sábado, 26 de mayo de 2018

Fascinación china

No sigo mucho, por no decir nada, por razones obvias, las televisiones españolas. Por fortuna, mi diletantismo de petit me ha llevado a tener un cierto conocimiento de las lenguas francesa e inglesa, insuficiente, desde luego, para les mettre en oeuvre en las cosas prácticas de la vida, pero sí apropiado para hacerme una idea de lo que dicen las televisiones que emiten en esos idiomas. Y bueno, una cosa les puedo decir con toda seguridad, al margen del ruido de cotorras, o porteras, que rellena el tiempo sobrante, lo verdaderamente sustancial de su programación está todo relacionado con la fascinación china. Me recuerda mucho a cuando, siendo muy jóvenes, nos lanzábamos mi hermano y yo sobre el Selecciones del Reader´s Digest que llegaba todas las semanas a casa enviado por los laboratorios Aristegui. Yo no recuerdo nada como esa revista que me haya servido tanto en esta vida para ponerme en contacto con el mundo real. De hecho, todo lo que hemos ido viviendo en España después nunca me ha pillado por sorpresa porque ya lo había leído en el Selecciones.  Por cierto que la sección que más me enganchaba siempre era la dedicada al Self Made Man que venía traducido como "El hombre que se hizo a si mismo".  

Pues sí, la fascinación por lo chino no es para menos. Uno ve un polígono industrial en una ciudad cualquiera de Etiopía y alucina. Cientos de miles de obreros fabricando de todo en naves meticulosamente urbanizadas à perte de vue por 30 € de salario al mes. Luego las autopistas, los trenes, los puertos, los aeropuertos, todo ultramoderno, para hacer circular las mercancías. O una explotación agrícola de 150 000 hectéreas en mitad de la nada kazakistaní, al borde de una de las líneas férreas que han construido por el centro de Asia, que saca millones de toneladas de grano y carne con el solo concurso de media docena de técnicos chinos. Por no hablar de lo de dentro de las fronteras. La obra pública deja a todo lo conocido hasta ahora en juego de niños. Y no hay tecla que no toquen. Santillanas del Mar, por ejemplo, los tienen para dar y tomar, pero mil veces mayores. Fútbol, esperen y verán lo que es bueno. Lo que sea, en fin, y de un día para otro porque los que dirigen el cotarro no tienen que dar explicaciones a nadie salvo a los libros de cuentas. Todos saben que al que se le va la mano lo paga luego con la vida, remedio que, como dijo el clásico, la experiencia tiene demostrado ser más efectivo que el perdón y la misericordia. De hecho todos los años liquidan a unos quinientos funcionarios por gurtelear, por decirlo a la española. 

Pues sí, no les quepa duda, existe una fascinación abierta hacia los logros chinos y otra fascinación soterrada por los procedimientos para conseguirlo. El Emperador y su escuela de Mandarines: ese es el secreto a voces que, a mi juicio, está perturbando toda la vida en occidente. Eso de que un sindicalista analfabeto o poco menos sea quien vaya a decidir si los trenes se paran o circulan es algo que a la luz china parece cosa de extraterrestres. Por no hablar de los conflictos territoriales que, hablando en plata, lo único que hacen es retrotraer a las mentes a la Edad Media cuando lo del derecho de pernada. No, desde luego, el Emperador no está para mandangas sentimentales. Si hay un problema, nada de debates parlamentarios, se saca la regla de cálculo y se la hace funcionar. Que para eso está la Escuela de Mandarines, para adiestrar a los mejores en el manejo de la regla de cálculo. 

En fin, se puede uno ir haciendo una idea de cómo va a acabar todo esto. Como va pasando en algunas ciudades con las cotorras, que un buen día alguien con mando en plaza decide que hay que exterminarlas porque hacen la vida difícil a la ciudadanía. Las cotorras, las palomas, los perros, los gatos,  todos los animales que alimentan la sentimentalidad, pero no los estómagos, fuera. Lo ha dicho el Emperador. Y nadie lo discute. 

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