"Multas de 30.000 euros por hacer trabajar a perros más de 7 años."
"Los ganaderos estarán obligados a pedir un informe para no jubilar a los animales."
En absoluto es un chiste. Es una ley que se ha publicado en el boletín oficial de Castilla y León. La avidez de los políticos por controlar, o someter, al personal no tiene límites. Ya no saben en qué dar para justificar su delincuencia. Son ladrones compulsivos, parásitos insaciables que no cesan de multiplicarse. Porque, vamos a ver, ahora va a resultar que ellos saben más que los pastores sobre cómo hay que tratar a un perro.
En los EEUU de América, que es de donde nos viene todo lo bueno y lo malo de hace un tiempo para acá, hay ahora una epidemia de una de las peores enfermedades que suelen atacar al ser humano y que consiste en que no solo se está convencido de estar en posesión de la verdad sino que también se siente la imperiosa necesidad de imponer esa verdad a los demás sin importar si para ello hay que recurrir a la violencia. Estas epidemias se repiten con una periodicidad machacona. No hay siglo que no haya padecido unas cuantas. Y lo único que cambia de unas a otras es la denominación que se les da. El siglo pasado fue primero el comunismo, luego el fascismo, el nazismo, todo, más de lo mismo. Fueron necesarias guerras y todo tipo de miserias para pasar de la forma aguda de la enfermedad a la crónica, es decir una forma con la que nos acostumbramos a vivir hasta que no nos apercibirnos de que existe. ¡Pero vaya que si existe! Está ahí agazapada dispuesta a rebrotar con virulencia tan pronto como circunstancias adversas lo propician.
Esta epidemia que nos manda ahora América, la de los wokes que le dicen, venía estando agazapada en los partidos políticos
que se denominan a sí mismos de izquierda. Es lo mismo que cuando el fascismo o nazismo se identificaba con los partidos de la derecha. Son subterfugios para despistar al personal. Porque la cuestión es que las ideologías, o las militancias políticas si mejor quieren, sean las que sean, siempre están en un tris de pasar de la realidad al delirio. Por eso Ortega califica a quienes se acogen a ellas de hemipléjicos morales o, ya puestos, de perfectos imbéciles.
Sinceramente, señores y señoras, no creo que nadie pueda hacer algo más en contra de sus intereses que ir a votar. Porque de hacerlo, siempre estarás votando lo mismo, que te impongan delirios. Como lo de jubilar a los perros... se habrá visto alguna vez semejante majadería. Claro es que está esto de wokes que no cabe uno más. Woke, por si no lo saben, significá que despertó. I tant que si, que dicen los catalanes. Porque qué más se puede despertar que el conseguir vivir de robar a los demás y, para más inri, con su beneplácito. ¡Ale, a votar!
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