Veo, y no escucho, un vídeo en el que entrevistan a Isabel Díaz Ayuso. Será inevitable, me digo, que llegue a presidenta de la nación por las mismas razones que fue inevitable que llegase Sánchez: está más buena que el pan. Todas las fotos de ella que se ven en el vídeo recuerdan a aquellas que veíamos en los pasillos de las salas de cine cuando salíamos en los descansos. Todo el santoral de Hollywood estaba allí marcando paquete. Porque sí, señores y señoras, en esto es en lo que ha quedado la democracia: en glamour. Como si todo fuese la alfombra roja el día de la entrega de los oscars.
Ayer paseaba bajo el sol radiante por los lugares de costumbre mientras escuchaba, en la voz de Artur Mas, El Elogio de Sócrates de Platón. La verdad es que este tipo de spots publicitarios me los tragué todos cuando andaba por los cuarenta. Y así me ha lucido el pelo. Porque es que me las metían todas dobladas con la inestimable ayuda, eso sí, de la vaselina marca El País. Vivía en una nube, por así decirlo, panglosiana, estrenando democracia, el mejor de los mundos posibles. Claro, la democracia de Atenas, ¿quién da más? Y Sócrates su profeta. Pues no, francamente, ayer mientras escuchaba me daba cuenta de que Sócrates es tan capullo como el que más. Me explico.
Toda la primer parte de la narración se emplea en demostrar que Sócrates es el más sabio de los hombres porque es el único que sabe que no sabe nada. Y por eso anda siempre buscando a quién le pueda enseñar algo. Primero va a los considerados más sabios, o sea, los políticos. No tarda en darse cuenta de que todos padecen de lo que un filósofo de 2500 años después llamó la fatal arrogancia. Los tipos viven convencidos de que ellos saben mejor que yo lo que yo tengo que hacer. Más tontos y no nacen. Entonces, defraudado ya por los considerados más sabios, se va a los que les siguen en prestigio, los poetas. Y encuentra más de lo mismo. No hay que dejarse engañar por sus bellas producciones porque son producto de la inspiración. A palo seco son unos estúpidos arrogantes. Pues vamos a ver, se dijo, lo que me pueden enseñar los artesanos porque esos por lo menos saben hacer algo. Entonces comprobó que como son muy sabios en lo que saben hacer acaban creyéndose que saben de todo y, fuera de lo suyo, no dicen más que tonterías.
Muy bien, pues ya tenemos ahí a Sócrates todo ufano porque ha convencido al tribunal que le está juzgando por corrupción de la juventud de que es el más sabio de todos porque es el único que sabe que no sabe nada. Y así es que, acto seguido, se pone a presumir de su absoluta fidelidad a la ley. No importa que la ley sea injusta, es la ley y yo me someto a ella aunque me cueste la vida. No hace caso de lo fácil que lo tiene para escapar. Quiere por encima de todo ser ejemplo de civismo para los demás. Sabe que es la envidia y el resentimiento los que le condenan. No importa. Bueno, al final, con su estúpida muerte, consiguió convertirse en el emblema de la razón cívica.
Pero, bueno, vamos a ver, ¡un poco de coherencia, por favor!, si solo sabes que no sabes nada, ¿cómo puedes estar tan seguro de que hay que someterse a las leyes por injustas que estas sean? Es todo un sinsentido. Claro, siempre hay que sospechar de los que enredan con las palabras. Sócrates, a buen seguro, era un engreído que ya no sabía en que dar para alimentar su vanidad. Al final, como la fábula de la rana, la piel no le dio más de sí y estalló. Si de verdad no hubiese sabido nada se hubiera dejado llevar por el instinto y puesto pies en polvorosa. ¿O es que hay algo más instintivo que el salvar el pellejo?
En definitiva, el Elogio de Sócrates no es más que un spot publicitario. Vosotros someteros a ley, viene a vendernos, por mas injusta que sea y os convertiréis en lo más de lo más. ¡Menudo embuste!
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