viernes, 18 de mayo de 2018

Cotidianidad

En La Parrilla de Villalobón la animación a media mañana es notable. Los coches a la puerta no dejan lugar a dudas sobre la renta per cápita de la clientela ya provecta y muy oronda. Se engullen pinchos de tortilla rellena de las más diversas viandas. Y se habla en camaradería sobre la situación presente. Buena vida, en definitiva, a raudales. No, desde luego, los catalanes en la pantalla no nos van a amargar la existencia sino todo lo contrario. Nos dan para hacer chistes hasta que nos cansamos de reír y eso es lo único que cuenta. 

Por la carretera hacia Astudillo uno flota entre mares de verdor. Trigo y cebada ya granados y el aroma -descríbame ese aroma, que diría Wittgenstein- del primer corte de forraje que hace su primer secado in situ antes de ir a las desecadoras industriales. Y los gritos de las calandrias que nunca cesan su jolgorio. Es el ciclo de la vida con sus mínimas variaciones. 

Tuerzo a la izquierda en dirección a Fuentes de Valdepero. No tardan en surgir sobre la colina las moles del castillo y la iglesia. Y al poco el caserío con la residencia de la tercera edad en vanguardia. Paro a descansar un rato en un parquecillo a la entrada del pueblo justo al lado de la preceptiva ermita románica perfectamente restaurada. El mundo, pienso, es un jodido parque temático le mires por donde le mires. Y entonces, cojo, agarro y saco mi seductora para entonar unos aires de juventud. El cuadro es perfecto. Un ciclista que pasa me dice que no pare la música. 

Bajo a tumba abierta hasta Monzón, paso de largo frente a "El Caballero", ¡sugar, sugar!, que diría el inglés, y tuerzo hacia Husillos. Ahora, que ya estoy cansado, llevo el viento a mi favor. Cruzo el Carrión por el puente medieval y allí mismo a la izquierda están las viejas escuelas convertidas en bar. Toda una metáfora. Paro a tomarme un verdejo con un taco de morro. La lozana tabernera tiene un ostentoso tatuaje en el hombro con los los nombres de sus hijos: Jimena y Hugo. Comentamos un rato al respecto. Ella quería sobre todo que sus hijos se diferenciaran por el nombre. Le di la razón porque no tengo criterio al respecto. 

Sigo camino, siempre empujado por el viento. En el Puente Guarín echo otro descanso en el parque que han adobado allí rodeando la ermita que en tiempos fue casa caminera. ¡Por ermitas será! Vuelvo a sacar la seductora y ensayo otros aires. Duro poco porque ya tengo ganas de verme en casa. Los últimos kilómetros parecen haberse llevado todo el esfuerzo, como dijo el poeta. Y, en fin, lo siguiente, como es costumbre, a cuenta del reclinable de Ikea. Y así pasan los días.    

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