Ayer murió un hombre valiente. Con un cigarrillo de lo que fuese en una mano y un vaso de whisky en la otra. O sea, con las botas puestas. Preguntado, ya en sus últimas horas, cuál pensaba que había sido su máximo logro en la vida, contestó, sin excesivos titubeos, que el haber aprendido a estudiar.
Ya ven, aprender a estudiar. Algo en lo que, quizá, la inmensa mayoría de los mortales nunca piensa. Como si estudiar fuese solo cuestión de voluntad. Pues no, nada más lejos de la realidad. Conozco multitud de personas que han culminado con éxito sus estudios universitarios y no saben nada de nada. Gente que memorizó pero no comprendió, por así decirlo.
Aprender a estudiar es tanto como aprender a cavar hondo en el pozo de tu ser. Y cada metro que bajas abandonas la verdad que te venía sustentando porque has encontrado otra mucho mejor. Y sigues, y sigues, hasta que llegas al mismo centro de tu ser, a la verdad definitiva: la gozosa soledad del individuo constituido como tal. Jugar al ajedrez con la muerte con la misma distensión con la que juegas con tu nieto.
¡Un poco de coraje, por favor!, solía decir al contemplar desde su lejanía apolínea la realidad circundante. ¡Por Dios, cederlo todo a la mera supervivencia! La libertad. Mi libertad. Lo más sagrado. Por lo único que merece la pena dar la vida, dijo Alonso Quijano. Pues sí, ayer volvió a morir Alonso Quijano. Y lo volvió a hacer absolutamente cuerdo y libre de penas. Estoy seguro.
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