jueves, 18 de noviembre de 2021

Lógica biológica

El otro día les comentaba, a propósito de la autodefensa de Sócrates ante el tribunal que le va a condenar a muerte, cómo los artesanos que son sabios respecto de lo que saben hacer tienen una tendencia irrefrenable a extrapolar ese conocimiento a todas las demás áreas de la vida. Personalmente vengo recordándoselo a algunos de mis youtubers favoritos cuando se han puesto a pontificar sobre virus. Economistas, músicos de éxito, se sienten en la necesidad de decir la suya y bien está que la digan cuando están con los amigos y se han tomado dos copas, pero cuando lo hacen en su condición de personas públicas no consiguen otra cosa que rebajarse. Pero, de entre todos los osados, o necios, hay un caso sumamente preocupante dada la potencia de los altavoces que se puede pagar con su inmensa fortuna. Se trata de Bill Puertas. Empezó hace años a ejercer de hombre bueno y hasta a mí, que si de algo desconfío es de quienes van de buenos, me dio el pego. Y ahora anda por ahí día sí y otro también largando a diestro y siniestro negras premoniciones como si fuese la sibila de algún templo satánico. Él, que consume más queroseno que todos los santanderinos juntos, no para de darnos lecciones sobre lo que tenemos que hacer para evitar eso que le dicen cambio climático. Y no se recata a la hora de explicar sus mangoneos a efectos de disminuir la población mundial. El hombre, como tuvo éxito con lo suyo y, por lo demás, no debe ser muy espabilado, se ha marcado la tarea de salvar al mundo de los males que le acechan. Es como si estuviese haciendo oposiciones a mesías sin caer en la cuenta de que ese oficio obliga a pasar por la crucifixión o la infusión de cicuta. Yo que él, empezaría a no tenerlas todas conmigo, porque es evidente que se está haciendo un nombre en el ranking de los satánicos. 

Pero, dejando de lado a este gilipuertas, hay sin duda algo que se está cociendo entre bambalinas. Es evidente que el aumento incesante de las clases medias está convirtiendo al planeta en un lugar sumamente incomodo. Porque es lo que tiene el ascender a clase media que de inmediato multiplicas por cien el espacio que ocupabas cuando eras pobre. Así es que empieza a faltar espacio y, como consecuencia inmediata, aumenta la promiscuidad que es la madre de todas las desgracias. Hasta aquí todos podemos estar más o menos de acuerdo. El problema empieza cuando entra en circulación la fatal arrogancia de los gilipuertas que se reúnen todos los años en Davos y lugares por el estilo. Como en aquellas reuniones de cuando éramos adolescentes ahítos de amor cósmico la frase más usada en tales aquelarres es: "lo que hay que hacer es...". Todos los inmaduros tienen soluciones para todo. Y todas pasan por cargarse a cuanta más gente mejor. Viene a ser la historia de la humanidad. Los poderosos mandando a la gente al matadero. Y digo yo: ¿por qué habría de ser ahora diferente? 

No sé, señoras y señores, pero cuanto más observo el mundo circundante más aumenta mi aprehensión respecto de mi progenie. Menos mal que muerto el burro la cebada al rabo... en el peor de los casos, por lógica biológica, ya no puede quedar mucho. 

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