Cuando nací, hace ya 80 años, la población mundial a duras penas llegaba a los 2.500 millones. Cuando fui a estudiar a Valladolid con 17 años ya se rondaban los 3.000 millones. Para entonces, las consecuencias del aumento que se percibían parecían todas positivas. Cuando me trasladé a Madrid con 22 la ciudad estaba orgullosa de haber alcanzado el millón de habitantes y los 100.000 coches circulando por sus calles. Aquello parecía una fiesta que nunca se iba a acabar. Todavía muchas de sus calles eran bulevares en los que podías tomarte una cerveza en cualquiera de sus chiringuitos a la sombra de los centenarios plátanos. Para cuando abandoné la ciudad, tres años después, ya ni bulevares ni leches: los coches se habían doblado y la única obsesión del ayuntamiento era la de darles espacio a costa de los peatones en el inútil empeño de evitar los atascos. Bueno, han sido suficientes los años de mi vida para que la población de Madrid se multiplicase por diez, o quince, o veinte, no sé, da igual porque en cualquier caso es una barbaridad. Y de los coches, mejor no hay que hablar para no echarse a llorar. ¿Qué porcentaje de sus vidas pasan dentro de ellos la mayoría de sus ciudadanos? Mejor no saberlo.
Sin embargo, en el pueblo en el que nací había 2.300 habitantes diseminados por las diversas pedanías que hay repartidas en unos 37 km2. Hoy día vienen a ser más o menos los mismos habitantes, pero, cosa curiosa, a primera vista se diría que son diez o veinte veces más. Y ¿saben por qué? Pues muy sencillo, porque son diez o veinte veces más ricos. Porque esa es parte esencial de la condición humana: ocupar cuanto más espacio mejor en función de las posibilidades pecuniarias. Ahora vas a mi pueblo y parece una casa de putas, con perdón. Ofreciéndose al turista como si fuesen las sacerdotisas de Istar: con las piernas abiertas. He ido por allí media docena de veces en los últimos cincuenta años y a duras penas he podido contener las lágrimas. Mi impresión es que todo ha ido a peor; se diría que de las múltiples identidades individuales de aquel entonces se ha pasado a una única colectiva. La horterización de la vida se manifiesta de forma estrepitosa. ¡Mucha piedra en las fachadas y mucha flor en los balcones! Y, por supuesto, mucho coche de alta gama a la puerta.
No sé si se habrán dado cuenta, pero les acabo de relatar los dos componentes principales del irresoluble problema que afronta el mundo. Irresoluble por las buenas, quiero decir. Población multiplicada por casi cuatro y riqueza por diez, nos da un resultado de cuarenta veces más a efectos de ocupación del espacio. Ya, solo con los pedos que tiramos entre todos es para echarse a temblar. Así que de qué nos habríamos de extrañar porque esté pasando lo que está pasando. Es tal la presión de las circunstancias ambientales que no queda espacio para la razón. El peligro que olfateamos nos animaliza y, con ello, nos echa en manos del instinto: hay que matar para vivir. ¿Por dónde empezamos? Adivínenlo.
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