Decir que estamos viviendo un fin de época suena más que nada a vulgaridad, porque díganme ustedes en qué época no se ha podido decir lo mismo. Y ya, si el que lo dice, encima es viejo, entonces, miel sobre hojuelas como se suele decir. Pero bueno, eso no quita para se estén produciendo hechos que cuanto menos son chocantes. La desaparición de las tiendas, por poner un ejemplo. O el ligoteo online. O la espada de Damócles que para los negocios cara al público es la existencia de las redes sociales. Todo este batiburillo de nuevas costumbres que se van estableciendo internet mediante.
Pero hay una cosa, sobre todas las demás, que me indica que el asunto no va de broma. Se trata del más que posible paso a mejor vida de los Premios Nobel. Y no es que no lo hubiésemos sospechado e incluso tenido ciertas certezas, pero es que con los actuales grados de transparencia se ha puesto meridianamente de manifiesto que esa venerable institución tiene entre sus miembros el mismo porcentaje de chusma que cualquier otra. Y que al fin y la postre no es más que uno más entre los numerosos grupos de presión que barren para su casa. Otro rey que va desnudo, para que nos entendamos.
Personalmente nunca hubo nada que me pareciese tan ridículo como los diplomas de honor. Es como la risa que me dan esos generales rusos que supongo acabarán todos con escoliosis a causa del peso de sus muchísimas medallas que se ven obligados a llevar ostentosamente en el lado izquierdo de su pecho. Bueno, a veces, por sobreproducción, ponen alguna en el derecho, pero seguro que es de mala gana. Y la risa que también me da, porque es que en esto conozco bien el percal, esas salas de espera de médicos con las paredes atiborradas de diplomas. ¡Dios mío, qué pleistocénico! Por contra, mi dermatóloga de Madrid sólo tiene en la pared grandes fotos de ella en posturas amorosas y casi porno con el que supongo es su marido. ¡Eso sí que es modernidad!
El caso es que, a la postre, como no podía ser de otra manera triunfa en el mundo el espíritu libertario. La nueva ciudadanía es cada vez más capaz de distinguir entre el mérito y la promoción comercial. Y también, por tal, cada vez se acoge más a aquel viejo adagio de La Codorniz que sostenía que solo resplandece la verdad donde no hay publicidad.
En fin, como ya les he contado mil veces, soy adicto a los tutoriales musicales de youtube. Y lo bueno del caso es que cada sí y cada no, entre tutorial y tutorial se me cuela un vídeo en el que siempre aparece Antonio Escohotado siendo entrevistado por la gente más diversa. Y siempre es tronchante. El vejete que desmonta todos los mitos que sostienen este tinglado chusmático que ya más que nada sólo da risa. Desfiles de moda, festivales de cine, ferias del libro, procesiones de Semana Santa, así va la Liga, las diez ciudades que no te puedes perder, operaciones salida, caquitas de perro, etc.... no, mira, la vida ya no es eso, es algo que cada uno tiene que descubrir por si mismo sin que nadie te imponga los maestros. La vida es pensar, como dice Eschotado. Y no hay más.
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