No puedo asegurar que ayer se acercase alguien a los cementerios porque la ciudad estaba rebosante, sobre todo las terrazas que, por mucho que lo intentamos, no encontramos en una de ellas sitio donde sentarnos a tomar una caña. Es tal el entusiasmo que muestra la población por ese tipo de entretenimiento que pareciera que hubiésemos alcanzado ya la ansiada utopía del paraíso en la tierra. Las cañitas, los verdejos, una de rabas... pero, sobre todo, la convivialidad. El mundo, a la postre, se salva celebrando a Dionisos... algo así como la religión del "aquí me las den todas".
Y esa es la cuestión, que los españoles, que tanto nos quejamos de nosotros mismos cuando estamos sobrios, somos sin embargo auténticos pioneros en el arte de celebrar la vida. Por así decirlo, hemos proporcionado al mundo un estilo de vida sostenible y responsable a la vez que grato que los que todavía no nos han copiado es porque les corroe la angustia protestante o calvinista... esa gente que piensa que se van a llevar al otro barrio todo lo que acumulen aquí.
Como decía aquella canción de la que tanto nos mofábamos cuando lo de aquellos "maravillosos años": "España no hay más que una y el que quiera convencerse que se venga aquí a vivir". Pues sí, no hay más que una y cualquier cosa está menos justificada que ese complejo de inferioridad que hemos venido arrastrando por siglos a causa, sobre todo, de nuestra ignorancia de la Historia. Cualquiera que haya leído un poco sabrá que las bases de la modernidad se establecieron aquí en los siglos XV y XVI. Y si el mundo tardó en aprovecharlas fue porque se le dio excesiva importancia a Apolo por comparación a Dionisos. Las luces, decían. ¡Y una leche! ¿Y qué hay del lado oscuro? Aquí nunca tuvimos miedo a mirar de frente a la muerte. Acuérdense del padre del Lazarillo de Tormes que subía al cadalso haciendo chistes. Demasiado clarividente como para dar importancia a aquello sobre lo que no tenemos la menor posibilidad de influir.
En cualquier caso, las verdades, por más que tarden, siempre acaban por salir a la luz. Lo venía constatando estos últimos días cuando escuchaba las obras de Rothbard, un autor, por si no lo saben, de creciente prestigio entre las élites juveniles. Es curiosa la insistencia de este autor en señalar las aportaciones de los últimos escolásticos españoles a las ciencias, por así decirlo, humanas. Se habla mucho de Montaigne, de Adam Smith, de Hume como lo más de lo más. Pus bien, para Rothbard, pura basura frente a los de la escuela de Salamanca o Juan de Mariana. Ya ven, y nosotros sin saberlo mientras bebíamos porrones de tintorro para mejor enumerar nuestras miserias en aquel Valladolid de comienzos de los sesenta del siglo pasado. Siempre nos habíamos reído de quienes nos cantaban glorias de la patria. Mucho más romántico el relato de los perdedores. ¡Pero qué idiotas!
No hay comentarios:
Publicar un comentario