Viví varios años en la calle Bordadores, justo enfrente de donde vivió y murió Unamuno. Allí mismo, en una placita entre su casa y la mía y el convento de las Úrsulas hay una estatua del filósofo, creo que del escultor Serrano, en la que se percibe su espíritu de tiraó palante, como se dice. Yo conocía de antiguo sus novelas y salvo la del cura bueno que no creía en Dios no recuerdo gran cosa de ellas. Pero durante esos años salmantinos leí, diría que con fruición, sus textos filosóficos. Estoy seguro que me dejaron poso. Como las obras de Ortega o la Zambrano. Tres gigantes para mí que no paso de aficionado en estas lides del pensar, como en todas las demás por otra parte.
Sea como sea, el caso es que en aquellos años salmantinos conocí a un Severiano, aragonés él, que ejercía de bibliotecario en la Universidad, USAL como dicen hoy, y por cuya boca tuve los primeros conocimientos de lo que se avecinaba con todo esto del internet. Te puedo sacar al instante el artículo que quieras de cualquier universidad americana, me decía. Y yo alucinaba en colores. Solía venir por casa y era difícil echarle porque con dos copas tenía conversación para tumbar incluso a una legión de salmantinos, lo que ya es decir. Bueno, no sé si habrá sido este mismo Severiano el que ha armado tanto revuelo con una biografía de Unamuno en la que se carga el mito de la pelea dialectica con Millán Astray en el Paraninfo de la USAL. Si no ha sido él, habría que decir que la USAL tiene querencia por los bibliotecarios de nombre Severiano.
La citada pelea se hizo famosa por medio de aquel libro, también mítico, La Guerra Civil Española del autor inglés Hugh Thomas. Era lo más de lo más y había que comprarlo, ya fuera de tapadillo, o mucho más divertido, aprovechando un viaje a Biarritz para ver El tango en París. Y allí, en un párrafo glorioso venía transcrito el famoso discurso que todos los progrés nos apresurábamos a aprender de memoria para soltarlo a la primera de cambio y quedar como los ángeles. Nos parecía que en esas palabras contundentes se sustanciaba la ansiada derrota definitiva de los detestados vencedores. Y, ahora, ¡vaya por dios!, Severiano mediante, nos enteramos de que el prestigioso hispanista inglés no era tan meticuloso en la comprobación de sus fuentes como habíamos dado por dogma. En el caso del discurso se había limitado a copiar un artículo de propaganda firmado por un periodista exiliado por derrotado. Un fraude en definitiva como tantos otros que nos venimos tragando a lo largo de la vida por nuestra necesidad innata de sentirnos siempre del lado de los buenos de cada momento. De la moda, para ser exactos.
Es muy duro todo esto, y más cuando un galardonado director de cine, y por lo visto progre él, está haciendo una película en la que se relatan los hechos de marras. A ver qué hace ahora. ¿Va a tirar con el fraude palante confiado en el apoyo incondicional de las huestes socialdemócratas? Porque con todo el dinero invertido ya va a resultar complicado el dar marcha atrás. Y no por nada sino porque retirado ese hecho puntual, y al parecer falso, de la vida del finado, lo demás que se puede decir de él será siempre de lo más antisocialdemócrata que se pueda concebir. Unamuno era un genuino representante de lo que la progresía califica como liberalismo salvaje. Confiaba en el individuo y detestaba a los hotentotes que era su forma de decir chusma... siempre tocando el tantán añadía, cosa que hoy día le hubiera valido más de un disgusto por racista.
En fin, otra derrota en ciernes de los perdedores y ya van... pero siguen insistiendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario