Como a los judíos en la Alemania de hace 80 años o así a los no vacunados les ha llegado su hora. El odio de la población hacia ellos es manifiesto. Si no fuese por ellos viviríamos en el mejor, de los mundos, se les nota que creen. Ya, hasta los mismos mandatarios, salen en las televisiones públicas pidiendo poco menos que sus cabezas. Aquí en la que dicen Cantabria, de soltera La Montaña, el coronel Anchoa le ha pedido a Rambo que les persiga por tierra, mar y aire.
Es lo que hay y, aunque sé a ciencia cierta que es imposible luchar contra ello, no me resisto y allí donde voy monto el pollo a la primera de cambio. Podría pasar, pero no puedo porque quiero tener la conciencia tranquila el día que entren los aliados. Porque, no lo duden, acabarán entrando y, entonces, todos esos que hoy viven al grito de ¡la mascarilla, caballero! tendrán que bajar la mirada avergonzados por todo lo mierdas que fueron en los días de la gran manipulación.
Afortunadamente cada vez hay más gente despierta porque el embuste no se mantiene. Nigel Farage, el que fuera el héroe del Brexit, ha dicho que a él no le van a tocar más los cojones. Y por mucho que lo quieran ocultar hay millones de personas protestando en las calles. En Austria el gobierno ha impuesto el confinamiento a los no vacunados y, al parecer, nadie ha cumplido porque, entre otras cosas, los sindicatos policiales han dicho que con ellos no cuenten para ir por ahí pidiendo carnés de crédito social. Y Apple amagó con impedir la instalación de Telegram en sus teléfonos, pero se ha echado atrás porque seguro que se ha percatado que eso que se percibe en el horizonte no es otra cosa que las orejas del lobo.
En cualquier caso, debemos alegrarnos de que por el momento no esté corriendo la sangre. Sabemos que hay efectos colaterales entre los vacunados, pero desconocemos su verdadero alcance porque la manipulación de las cifras forma parte del arsenal de la guerra en curso. Ahora bien, lo que no desconocemos ya es que las famosas vacunas son un bluf de tomo y lomo... como por otra parte lo es el 90%, y me quedo corto, de los medicamentos que venden los laboratorios.
En fin, a la postre, será lo que Dios quiera. Roguemos porque no quiera otra igual que la de hace 80 años.


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