lunes, 14 de mayo de 2018

República independiente

Los vecinos del piso de encima han colocado ante la puerta de entrada ese felpudo de Ikea que dice "bienvenidos a la república independiente de mi casa". Por lo que he podido comprobar en el año y pico que llevo viviendo aquí son una gente estupenda. Apenas sé de ellos más que, que el padre toca la guitarra, va en bicicleta y hace fotografía y que una hija que parece una niña todavía ya ha terminado medicina, ha hecho el Mir y está a punto de irse a Valdecilla a hacer la especialidad de psiquiatría. Por lo demás, se me han ofrecido en varias ocasiones para lo que necesite. Gente, en definitiva, que hace patria dedicándose a lo suyo. Porque esa es la gran cuestión, que no hay otra forma de hacerla... ¡y tanta gente que todavía no se ha enterado!

Y eso es lo que me pregunto: ¿por qué es tan difícil para tantos dedicarse a lo suyo? Y no sólo en el trabajo remunerado, que eso cualquiera, sino en el tiempo reconocido como de ocio que, por cierto, al paso que vamos, es casi todo. Tener una aficioncilla cualquiera que exija un mínimo de concentración mental capaz de sacarte de ti mismo. Pues no, se ve que no es tan fácil. El noventa y nueve con nueve por ciento, se diría que gasta su ocio en los pudrideros del alma. Cultivando sus obsesiones junto a la barra de un bar. Sus obsesiones que no son otras que los asuntos de los otros. 

Los bares. No tengo nada contra ellos. Pero sí contra la desmesura. Como con el sexo. Una vez al año hace daño. Una al mes, poco es. Una a la semana, de buena gana. Una al día, hastía. O sea, que el ideal sería ir al bar una vez a la semana y que, por tanto, cerrasen seis de cada siete. Esa es la única regeneración de los espíritus posible a mi largo entender. Porque así, en vez de cultivar las obsesiones, acabaríamos por caer en la cuenta de que no hay nada más redentor en este mundo que aprender a convivir con el aburrimiento. Imagínense lo que iba a ser la diversión de ese día cada siete charlando con los amigos en el bar o donde fuese. La energía acumulada que tendríamos para despilfarrar. Pero no, la realidad es que vamos día sí y día también con el espíritu exhausto con la malsana ilusión de poder repostar allí mientras se habla de Cataluña. O de por dónde va la liga.  

En fin, me parece que lo mejor va a ser que me acerque a Ikea a por uno de esos felpudos. Por cierto, hablando de felpudos, no puedo entender esa obsesión que les ha entrado a las mujeres por los koyaks. 

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