Argumenta el Oráculo: "Nunca por la compasión del infeliz se ha de incurrir en la desgracia del afortunado. Es desventura para unos lo que suele ser ventura para otros, que no fuera uno dichoso si no fueran otros muchos desdichados. Es propio de infelices conseguir la gracia de las gentes, que quiere recompensar ésta con su favor inútil los disfavores de la fortuna; y viose tal vez que el que en la prosperidad fue aborrecido de todos, en la adversidad compadecido de todos: trocose la vengança de ensalçado en compasión de caído. Pero el sagaz atienda al varajar de la suerte. Ai algunos que nunca van sino con los desdichados, y ladean hoi por infeliz al que huyeron ayer por afortunado. Arguye tal vez nobleza del natural, pero no sagazidad."
Pues ya ven, el sabio piensa una cosa y el mundo no le hace caso y corre al revés. Porque no hay religión que pueda tener futuro si no preconiza que la desgracia del afortunado es condición sine qua non para que el infeliz se consuele. Y si no se lo creen escuchen uno solo de los discursos de ese que llaman Marqués de Galapagar y se convencerán. Para él cualquier remedio a los males de los desgraciados pasa por llevar a la guillotina a aquellos a los que les va bien en la vida. Y es que la envidia es un no vivir y por eso es fundamental arrancar de cuajo lo que la provoca. De ahí que sea tan importante disimular la felicidad. O la riqueza. Recuerdo, al respecto, la casa que fuimos a ver un día con el arquitecto que la había diseñado a San Just d´Esvern. Lo que se veía desde fuera nada tenía que ver con como era por dentro. Había sido el expreso deseo del cliente, sin duda una persona que, si no sabio, por lo menos muy sensata. Desde luego que por la pinta de la casa nadie iba a envidiar a su dueño. Otra cosa hubiera sido si hubiesen visto por dentro.
Porque es que el caso es que todos sabemos de estas cosas, pero, luego, a la hora de actuar, nos dejamos llevar por la más estúpida de todas las pasiones, la de querer hacer cambiar de opinión a un necio. Así, a la que te descuidas te ves soltando argumentos a cualquier marqués de galapagar al uso que lo único que quiere es cortarte las piernas para así poder estar a tu altura. No, lo correcto es lo que me dijo en Salamanca un músico del cabaret Tropicana: yo, cuando salgo de casa y me encuentro un comunista, le digo, buenos días señor, usted por aquí y yo por allá. Una lógica impecable: cuanto mas lejos estés de quien quiere mutilarte mucho mejor.
Bueno, a ver si aprendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario