Tengo la impresión de que poco a poco se va apoderando del mundo que se dice libre una especie de nostalgia del autoritarismo. Del padre castrador por recurrir a términos freudianos. Son las cosas del eterno retorno o de la búsqueda incesante de la excelencia económica en términos biológicos. Y es que cuando la razón da muestras de que empieza a patinar salen de forma automática al quite las hormonas, es decir, el instinto de conservación que, traducido a román paladino, no es otra cosa que miedo a la libertad.
El miedo a la libertad, aquel librito de Erich Fromm que todos compraron cuando lo de aquellos maravillosos años y casi nadie leyó. Y de los que lo leyeron ¿cuántos lo entendieron minímamente? Mejor que no, porque ¡Dios mío, qué cosa más trabajosa esa de la libertad! Siempre cargando con el peso de las propias decisiones, por lo general equivocadas. ¡Por los clavos de Cristo, qué me quiten esto de encima!
Todas esas histéricas que salen a la calle a gritar que no las violen, ¿qué es lo que en realidad están pidiendo? Pues muy sencillo, se lo digo, que vuelva Franco aunque sea de cabo. Porque cuando él mandaba estas cosas no pasaban por la simple razón de que no se hablaba de ello. Y cuando, por descuido de la autoridad competente trascendía algún caso, se cogía al autor y se le daba garrote con lo que se podía escuchar en todo el país un sonoro suspiro de alivio. Sí, esa es la realidad de los cada vez más frecuentes sentimientos de las masas aniñadas por el transcurrir de los años pidiendo lo imposible. Que esa es la magia de la democracia que pides lo imposible y siempre acaba por llegar el político que te lo da. Y luego tienes que gestionarlo y no sabes cómo. Y te asustas. Y gritas ¡viva las caenas!
Así que, nada nuevo bajo las estrellas. Dando vueltas a la noria de la historia, que no para otra cosa es que estemos aquí.
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