En mis paseos matutinos es raro que no tenga la oportunidad de fijarme en alguna curiosidad. El caso es que era fin de semana, amanecía ya y me estaba acercando a ese cañón de los que hacían en Liérganes que hay apuntando a la bahía entre el Centro Botín y el Palacete del Embarcadero. De frente venía una pareja amartelada que se hacía acompañar por una chiquita sonriente, de melena negra y formas redondeadas. Pues bien, la chiquita, al ver el cañón se encaramó en él, le rodeo con sus brazos y exclamó: ¡adoro esto! De inmediato me vino a la memoria la viñeta del genial Wolinsky.
Acto seguido pensé que lo más probable es que la chica fuese una estudiante de psicología que no desaprovechaba ocasión de hacer prácticas. Porque es que en mi juventud conocí a bastante gente que estudiaba esas materias y no podían evitar estar siempre con las cosas del inconsciente, es decir, haciendo chistes a lo Wolinsky.
Claro, si cogen ustedes y agarran ese libro de Shopenhauer en que se dedica a decodificar a las mujeres verán que hay un montón de sabiduría, pero con unos tintes como de pesadumbre: las cosas son como son y no cabe hacerse ilusiones. Sin duda era un puto resentido porque no supo avenirse con Eros. Supongo que tiene que ser muy difícil vivir con esa carencia. Eros es la alegría de vivir y nadie como Wolinky para desentrañar a ese Dios. Sin él, esto es un verdadero asco. Y ya está to dicho.

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