya estoy a las acaballas va y se me echan encima todas estas molestias sobrevenidas. O sea, que en mi caso personal, éramos pocos y parió la abuela. Pero, bueno, a D.G. dediqué buena parte de mi vida a aprender a vivirla sin esperar gran cosa del mundo circundante. Un puñado de amigos civilizados, lo que no es poco, y para de contar. Excepción hecha, claro está, de lo que me viene de sangre que es lo que es para bien y para mal. 

Pero en fin, vayamos a lo que nos concierne. Pongamos que hay circulando por ahí un virus. No me cuesta nada admitirlo ya que por experiencia sé que lo realmente extraordinario sería que no lo hubiese. A partir de ahí tendremos que considerar si su virulencia es tanta como la del tren que va de Molledo a Portolín o es una más de lo mismo. Bueno, respecto de estas valoraciones hay mucha tela qué cortar. Cualquiera que no sea analfabeto en cuestiones históricas sabe que las pestes nunca llegaban cuando había buenas cosechas. Su aparición siempre estuvo ligada a encrucijadas peliagudas que por lo general se trataban de resolver fabricando enemigos a los que luego se trataba de eliminar. Las típicas guerras entre sunitas y chiitas, por decirlo de alguna manera. En esas encrucijadas de la historia la gente anda tan jodida que un simple quítame allá esas pajas sirve para perder la razón. Pero, a veces, para volverse loco, no hace falta más que poner la lupa sobre cualquier inconveniente de tres al cuarto. Ya se sabe que con una lupa un grano de arena se convierte en una montaña. 

Bien, admitido ya que hay un virus circulando veamos cual es su letalidad. Según todas las estadísticas que yo he visto, entre un sesenta y un ochenta de los que toman contacto con él se quedan asintomáticos. Respecto a la mortalidad todas las estadísticas que he visto han sido confeccionadas con la lupa. Todo ha servido para el convento: todos los enfermos terminales de cualquier patología han sido rematados por el virus. Por lo demás, ¿cuál es el recorrido tradicional de un virus? ¿Acaso tras un año de andar por ahí buscándose la vida no agota los recursos? La población se inmuniza de él y, entonces, una de dos, o renovarse o morir. O sea, que muta y vuelta a empezar. 

Así que, que nadie se llame a engaño: si los virus te comprometen es que andas chungo. No le des más vueltas. Y esa es la cuestión que en las encrucijadas peliagudas hay gente pasándolo mal para dar y tomar. Porque es que eso de robar fuego a los dioses, que no de otra manera es como se llega a las malditas encrucijadas, genera exceso de expectativas, cosa que, como todo el mundo sabe, es el camino directo a los infiernos. En fin, señores, no se hagan muchas ilusiones respecto de lo que el mundo circundante les puede ofrecer y, de paso, agarren la lupa y tritúrenla con un martillo.  



sábado, 6 de noviembre de 2021

Je ne pence qu´à ça

En mis paseos matutinos es raro que no tenga la oportunidad de fijarme en alguna curiosidad. El caso es que era fin de semana, amanecía ya y me estaba acercando a ese cañón de los que hacían en Liérganes que hay apuntando a la bahía entre el Centro Botín y el Palacete del Embarcadero. De frente venía una pareja amartelada que se hacía acompañar por una chiquita sonriente, de melena negra y formas redondeadas. Pues bien, la chiquita, al ver el cañón se encaramó en él, le rodeo con sus brazos y exclamó: ¡adoro esto! De inmediato me vino a la memoria la viñeta del genial Wolinsky.




Acto seguido pensé que lo más probable es que la chica fuese una estudiante de psicología que no desaprovechaba ocasión de hacer prácticas. Porque es que en mi juventud conocí a bastante gente que estudiaba esas materias y no podían evitar estar siempre con las cosas del inconsciente, es decir, haciendo chistes a lo Wolinsky. 

Claro, si cogen ustedes y agarran ese libro de Shopenhauer en que se dedica a decodificar a las mujeres verán que hay un montón de sabiduría, pero con unos tintes como de pesadumbre: las cosas son como son y no cabe hacerse ilusiones. Sin duda era un puto resentido porque no supo avenirse con Eros. Supongo que tiene que ser muy difícil vivir con esa carencia. Eros es la alegría de vivir y nadie como Wolinky para desentrañar a ese Dios. Sin él, esto es un verdadero asco. Y ya está to dicho.    

viernes, 5 de noviembre de 2021

Milo

En mis paseos acompañado me han contado un par de veces que un obispo catalán ha acabado casándose con una escritora de literatura porno y satánica. La verdad es que no hice mucho caso porque como he vivido tanto tiempo en Cataluña sé que cosas de ese cariz son allí moneda tan corriente que la gente hace caso omiso de ellas. Allí lo único que te estigmatiza algo es ser botifler, pero no mucho, la verdad, a no ser que quieras pillar de la caja común de resistencia. Hoy me han mandado un artículo de ABC en el que cuentan la historia del obispo y la satánica al más puro estilo de los tabloides británicos. Sí, sí, el ABC de los Luca de Tena ha caído en esos abismos de inmundicia. Supongo que ese cura, que debe ser un tipo brillante, ha sufrido uno de esos brotes psicóticos que llaman enamoramiento y eso es todo. ¡Pobre del que no haya padecido unas cuantas veces en la vida ese tipo de brotes! En cuyo caso habrá pasado por aquí sin haberse enterado de nada. 

Lo que quiero decir es que, los asuntos personales, cada cual es muy libre de airearlos o no. Pero si no los airea el interesado nadie es quien para hacerlo en su lugar, porque es que, además, desde afuera, las cosas personales se ven tan distorsionadas que carecen del menor interés. Nunca pasarán de ser mera ficción. Bueno, para ser exactos habría que decir que tampoco es que cuando cualquiera se pone a contar sus cosas más o menos íntimas se pueda alejar mucho de la ficción. Hay que ser muy bueno relatando para conseguir dar a algo visos de realidad. 

Y en esas estaba cuando, ayer, me demoré escuchando la entrevista que Jordan Peterson le hace a Milo. Ahí sí que dos genios de los entresijos de la psique cavan hondo sin que por ello se conmueva ningún cimiento. Es lo que tiene el ser uno un estudioso inteligente y el otro un superdotado en el arte de comunicar. A Jordan no sé si le conocen, pero de no ser así les recomiendo que le busquen en YouTube y le escuchen, porque sobre pocas personas hay tanto consenso respecto de sus capacidades intelectuales. Y de Milo, pues eso, un animador cultural puesto del lado de los libertarios. Es judío, homosexual y esta casado con un negro. Lo cual no les impide a sus detractores, los wokes que ayer les comentaba, tacharle de homófobo, xenófobo, racista y nazí, por solo mentar unas cuantas de las virtudes que le achacan.  Claro que a Milo le divierte una barbaridad hacer chistes con todas esas cosas que se han convertido en sagradas para los que aspiran a vivir del cuento. Es decir, LGTB, Teoría Critica de la Raza, ect., que vienen a ser para la nueva religión de los wokes lo que la inmaculada concepción de la Virgen María para los cristianos. O sea, que sobre estas cosas, chistes, los menos. 

El caso es que Milo estaba alcanzando tanta preeminencia en los medios que incluso los conservadores que le habían venido jaleando empezaron a tenerle miedo. Ya saben lo que es la clarividencia para cualquier stablishment. Así que fueron a por él y, como siempre suele pasar, con más saña los que más le habían jaleado. Y empezaron a tirar de archivos porque la gente del stablishment sabe por experiencia que en los archivos siempre se encuentra algo que debidamente cocinado, o sacado de contexto, se puede utilizar contra aquel al que quieres hundir. Y así fue como a Milo le encontraron unas declaraciones en las que afirmaba que a los catorce años fue abusado por un cura de veintinueve. Y añadía que aquella experiencia en absoluto le resultó desagradable. O sea, que para nada se sentía víctima. Y a mayor abundancia, como dicen los sindicalistas, remataba la jugada afirmando que estas cosas, o sea, que el abuso resulta agradable para el abusado, son mucho más frecuentes de lo que las fuentes interesadas quieren dar a entender. 

Como ven, todo ello un puro trastoque de los valores que hoy día se consideran sagrados pero que hace cuatro días en absoluto lo eran... léanse, al respecto, las memorias de Gide. ¡Fíjense, abusar de los niños, qué barbaridad! ¡Anda que no sabemos los de mi edad de esas cosas! Digamos que era algo bastante normal en aquel entonces y, como dice Milo, los abusados solían superar con suma facilidad el abuso. Y aquí paz y después gloria. Y lo siento por los que se indignan a la primera, porque debieran hacérselo mirar. 

En fin, cosas todas sin mayor importancia que el tiempo se va encargando de poner en su sitio. 

jueves, 4 de noviembre de 2021

Woke

 

"Multas de 30.000 euros por hacer trabajar a perros más de 7 años."
"Los ganaderos estarán obligados a pedir un informe para no jubilar a los animales."

En absoluto es un chiste. Es una ley que se ha publicado en el boletín oficial de Castilla y León. La avidez de los políticos por controlar, o someter, al personal no tiene límites. Ya no saben en qué dar para justificar su delincuencia. Son ladrones compulsivos, parásitos insaciables que no cesan de multiplicarse. Porque, vamos a ver, ahora va a resultar que ellos saben más que los pastores sobre cómo hay que tratar a un perro. 

En los EEUU de América, que es de donde nos viene todo lo bueno y lo malo de hace un tiempo para acá, hay ahora una epidemia de una de las peores enfermedades que suelen atacar al ser humano y que consiste en que no solo se está convencido de estar en posesión de la verdad sino que también se siente la imperiosa necesidad de imponer esa verdad a los demás sin importar si para ello hay que recurrir a la violencia. Estas epidemias se repiten con una periodicidad machacona. No hay siglo que no haya padecido unas cuantas. Y lo único que cambia de unas a otras es la denominación que se les da. El siglo pasado fue primero el comunismo, luego el fascismo, el nazismo, todo, más de lo mismo. Fueron necesarias guerras y todo tipo de miserias para pasar de la forma aguda de la enfermedad a la crónica, es decir una forma con la que nos acostumbramos a vivir hasta que no nos apercibirnos de que existe. ¡Pero vaya que si existe! Está ahí agazapada dispuesta a rebrotar con virulencia tan pronto como circunstancias adversas lo propician. 

Esta epidemia que nos manda ahora América, la de los wokes que le dicen, venía estando agazapada en los partidos políticos
que se denominan a sí mismos de izquierda. Es lo mismo que cuando el fascismo o nazismo se identificaba con los partidos de la derecha. Son subterfugios para despistar al personal. Porque la cuestión es que las ideologías, o las militancias políticas si mejor quieren, sean las que sean, siempre están en un tris de pasar de la realidad al delirio. Por eso Ortega califica a quienes se acogen a ellas de hemipléjicos morales o, ya puestos, de perfectos imbéciles. 

Sinceramente, señores y señoras, no creo que nadie pueda hacer algo más en contra de sus intereses que ir a votar. Porque de hacerlo, siempre estarás votando lo mismo, que te impongan delirios. Como lo de jubilar a los perros... se habrá visto alguna vez semejante majadería. Claro es que está esto de wokes que no cabe uno más. Woke, por si no lo saben, significá que despertó. I tant que si, que dicen los catalanes. Porque qué más se puede despertar que el conseguir vivir de robar a los demás y, para más inri, con su beneplácito. ¡Ale, a votar!   

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Thalberg

 


Era por los finales del siglo XVI, cuando aquellas guerras entre sunitas y chiitas cristianos, que se dio la circunstancia de haber quedado cercado el Viejo Tercio De Zamora en una isla de esas que hay tantas en los Países Bajos. La flota holandesa, que era la cercante, sugirió al Tercio que se rindiese. Ni de coña, contestaron. Entonces los holandeses se las apañaron para, con sus sistemas de compuertas y canales, inundar la isla. Afortunadamente la isla tenía una pequeña elevación, el Monte Empel le decían, y allí se refugiaron los del Tercio y allí se encomendaron a la Inmaculada Concepción de María. En resumidas cuentas, que como por aquel entonces era cuando lo que se conoce como Pequeña Glaciación estaba en su punto más álgido pues nada tuvo de particular que por la noche soplase un viento polar que congeló todas las aguas circundantes. Las flotas holandesas quedaron inutilizadas y el tercio con manos libres para atacar y, por supuesto, hizo su trabajo con la efectividad que les caracterizaba. Por descontado, toda aquella casualidad se achacó a un milagro de la Inmaculada Concepción. 

Pues bien, como ahora hay tanto ocioso y tanto político organizándoles la vida para que no pequen, que ya saben lo peligroso que es el ocio, pues nada tiene de particular que a algún concejal de Zamora se le haya ocurrido la idea de celebrar lo que se viene conociendo como Milagro del Monte Empel con desfiles con trajes de época y a los sones de la Marcha Fúnebre de Thalberg, marcha que, debido a la genial idea de un compositor zamorano de principios del XX que la arregló y transcribió para banda, se ha convertido de facto en el himno de la ciudad.

Mi enamoramiento de Zamora me viene de los años que residí en Salamanca. Por diversas circunstancias la visité con frecuencia. Aunque solo fuese por ir a comer al restaurante España ya me merecía la pena el esfuerzo de hacer los sesenta quilómetros que me separaban. Aquel restaurante que de haber estado en Madrid o Barcelona hubiese aparecido en todas las guías turísticas del Mundo. Era sin trampa ni cartón que allí dentro te sintieses trasladado a los años de la Belle Époque. Con todo el cabildo catedralicio comiendo en una mesa del fondo. En fin, pero yendo a lo de Thalberg, fue un Viernes Santo que me encandilaron para ir a la procesión del Cristo de las Cinco Copas, también conocida como de los borrachos por aquello de que por ser a las cinco de la mañana y darse la circunstancia de que la mayoría de los asistentes en vez de madrugar suelen trasnochar... pues se pueden imaginar por qué le llaman al Cristo el de las Cinco Copas. Sea como sea, allí estábamos, dentro de esa sorprendente iglesia románica que hay en el centro de la Plaza Mayor, esperando a que comenzase el espectáculo. De pronto, el silencio se hace sepulcral y con los primeros compases vemos que el Cristo comienza a bailar camino de la puerta. Hay que haberlo vivido para saber lo que es emocionarse por unos compases de música. Al llegar a la puerta, el Cristo se para porque le tienen que decapitar para que pueda pasar. Pero la música sigue. Ya en la calle, le restituyen lo que es suyo y sigue la procesión entre gente que se ha hecho sayos penitenciales con bolsas de basura. La cosa dura lo que dura el himno. Antes de las seis ya están todos los borrachos recobrando el sentido a golpe de sopas de ajo superpicantes. Es, todo ello, mucho más iniciático, sin la menor duda, que aquellos famosos misterios de Eleusis. 

En los últimos años recalé varias veces en Zamora en el trascurso de mis turisteos en bicicleta. Aunque el restaurante España ya está cerrado la ciudad no ha perdido un ápice de su encanto. La última vez que estuve allí fue con motivo de un periplo que hice con mi nieto por tierras castellanas. Fue saliendo ya camino de Salamanca cuando hice la foto con la que he querido ilustrar este alarde sentimental. 

martes, 2 de noviembre de 2021

Chauvinismo

No puedo asegurar que ayer se acercase alguien a los cementerios porque la ciudad estaba rebosante, sobre todo las terrazas que, por mucho que lo intentamos, no encontramos en una de ellas sitio donde sentarnos a tomar una caña. Es tal el entusiasmo que muestra la población por ese tipo de entretenimiento que pareciera que hubiésemos alcanzado ya la ansiada utopía del paraíso en la tierra. Las cañitas, los verdejos, una de rabas... pero, sobre todo, la convivialidad. El mundo, a la postre, se salva celebrando a Dionisos... algo así como la religión del "aquí me las den todas". 

Y esa es la cuestión, que los españoles, que tanto nos quejamos de nosotros mismos cuando estamos sobrios, somos sin embargo auténticos pioneros en el arte de celebrar la vida. Por así decirlo, hemos proporcionado al mundo un estilo de vida sostenible y responsable a la vez que grato que los que todavía no nos han copiado es porque les corroe la angustia protestante o calvinista... esa gente que piensa que se van a llevar al otro barrio todo lo que acumulen aquí. 

Como decía aquella canción de la que tanto nos mofábamos cuando lo de aquellos "maravillosos años": "España no hay más que una y el que quiera convencerse que se venga aquí a vivir". Pues sí, no hay más que una y cualquier cosa está menos justificada que ese complejo de inferioridad que hemos venido arrastrando por siglos a causa, sobre todo, de nuestra ignorancia de la Historia. Cualquiera que haya leído un poco sabrá que las bases de la modernidad se establecieron aquí en los siglos XV y XVI. Y si el mundo tardó en aprovecharlas fue porque se le dio excesiva importancia a Apolo por comparación a Dionisos. Las luces, decían. ¡Y una leche! ¿Y qué hay del lado oscuro? Aquí nunca tuvimos miedo a mirar de frente a la muerte. Acuérdense del padre del Lazarillo de Tormes que subía al cadalso haciendo chistes. Demasiado clarividente como para dar importancia a aquello sobre lo que no tenemos la menor posibilidad de influir. 

En cualquier caso, las verdades, por más que tarden, siempre acaban por salir a la luz. Lo venía constatando estos últimos días cuando escuchaba las obras de Rothbard, un autor, por si no lo saben, de creciente prestigio entre las élites juveniles. Es curiosa la insistencia de este autor en señalar las aportaciones de los últimos escolásticos españoles a las ciencias, por así decirlo, humanas. Se habla mucho de Montaigne, de Adam Smith, de Hume como lo más de lo más. Pus bien, para Rothbard, pura basura frente a los de la escuela de Salamanca o Juan de Mariana. Ya ven, y nosotros sin saberlo mientras bebíamos porrones de tintorro para mejor enumerar nuestras miserias en aquel Valladolid de comienzos de los sesenta del siglo pasado. Siempre nos habíamos reído de quienes nos cantaban  glorias de la patria. Mucho más romántico el relato de los perdedores. ¡Pero qué idiotas!

lunes, 1 de noviembre de 2021

Anarcocapitalismo

Una de las consecuencias de los ilegales confinamientos padecidos en los últimos tiempos es que muchos jóvenes, y algún viejo también, se han iniciado en las delicias del anarcocapitalismo. El anarcocapitalismo, para los que no lo sepan, es exactamente lo contrario del marxismo. Es la libertad total para comerciar y todo lo demás con la condición de que no emplees la violencia para conseguir tus propósitos. Nada de Estado regulador, lo que viene a ser nada de Estado. Porque si el Estado no regula, qué coño pinta ahí. En definitiva, lo que diferencia al anarcocapitalismo del marxismo es la confianza en la capacidad que tienen las personas para organizar su propia vida: para los anarcos la tienen toda y para los marxistas, ninguna.  

El caso es que venimos escuchando desde la noche de los tiempos la versión marxista de la condición humana. Ni Franco se salvaba al respecto: "no se os puede dejar solos", dijo en cierta ocasión para justificar su política de mano dura. Pero, ya, si te vas a Hollywood es que no han hecho película, salvo el par de ellas inspiradas en Ayn Rand, en la que no asome por algún lado la patita ideológica de la necesidad intervencionista del Estado. Y en esas estando, hasta los mismísimos, llegan los confinamientos y los jóvenes, y no tan jóvenes, escapan de la opresión informativa oficial por medio de YouTube y plataformas por el estilo. Y, entonces es cuando se topan con activistas del anarcocapitalismo. Ahí está siempre Rallo con sus análisis clarividentes de los vaivenes de la economía. Su maestro Huerta de Soto que derrocha entusiasmo. Las conferencias del Juan de Mariana y la Francisco Marroquín. El carismático Anxo Bastos. Y de todos ellos, como por ensalmo, saltas a Rothbard, Hayek, Mises... 

Iba escuchando esta mañana una entrevista que le hacen al profesor Bastos desde una asociación libertaria mexicana. Por qué, le preguntaban, tienen tanto tirón las ideologías de izquierdas y tan poco las libertarias. Y más teniendo en cuenta los desastres que han provocado las unas allí donde se han implantado y, por contra, el éxito que han tenido las otras en los pocos sitios en los que han tenido oportunidad de llevarse a cabo. Pues muy sencillo, responde Bastos, porque el comunitarismo es intuitivo, emocional y, a partir de ahí todos los esfuerzos se centran en racionalizar esa intuición, esas emociones. El capitalismo recorre el camino en sentido contrario: primero se racionaliza y después, a la vista de los resultados, uno se enamora de él.  

No hemos sabido explicarlo, continua Bastos. No tenemos héroes ni mártires. Ni poetas ni novelistas que canten nuestras glorias. Por contra el comunismo no ha parado de contar mentiras desde Platón para acá. Fíjense, por ejemplo, un escritor tan encantandor como Dickens. Se dedicó a contar las miserias del capitalismo con una sentimentalidad rayando en lo obsceno. Oliver Twist y toda aquella basura ideológica que todavía se anda exprimiendo en forma de musical. Pues bien, no se le ocurrió decir a Dikens que toda aquella gente que el veía en el peor de los mundos había mejorado su vida de forma espectacular desde que había comenzado a trabajar en las fábricas: comían todos los días, tenían descanso dominical, los hijos iban a la escuela, ect., cosas todas ellas de las que en absoluto disfrutaban en el mundo del que venían. Sí, el trabajo infantil da mucha pena, pero mucho más pena da ver a los niños morir de hambre. 

Claro que es muy difícil encandilar a la gente diciéndola que tiene que trabajar duro y ahorrar. ¿Y disfrutar de la vida, para cuándo?, te contestan. Y se van a ver la tele donde ponen, un suponer, Senderos de Gloria, una película en la que no cabe la menor duda sobre de qué lado está el buen rollo.

En cualquier caso, los confinamientos se suelen volver contra el que los impone. A lo mejor, si el gobierno hubiese sabido que al salir de él el profesor Rallo iba a tener trecientos y pico mil suscriptores, quizá hubiese optado por otras medidas para combatir la susodicha pandemia. Porque toda esa gente le está cogiendo el gusto a lo del anarcocapitalismo que, además, a los españoles, al respecto, de lejos nos viene el garbanzo al pico, que es que somos, como quien dice, los inventores del invento, valga la redundancia. Leyendo a Rothbar te enteras hasta qué punto fueron importantes los últimos escolásticos españoles, lo que se conoce como escuela de Salamanca. No solo se adelantaron siglos a todas esa glorias británicas de la economía, también atinaron mucho más. Pero ya saben lo que pasa con la gente inteligente, que no nos gusta darnos pote.