Es cuestión de mentalidades. David Calle, el creador de UNICOS, siempre termina sus vídeos exhortando a sus alumnos a practicar, practicar y practicar. "Y así aprobareis", concluye. Salvatore Vargas, creador a su vez de Academia Internet, igualmente insiste en que se practique, pero en este caso no para aprobar sino para convertirse en maestro. Personalmente, lo de aprobar siempre me lo tomé a choteo. Me di cuenta muy pronto de que no quiere decir nada más allá de lo meramente crematístico: con un diploma firmado por el rey en el bolsillo es más probable que alguien te contrate, lo cual, salvo contadas excepciones, es como condenarse a la esclavitud... y sé de lo que hablo. Sin embargo, ¡ay!, devenir maestro es como una aspiración a la divinidad. Claro que la cosa, no nos podemos engañar al respecto, también va de esclavitud, pero en este caso con una finalidad superior, la más alta, la de la liberación del espíritu.
Ahora bien, tampoco conviene hacerse ilusiones, porque por mucha que sea la esclavitud a la que te sometas no devendrás maestro si los dioses no te favorecieron con dones especiales. Por ejemplo, la música, ¿cuántos son los llamados y cuán pocos los elegidos? Porque es que si no naciste con un oído muy especial que distingue los sonidos en función de la frecuencia de las ondas que lo conforman de poco te va a servir pasarte ocho horas cada día venga y dale al instrumento. Es lo mismo que esos niños de constitución bollicallica que siempre van por ahí con una camiseta del barça o del madrid y con un balón bajo el brazo. Es evidente que para ellos, en el futuro, el futbol nunca podrá pasar de tema de conversación junto a la barra de un bar.
Sin embargo, al margen de la cantidad de favor de los dioses con el que cuentes, el empeño en convertirse en maestro, en mi opinión, siempre merecerá la pena. Porque es un continuo ponerse a prueba, o tomarse la medida, o, mejor aún si quieren, el socrático conócete a ti mismo... la máxima aspiración concebible para cualquier ser humano. Comprobar de lo que eres capaz después de haber insistido miles de horas te da una idea de ti que, si no eres muy tonto, te servirá para obrar en consecuencia... lo que viene a ser igual a evitar pasar malos ratos.
Claro que tampoco hay que ser Paola Hermosín para poder llegar al disfrute con una guitarra entre las manos. Hay que haber nacido con taras mentales propias de El Malogrado de Thomas Bernhard para que la comparación con los mejores te convierta en piltrafa. Si uno es más o menos normal rápidamente intuye que el tesón puede paliar en gran medida las carencias que vienen de fábrica. Al fin y al cabo, también puede que la capacidad para el tesón no sea otra cosa que un don de los dioses... y no de los menores. Sí, definitivamente, El Malogrado era sobre todo un puto vago, la peor, quizá, de todas las taras mentales. O de las que más hace sufrir, al menos.
En fin, que hoy, como habrá podido comprobar quien haya tenido la paciencia de seguirme hasta aquí, me dio por la autoayuda. En reslidad, de Séneca pacá, y supongo que pallá, toda la escritura es autoayuda. A nadie con los pies firmemente asentados sobre la tierra se le ocurriría ponerse a escribir. ¿Para que le iba a servir entonces?
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