Una de las consecuencias de los ilegales confinamientos padecidos en los últimos tiempos es que muchos jóvenes, y algún viejo también, se han iniciado en las delicias del anarcocapitalismo. El anarcocapitalismo, para los que no lo sepan, es exactamente lo contrario del marxismo. Es la libertad total para comerciar y todo lo demás con la condición de que no emplees la violencia para conseguir tus propósitos. Nada de Estado regulador, lo que viene a ser nada de Estado. Porque si el Estado no regula, qué coño pinta ahí. En definitiva, lo que diferencia al anarcocapitalismo del marxismo es la confianza en la capacidad que tienen las personas para organizar su propia vida: para los anarcos la tienen toda y para los marxistas, ninguna.
El caso es que venimos escuchando desde la noche de los tiempos la versión marxista de la condición humana. Ni Franco se salvaba al respecto: "no se os puede dejar solos", dijo en cierta ocasión para justificar su política de mano dura. Pero, ya, si te vas a Hollywood es que no han hecho película, salvo el par de ellas inspiradas en Ayn Rand, en la que no asome por algún lado la patita ideológica de la necesidad intervencionista del Estado. Y en esas estando, hasta los mismísimos, llegan los confinamientos y los jóvenes, y no tan jóvenes, escapan de la opresión informativa oficial por medio de YouTube y plataformas por el estilo. Y, entonces es cuando se topan con activistas del anarcocapitalismo. Ahí está siempre Rallo con sus análisis clarividentes de los vaivenes de la economía. Su maestro Huerta de Soto que derrocha entusiasmo. Las conferencias del Juan de Mariana y la Francisco Marroquín. El carismático Anxo Bastos. Y de todos ellos, como por ensalmo, saltas a Rothbard, Hayek, Mises...
Iba escuchando esta mañana una entrevista que le hacen al profesor Bastos desde una asociación libertaria mexicana. Por qué, le preguntaban, tienen tanto tirón las ideologías de izquierdas y tan poco las libertarias. Y más teniendo en cuenta los desastres que han provocado las unas allí donde se han implantado y, por contra, el éxito que han tenido las otras en los pocos sitios en los que han tenido oportunidad de llevarse a cabo. Pues muy sencillo, responde Bastos, porque el comunitarismo es intuitivo, emocional y, a partir de ahí todos los esfuerzos se centran en racionalizar esa intuición, esas emociones. El capitalismo recorre el camino en sentido contrario: primero se racionaliza y después, a la vista de los resultados, uno se enamora de él.
No hemos sabido explicarlo, continua Bastos. No tenemos héroes ni mártires. Ni poetas ni novelistas que canten nuestras glorias. Por contra el comunismo no ha parado de contar mentiras desde Platón para acá. Fíjense, por ejemplo, un escritor tan encantandor como Dickens. Se dedicó a contar las miserias del capitalismo con una sentimentalidad rayando en lo obsceno. Oliver Twist y toda aquella basura ideológica que todavía se anda exprimiendo en forma de musical. Pues bien, no se le ocurrió decir a Dikens que toda aquella gente que el veía en el peor de los mundos había mejorado su vida de forma espectacular desde que había comenzado a trabajar en las fábricas: comían todos los días, tenían descanso dominical, los hijos iban a la escuela, ect., cosas todas ellas de las que en absoluto disfrutaban en el mundo del que venían. Sí, el trabajo infantil da mucha pena, pero mucho más pena da ver a los niños morir de hambre.
Claro que es muy difícil encandilar a la gente diciéndola que tiene que trabajar duro y ahorrar. ¿Y disfrutar de la vida, para cuándo?, te contestan. Y se van a ver la tele donde ponen, un suponer, Senderos de Gloria, una película en la que no cabe la menor duda sobre de qué lado está el buen rollo.
En cualquier caso, los confinamientos se suelen volver contra el que los impone. A lo mejor, si el gobierno hubiese sabido que al salir de él el profesor Rallo iba a tener trecientos y pico mil suscriptores, quizá hubiese optado por otras medidas para combatir la susodicha pandemia. Porque toda esa gente le está cogiendo el gusto a lo del anarcocapitalismo que, además, a los españoles, al respecto, de lejos nos viene el garbanzo al pico, que es que somos, como quien dice, los inventores del invento, valga la redundancia. Leyendo a Rothbar te enteras hasta qué punto fueron importantes los últimos escolásticos españoles, lo que se conoce como escuela de Salamanca. No solo se adelantaron siglos a todas esa glorias británicas de la economía, también atinaron mucho más. Pero ya saben lo que pasa con la gente inteligente, que no nos gusta darnos pote.
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