Como es preceptivo, que diría un sindicalista, toda peste que se precie debe ser acompañada de catástrofes naturales y guerras. Ya saben, los jinetes que nunca cabalgan solos. De momento, lo que más se parece a esa compañía necesaria son los quince días que llevamos de lluvias incesantes y lo que te rondaré morena porque las previsiones no dan tregua hasta allá donde es posible hacerlas. Personalmente, como soy un aplicado discípulo de Miguel de Molinos, no he tardado en pillarle el punto a todo esto y darme cuenta por tanto de que todo ello no es más una bendición de los dioses. Así es que poco a poco se va viendo claro cuál es el verdadero alcance regenerador de este apocalipsis now. Estas mismas lluvias que se están abatiendo sobre el noroeste peninsular ¿qué podrían ser sino un volver por donde se solía en el mismo momento en el que los cielos han dejado de padecer la agresión del tráfico aéreo? ¡Oye, que yo también sé buscarle causas a los efectos! Y este cielo del que prácticamente ha desaparecido la cuadrícula disforme que sobre él dibujaban los aviones, digo yo que algo tendrá que ver con la restauración de las lluvias a sus acostumbradas tasas invernales.
Sí, que ésta que dicen pandemia sea verdad o mentira, implementada o natural, poco importa ya. Ahora lo que cuenta es que está demostrando ser un azote implacable de la peor entre todas las enfermedades que venía padeciendo la humanidad como especie: el consumismo. Y concretamente el consumismo en sus modalidades más devastadoras: el turismo y la hostelería. Claro, pocos nos podemos acordar ya de cómo eran las costas de España hace setenta años. Se lo voy a decir: muchísimo más bonitas que esos paraísos que esperan encontrar millones de turistas tras muchas horas de vuelo. Así que, ¿calculen todo lo que hemos ganado con tanta celebración sin motivo para justificarla? Que no se equivoquen, porque ese y no otro es el motivo de todas las miserias: la material y, sobre todo, la espiritual.
Bueno, y por lo que hace a la hostelería, eso, ya, es la apoteosis. Nunca encontró poder alguno procedimiento más incruento y eficaz para esclavizar a las poblaciones. Porque la hostelería es de entre todos el más insidioso enemigo del ahorro. Imagínense por un momento el dinero que tiene que salir cada día de los bolsillos de los españoles para mantener activos trecientos mil establecimientos hosteleros. Y no digo yo que todo, pero si, pongamos que la mitad de todo ese dinero, se fuese a la adquisición de bienes de capital, ¿se imaginan lo que sería esto? Y eso por no hablar de la degradación moral inherente al exceso de lo que llaman socialización y que a la postre no es más que baile de vampiros.
Sí, levanten el ánimo y ríanse de las negras premoniciones, porque este ahorro forzoso al que nos estamos viendo abocados por el querer de los dioses, o de quien quiera que fuese, es la puerta de la libertad para una sociedad esclavizada por la estupidez del consumismo. Mucha gente, cuando esto acabe, se encontrará por primera vez en su vida con la posibilidad de tomar decisiones sin pedir permiso al banco. O sea, lo más peligroso que puede haber para los poderes en curso. Esos mismos poderes que labran su propia tragedia legislando contra el cielo.
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