En sentido estricto el fútbol no puede ser considerado sino como algo puramente banal. Sin embargo, comentaristas de la cosa mediante, se le ha conseguido dar un valor simbólico que lo ha convertido en el mecanismo favorito de las masas para poner a prueba sus pedestres dotes intelectuales. Ayuda a tener la sensación de saber pensar, tener una cultura y sobre todo, una identidad de pertenencia, lo cual, por más falso que sea, tiene evidentes efectos favorables sobre la autoestima, que no por otra cosa es que el poder político le dé tan desmesurada importancia. Y por eso no se le ocurre ni por asomo ponerse a regularle y mucho menos a socializarle. El fútbol es el terreno del liberalismo que dicen salvaje por antonomasia: tanto vales, tanto cobras y sanseacabó. Y a la primeras que fallas a tomar por el saco sin la menor conmiseración. Y a todo el mundo le parece lo correcto.
Ya ven, el furbo, tan pedagógico en principio y tan romo en la práctica para traspasar a otros sectores las enseñanzas a extraer de su inequívoca efectividad. La dichosa excelencia, que en cuanto te alejas del deporte el populus empieza a mirarla no sólo con recelo sino con verdadero odio. La enseñanza, la sanidad, como ponía una reciente pancarta en una manifestación, tienen que ser públicas por decencia. O sea, que un médico gane más que otro en un hospital, pura indecencia, y un maestro más que otro en una escuela ya ni te digo. La motivación, por lo visto, la proporciona el orgullo por la decencia. Y ver a tus compañeros tocándose las bolas mientra tu trabajas no tiene por qué causarte la menor sombra de desistimiento porque tu eres una persona decente y estás haciendo lo que te corresponde. Y en la otra vida te lo pagarán.
Pero el caso es que ayer viendo el telediario de una televisión francesa me enteré de que en la Pérfida Albión el gobierno promueve que en las escuelas públicas manejen el presupuesto asignado con criterios de club de fútbol. Porque, si a la postre se van a exigir resultados lo menos que se puede hacer es dar libertad de gestión. Así, los directores de esos establecimientos acuden a las empresas de cazatalentos y no es raro que se fiche a algunos profesores por el triple o cuádrupe sueldo de lo que cobran los del montón. Y nadie, al parecer, ha protestado hasta ahora por esa indecencia manifiesta.
Claro, eso de la decencia es como los pedos, que a cada uno sólo le gusta como huelen los suyos. Y ya va estando bien de seguir dando la matraca con que el comunismo era una buena idea que fracasó porque se aplicó mal. El comunismo, la socialdemocracia, y todas esas mandangas aborregantes no funcionan porque son la pura indecencia. Como toda esa mierda de los santos de las diversas religiones, que nos quieren hacer creer que eran gente que no necesitaba reconocimiento para motivarse... todo lo hacen por el amor de Dios y luego vamos y vemos los salones del palacio Vaticano y pensamos que sí, que debe de ser verdad. ¡Ándale ya!
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