miércoles, 10 de noviembre de 2021

Los del abrigo de cuero

Cuando allá, por los treinta del siglo pasado, a la buena gente alemana le dio por tirar piedras a todo lo que oliese a judío, un joven pastor comenzó a decir en sus sermones dominicales que eso estaba muy mal desde todos los puntos de vista. Como era de esperar no tardaron en llegar a su casa los hombres de gorra de plato y abrigo de cuero. Se lo llevaron al campo. El hombre no tuvo suerte: justo le colgaron dos semanas antes de que los ejércitos aliados pasasen por allí. Así todo, en su tiempo de reclusión involuntaria le dio tiempo para escribir jugosas reflexiones sobre la condición humana en todo lo referente a la estupidez. Bueno, no es que le enmendase la plana Erasmo, simplemente enfoco el asunto desde una perspectiva más, por así decirlo, científica. 

La primera pregunta que se hizo el joven pastor en su retiro espiritual, ya digo, involuntario fue: ¿cómo puede ser que un pueblo de poetas y filósofos se haya convertido por arte de birli-birloque en uno de cobardes, ladrones y asesinos? No tardó en concluir que la raíz del problema no era la maldad sino la estupidez. Y, claro, añadía, la maldad sabemos que en cierta medida se puede combatir con la fuerza, pero ¿con qué combatimos a la estupidez? Porque es que se da el caso de que el estúpido es el autosatisfecho por antonomasia. Siempre está en posesión de la verdad, así que ¿para qué va a escuchar a nadie? Y ya sabemos por experiencia lo irritable y peligroso que puede llegar a ser un autosatisfecho cuando le contradices en lo más mínimo. 

Y cosa curiosa, la estupidez nada tiene que ver con las capacidades intelectuales de los individuos. Porque es fácil encontrar premios extraordinarios de cualquier cosa que son unos perfectos estúpidos y, por contra, hay analfabetos que en absoluto lo son. Así es que, concluye el joven pastor, la estupidez es un problema moral. Porque la estupidez no es algo congénito, no, es algo que se propicia bajo ciertas circunstancias. Por ejemplo, está más que comprobado que las personas solitaria son menos propensas a la estupidez que las que se pasan el día socializando, que así es como llaman ahora al huir de uno mismo. El que necesita andar mucho por ahí acaba aceptando como propias cualquier tipo de ideas que le sirvan para caer simpático al personal sin preguntarse para nada sobre su idoneidad. Son las ideas de moda, las que el poder pone en circulación, las que te transforman en corderito, en definitiva. Por lo tanto, concluye, la estupidez no es en absoluto un problema psicológico, es, cien por cien, sociológico. 

No sé qué pensar de todo esto. Pero reconozco que estoy empezando a perder pie. Anoche, sin ir más lejos, por el muelle del Pesquero apenas había gente. Ni siquiera perros, lo que ya es decir. Pero al pasar por el parque infantil pude comprobar que había en él media docenas de niños de unos cinco o seis años. No se veían adultos cerca. Pues bien, todos los niños iban enmascarillados. A duras penas pude contenerme de acercarme a gritarles que se quitasen aquella mierda que les estaba impidiendo ser normales. En cualquier caso, me alejé de allí bastante descorazonado. ¿Cuándo va a parar tanta estupidez? Después, al llegar a casa, quise cederle el paso a un vecino, pero se hizo a un lado y esperó a que me metiese en el ascensor antes de entrar. Esto me pasa por  ser judío. Ya están tardando los del abrigo de cuero en venir a buscarme para  llevarme de retiro espiritual al campo. 

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