Evidentemente, el ruido es lo que más atrae la atención, y si, ya, viene acompañado de aromas desagradables, ni te digo. Y de eso, por desgracia, siempre ha habido y habrá a calderadas, porque hay demasiada gente viviendo de ello. Cuando uno mete la mano donde no debe, ya hay mil periodistas y políticos que tienen la vida asegurada entonando a coro el gorigori de la indignación. Que cuatro días después les pillen a ellos en lo mismo, pelillos a la mar, porque el caso es que el pueblo llano tenga algo tras lo que parapetarse para seguir haciendo de las suyas que, en definitiva, es más de lo mismo. Al fin y al cabo, este es el país del Quijote, sí, pero no se engañen, porque lo es mucho más del Guzmán de Alfarache... por mucho que hagamos como que le tenemos olvidado.
Sin embargo, no es eso todo ni mucho menos. Incluso yo diría que todo eso es lo de menos. Cojan, agarren, y googleen Berta Gonzalez de la Vega. Es una periodista, pero no de las al uso. Ella se ocupa de lo que realmente nos concierne que no es otra cosa que ese despliegue subterráneo de excelencia que es el que al fin y a la postre nos va a configurar como sociedad. Porque claro, eso no lo puedes pregonar a los cuatro vientos porque correríamos el peligro de monter d´un cran el nihilismo de las masas iletradas. Y ya tenemos bastante con los niveles que soportamos próximos, por cierto, al punto crítico. Al pueblo llano, con sus Iglesias a la cabeza, conviene dejarle vivir con la ilusión de que es él con sus movimientos de masas el que configura el futuro de la nación. Porque si pierde esa ilusión se pone automáticamente a elevar a los altares a los que se instalan en chozos en la Puerta del Sol, cuando no a pegar tiros en la barriga a los empresarios.
Pero a lo que voy, a ese mundo de excelencia que describe Berta González de la Vega. No son cuatro gatos sino toda una infraestructura que se despliega silenciosa por los nodos de energía intelectual del mundo. Niños que son los auténticos privilegiados, por el querer de los dioses, sí, pero nunca lo olvidemos, también por la convicción de sus padres y el saber hacer de unos profesores. Todo un mundillo, o mejor mundazo, que se recrea en si mismo con el justificado convencimiento de tener todas las posibles llaves del futuro, desde escapar de este planeta en descomposición, hasta convertir el agua en vino de una vez por todas. En fin, lean a Berta que les subirá mucho el ánimo si no son ustedes unos chusmas.
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