Se ha formado en España ahora una especie de legión de exaltadores de lo propio capitaneada por la valiente y muy formada María Elvira Roca Barea. Bien está que así sea porque la incesante lluvia de majaderías que nos está cayendo encima afecta de forma muy negativa a la autoestima colectiva si es que eso realmente existe que no sé. Todos esos jóvenes semifracasados que trasnochan en los bares de copas para consolarse dándose la razón unos a otros sobre su mala suerte. ¡Porque hemos nacido en un país de genocidas que si no...! Como aquella niña de la película Viridiana que intentaba jugar al diábolo y siempre se le caía: porque se me ha caído que si no... le decía resabida y falsaria a Fernando Rey.
Pero al margen de esa labor de ilustración necesaria, lo que sería absurdo es no reconocer que España necesita un repaso, pero de los de a fondo. No tienen más que ver esa fotografía que les muestro: unos bárbaros de pueblo saltando sobre unos bebés y los imbéciles venidos de la capital con cámara en ristre para inmortalizar la hazaña. ¡Por dios bendito, que lo dejen ya los unos y los otros! Todavía con el prestigio inmarcesible de lo pintoresco. ¿A dónde vamos así? Con nuestras cositas, que les comentaba el otro día.
España necesita, a mi juicio, no uno sino muchos carandeles que la pongan ante el espejo. Todo ese casticismo, tantas veces repulsivo, con el que se trata de activar la industria turística. ¡Ya está bien, poneros a estudiar cacho cretinos! Los castizos y los turistas, tales para cuales en su concepción equivocada de la agonía. Hasta el más tonto, decía el otro día un entrevistado, ha estado cinco veces en la Polinesia. Si al menos les hubiese pasado como a Marlon Brando en Rebelión a Bordo nos los hubiésemos quitado de encima y el mundo hubiera mejorado.
Para mí que todos nuestros males vienen de lo que nos costó subirnos al tren de las matemáticas. Estuvimos dos siglos o así negando la mayor: que sin matemáticas no se pueden construir pantanos y sin pantanos no hay progreso posible en un país de secano. Y así es que venimos arrastrando no ya esa carencia que afortunadamente está bastante resuelta sino las consecuencias de la mentalidad que se creó en los siglos de sequía: venga a sacar el santo en procesión y de la procesión al bar.
La verdad, me importa un rábano todo eso que dicen que pasa con la política profesional. ¿A quién le puede extrañar que sea un asco si no es más que un destilado de esa gente que salta sobre bebés y esos fotógrafos de lo pintoresco? En fin, paciencia y barajar porque la cosa va de mentalidades y ya se sabe que las mentalidades se mueven a menos velocidad que los continentes. Pero se mueven que es lo que importa.

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