domingo, 27 de mayo de 2018

Miscelánea campesina

Era difícil pasear por las aceras anoche. Había grupos de gente arremolinada a la puerta de los bares. O sea, cada diez metros un grupo. Porque diez metros es más a menos la media de distancia entre un bar y otro por toda la ciudad. Y todos estaban con el cigarrillo en ristre y mirando embelesados quelque chose que pasaba dentro del bar. Muchos se hacían acompañar de su perro pa que no fartase de na. Ya entraba por el portal cuando oí la voz lejana de un poseso gritando ¡goooooooool! El furbo, pensé. Nada grave. 

Esta mañana, cuando iniciaba mi cabalgada hacia Becerril, serían las diez, vi una mujer paseando con la sola compañía de sus pensamientos. ¡Por Dios, qué osadía, sin perro! Se empieza por estas cosas y a saber cómo se acaba. Afortunadamente era una rara excepción. El cien por cien de la restante gente que vi paseando la calle cumplía fielmente con el precepto de latría perruna. Así que nada que temer: esa parte del PIB, nada despreciable por cierto, está perfectamente a salvo. Sensibilidad obliga. 

Bueno, en Becerril, en la terraza de La Behetría, nos hemos tomado un café con leche y un pincho de tortilla de patatas. Quien conozca esa plaza, ese bar y la tortilla que en él hacen comprenderán que hallamos pasado un rato creyendo estar en el paraíso... hasta que han empezado a sonar las putas campanas de la iglesia de Santa Eugenia y nos hemos tenido que largar. Bueno, digo campanas y digo mal. Lo que suena ahora en la mayoría de las iglesias es un altavoz simulando campanadas. Y lo hacen con una rabia feroz, como cagándose en la puta madre de los feligreses que prefieren la tortilla de La Behetría a las hostias que reparte el cura en Santa Eugenia. 

Por lo demás, la Nava rebosa de agua por todas partes y las cosechas están reventonas a más no poder. Sería una lástima que siguiese lloviendo y se lo llevase todo por delante. Pero así de inquietante es la agricultura: siempre en el filo de la navaja. No me extraña nada que los agricultores hayan llegado a tales cotas de excelencia en el arte de la queja. Entre el clima, los sindicatos y la normativa comunitaria, están que se salen. Eso sí, de los mercedes y BMWs que tienen aparcados a la puerta de sus casas no dicen nada. Como si eso fuese lo más natural. 

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