Cuando lo de aquellos maravillosos años corría por los medios rebeldes un chiste que consistía en asegurar que España era Una, porque si hubiese otra todos nos iríamos a ella, Grande, porque para cruzarla en tren necesitabas por lo menos cinco días y, Libre, porque podías escoger entre comprar el As o el Marca. Se contaba más que nada para hacer rabiar a los que ostentaban patente de patriotismo que, como es sabido, en todas las épocas los hay y, en algunos casos aislados, sin necesidad de estar chupando del bote. Pues bien, hace unos días ha surgido la polémica, con la consiguiente alharaca de indignados, porque una parejita muy de moda ha andado por ahí exhibiendo el libro "España de mierda". Y de nada ha servido que se explique que se trata de una sátira escrita por uno de profesión provocador, porque cuando un tonto ha conseguido revestirse de respetabilidad indignándose por lo que sea, ya no hay quien le pare. Entonces es como dicen que pasa cuando un perro muerde hueso, que hay que molerle a palos para que lo suelte.
La sátira, desde luego, no es humor fino, es decir, para ilustrados. Más bien es todo lo contrario, para la gente del común que, como es sabido, sólo disfruta de la comida si se sacia. Pero da igual, porque el caso es que el humor, como la comida, siempre alimenta, por más que a veces indigeste y obligue a vomitar. Ya se sabe que no todo el mundo está preparado para los excesos. Cuestión de entrenamiento, en definitiva, que también el espíritu necesita musculatura para resistir los desvelamientos súbitos de la negra realidad.
Recuerdo que en casa de mis padres hubo durante un tiempo una criada a la que llamábamos la sainetera. Y no era porque fuese en absoluto teatrera sino porque para ella cualquier cosa que pasaba, por grave que fuese, era un sainete. Claro que las circunstancias de su vida habían sido de las que generan más músculo que cien años de gimnasio: había andado líada con un tipo echao palante que, cuando lo de la República, había encandilado a la chusma del pueblo para ir a por el cura para darle matarile. Cuando entraron los nacionales, sin esperar un día, hicieron lo propio con él. Y la sainetera quedó sola y compuesta con un niño en la barriga. Como para andarse después con remilgos por un quítame allí esas pajas.
Efectivamente, si me pongo a enumerar todo lo que me parece que tiene que cambiar en costumbres este país para ponerse al día, es decir, para parecerse un poco más a los del norte, la conclusión que saco no puede ser otra que la de que España es una mierda. Ahora mismo, miro por la ventana y qué veo: gente en los balcones sacudiendo las alfombras. Lo hacen con absoluta inocencia, si reparar en lo más mínimo que en la terraza que hay debajo la gente está desayunando. En fin, no voy a seguir con la retahíla porque no quiero partirme de risa.
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