Era por los finales del siglo XVI, cuando aquellas guerras entre sunitas y chiitas cristianos, que se dio la circunstancia de haber quedado cercado el Viejo Tercio De Zamora en una isla de esas que hay tantas en los Países Bajos. La flota holandesa, que era la cercante, sugirió al Tercio que se rindiese. Ni de coña, contestaron. Entonces los holandeses se las apañaron para, con sus sistemas de compuertas y canales, inundar la isla. Afortunadamente la isla tenía una pequeña elevación, el Monte Empel le decían, y allí se refugiaron los del Tercio y allí se encomendaron a la Inmaculada Concepción de María. En resumidas cuentas, que como por aquel entonces era cuando lo que se conoce como Pequeña Glaciación estaba en su punto más álgido pues nada tuvo de particular que por la noche soplase un viento polar que congeló todas las aguas circundantes. Las flotas holandesas quedaron inutilizadas y el tercio con manos libres para atacar y, por supuesto, hizo su trabajo con la efectividad que les caracterizaba. Por descontado, toda aquella casualidad se achacó a un milagro de la Inmaculada Concepción.
Pues bien, como ahora hay tanto ocioso y tanto político organizándoles la vida para que no pequen, que ya saben lo peligroso que es el ocio, pues nada tiene de particular que a algún concejal de Zamora se le haya ocurrido la idea de celebrar lo que se viene conociendo como Milagro del Monte Empel con desfiles con trajes de época y a los sones de la Marcha Fúnebre de Thalberg, marcha que, debido a la genial idea de un compositor zamorano de principios del XX que la arregló y transcribió para banda, se ha convertido de facto en el himno de la ciudad.
Mi enamoramiento de Zamora me viene de los años que residí en Salamanca. Por diversas circunstancias la visité con frecuencia. Aunque solo fuese por ir a comer al restaurante España ya me merecía la pena el esfuerzo de hacer los sesenta quilómetros que me separaban. Aquel restaurante que de haber estado en Madrid o Barcelona hubiese aparecido en todas las guías turísticas del Mundo. Era sin trampa ni cartón que allí dentro te sintieses trasladado a los años de la Belle Époque. Con todo el cabildo catedralicio comiendo en una mesa del fondo. En fin, pero yendo a lo de Thalberg, fue un Viernes Santo que me encandilaron para ir a la procesión del Cristo de las Cinco Copas, también conocida como de los borrachos por aquello de que por ser a las cinco de la mañana y darse la circunstancia de que la mayoría de los asistentes en vez de madrugar suelen trasnochar... pues se pueden imaginar por qué le llaman al Cristo el de las Cinco Copas. Sea como sea, allí estábamos, dentro de esa sorprendente iglesia románica que hay en el centro de la Plaza Mayor, esperando a que comenzase el espectáculo. De pronto, el silencio se hace sepulcral y con los primeros compases vemos que el Cristo comienza a bailar camino de la puerta. Hay que haberlo vivido para saber lo que es emocionarse por unos compases de música. Al llegar a la puerta, el Cristo se para porque le tienen que decapitar para que pueda pasar. Pero la música sigue. Ya en la calle, le restituyen lo que es suyo y sigue la procesión entre gente que se ha hecho sayos penitenciales con bolsas de basura. La cosa dura lo que dura el himno. Antes de las seis ya están todos los borrachos recobrando el sentido a golpe de sopas de ajo superpicantes. Es, todo ello, mucho más iniciático, sin la menor duda, que aquellos famosos misterios de Eleusis.
En los últimos años recalé varias veces en Zamora en el trascurso de mis turisteos en bicicleta. Aunque el restaurante España ya está cerrado la ciudad no ha perdido un ápice de su encanto. La última vez que estuve allí fue con motivo de un periplo que hice con mi nieto por tierras castellanas. Fue saliendo ya camino de Salamanca cuando hice la foto con la que he querido ilustrar este alarde sentimental.

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