Viendo la película The Dead (Los Muertos), dirigida por John Huston con guion inspirado en un relato de James Joyce de título Dublineses, nos podemos dar cuenta de unas cuantas cosas que no conviene echar en saco roto. Es un retrato de la sociedad burguesa ilustrada de principios del siglo XX. La acción se desarrolla, como se puede deducir del título, en Dublín, pero si me atengo a lo que mi madre contaba sobre como eran las reuniones en su infancia, se podría decir que el lugar es lo de menos porque no eran muy diferentes a lo que se ve en la película. Siempre había quién tocaba el piano, quién cantaba, quién recitaba y la conversación giraba sobre los temas culturales de la candente actualidad. La voz de Caruso y cosas por el estilo. En cualquier caso, el ritual era sagrado, desde la indumentaria hasta el respeto por los hábitos alcohólicos de los más disolventes que nunca llegaban a la pérdida de la compostura más allá del quedarse dormido en un rincón.
Pero el caso es que, estando en éstas, llego Edison y todo se jodió. Siempre recordaré aquel chiste aparecido en Noticias Lefa en el que un padre encopetado le dice al profesor de piano de su hijo que no le exija mucho porque de mayor se podrá comprar todos los discos que quiera. Así fue que en adelante la música nunca volvió a salir de las manos y las voces de los concurrentes sino de un cachivache apestoso que nunca cesaba de sonar. ¡A tomar por el saco las habilidades! Y del ingenio de las conversaciones, como en el caso de las mujeres del tango, mejor no hay que hablar. Porque, claro, ¿díganme ustedes cuántos de los espectadores de Dublineses entendieron la alusión a las Tres Gracias que hace el profesor en su obligado discurso de agradecimiento a las anfitrionas.
En fin. pelillos a la mar. Porque con el paso del tiempo se ha ido ganando en unas cosas, pero otras, no baladíes precisamente, se han perdido irremisiblemente. Sí, quizá esté muy bien traído ese título que le da Huston a la película, Los Muertos, porque no sé cuáles serían sus intenciones al dárselo, pero, efectivamente, ese tipo de gente que nos retrata está muerto y enterrado bajo cien pies de tierra. Nada, se diría, queda en el mundo de aquel afán por cultivarse para hacer honor a la pertenencia a una clase social privilegiada.
Sí, cuando hacer honor era una obligación moral... ya digo, llegó Edison y todo se jodió. La tecnología nos igual a todos, así que ¿a quoi bon tomarse la molestia si hagas lo hagas el vecino la va a tener siempre más larga? No, mira, aquí se impuso aquella cínica máxima que tanto se celebró en la decadente sociedad de aquel que conocemos como Siglo de Oro: "no hay saber como el tener". Lo demás, por añadidura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario