martes, 19 de enero de 2021

Renglones torcidos

Entre pandemia y plandemia me quedo con plandemia, porque, la verdad, o borro de mi memoria todo lo que estudié en la facultad o no me cuadran los números. Lo cual, por otra parte, desde mi visión de viejo cascarrabias, tampoco es que me importe demasiado. Incluso pudiera resultarme agradable si no fuese por el coñazo de las barbijas. Y es que dándole vueltas y más vueltas al asunto he llegado a la conclusión de que sean cuales sean las causas inmediatas del fenómeno en curso, las que pudieran ser consideradas como primeras o profundas habría que buscarlas a la luz de los textos clásicos. Concretamente en las tragedias de la saga tebana, desde Edipo a Las Bacantes pasando por Antigona. Quizá nos apresuramos demasiado a quitar al padre de en medio antes de habernos hecho hombres. Y también pensamos que entronizar a Dionisos en el lugar de Zeus era una medida muy inteligente para dinamizar la economía. ¡Et voilà! Los resultados están tan a la vista que una sola palabra los aglutina a todos: degeneración. Occidente en general se ha convertido en una gigantesca Plaza de Cañadío en la que los zombis impiden conciliar el sueño reparador a los pocos vivos que van quedando. Por seguir con el francés les diré que nuestro mundo, el de Colón, Cortés, Cervantes, Shakespeare, Galileo, Euler, Newton, Einstein, etc., está à bout de souffle. 

Eso, à bout de souffle. Todo el capital acumulado durante siglos de lucha se nos ha ido por los desagües de las sucesivas Plazas de Cañadío. ¡Qué la diversión no pare! No hay otra consigna. Divertir, que es entretener, pero sobre todo apartarse, alejarse de uno mismo. Vivimos para saber y sabernos, dice el de Belmonte de Calatayud. ¿Y como vamos a sabernos si nos pasamos la vida huyendo de nosotros mismos?

Pues si, estos toques de queda que yugulan de raíz el desmesurado culto a Dionisos puede que no sean más que una búsqueda de soluciones a la desesperada. Por supuesto que no creo que los gobernantes al decretarlos tuviesen la menor idea de su alcance. Más bien, pienso que han sido fuerzas telúricas las que les han guiado. Los designios del Señor son inextricables, aunque también sabemos que escribe recto con renglones torcidos. Por eso es que no debamos desesperar. Quizá de todo esto salga siquiera una brizna de regeneración. ¡Ojalá, porque si no...!     

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