martes, 15 de mayo de 2018

Nuestra cruz

 Ya va para los sesenta años que un día caluroso de junio nos subimos a un tren prehistórico todos los alumnos del curso preuniversitario para ir a examinarnos a Valladolid. Recorrer la distancia que nos separaba, unos 250 kilómetros, nos llevó unas diez horas. Los vagones eran corridos, con asientos de madera y con una plataforma en la parte posterior a la que no parábamos de salir a fumar cigarrrillos mientras nos duraron que no fue mucho. Cuando coronamos la cordillera ya llevábamos mucho sudor pegajoso sobre el cuerpo con, supongo, la consiguiente irritación que ello produce a los adolescentes. Por la meseta todo estaba ya amarillento y eso, que la mayoría de nosotros nunca habíamos visto, suscitaba no pocos comentarios despectivos. Tan acostumbrados al verde y a las vacas pastando sobre él, aquello nos parecía miserable y así lo fuimos manifestando todo el rato como para darnos ánimo. Luego, ya, a la vista de los primeros pueblos de adobe, ni te digo el humor ácido que se desató. Nuestro sentimiento de superioridad no hacía más que encontrar justificaciones en aquel paisaje en sazón. Lo que no sabíamos ninguno era que la primera consecuencia de la ignorancia es el supremacismo, como le dicen ahora. Imagínense lo cómico del asunto, los santanderinos sintiéndose superiores a los de la meseta. Lo veníamos mamando de lejos, sin duda. 

Como de aquel viaje regresé con un suspenso en la maleta mi padre agarró y sin mediar protesta que valga me mandó de vuelta a Valladolid a pasar el verano en un colegio mayor en donde preparaban para los exámenes de septiembre. Fue duro aquello, pero todavía recuerdo la fascinación de aquellas clases de física en las que lo entendía todo. Nunca en la vida, salvo en las clases de francés que me había dado doña María Bior, había sentido semejante comunión con los profesores. Así que llegó septiembre y aprobé con buena nota. Y volví a Santander muy ufano y probablemente bastante curado de supremacismo respecto de los mesetarios. Por lo menos, allí, pensaba, saben enseñar. 

Recordaba estas cosas estos días aciagos para la patria en los que unos hijos de perra no cejan en su afán denigrador. Es como si ello fuese su alimento espiritual. O eso o reventar, parece ser el diagnostico inapelable. Y no hay que hacerse ilusiones porque a ciertas enfermedades del alma, cual es el caso que nos ocupa, solo las cura la visión de sangre corriendo por las cunetas. Al menos hasta ahora siempre ha sido así. Y no creo que ahora vaya a ser diferente. Porque, desde luego, esos desventurados no se van a salir con la suya, pero tampoco los demás vamos a salir indemnes del envite. Es nuestra cruz. 

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