lunes, 18 de enero de 2021

Las periferias

Para mí que algo se está moviendo. Lo podríamos llamar la silenciosa revolución de las cagadas. No sé en el resto de la ciudad porque no la piso, pero lo que es aquí, en la Biricia, les puedo asegurar que ni en los más fértiles tiempos se vio tal cosecha de cagadas de perro en las aceras. Cagadas gigantescas, porque ya, de tener perro, que sirva para amedrentar, que hay que ponerse a tono con los tiempos que vienen que pintan desapacibles. Pero es que, si traspasas los límites del caserío y te vas por esos caminos estrechos que cruzan el praderío hasta llegar al mar, quedas sorprendido por la profusión de vertidos incontrolados. Tampoco, ni en los mejores tiempos. Se ve a las claras que el personal ha buscado formas alternativas de entretenimiento al que tradicionalmente les suministraba la hostelería y se han puesto como locos a cambiar sanitarios, alicatados y todo tipo artículos para el hogar, porque lo que es carcasas desvencijadas de televisión... ¡madre mía!, para parar un tren. 

Por cierto, que puestos a hacer sociología barata, cara no creo que la haya, nada mejor, pienso, que echar un vistazo el backyard de la ciudad. Todos esos territorios a los que la garra constrictora de las instituciones todavía no ha llegado dando con ello lugar a que la imaginería popular haya dejado su impronta. Un territorio que, como es fácíl de comprender, si no fue codiciado por las clases acomodadas no ha sido por otra causa que por su hostilidad. Barrido por los vientos del norte, en ellos el invierno más que largo se tiene que hacer eterno. Ahí, precisamente, es donde gentes humildes pero inquietas han instalado sus "locus amenus" en los que no les falta de nada. Así es que cuando por allí paseas es inevitable que no te saques de la cabeza aquello del poeta: ...oye el alegre concierto / que forman sonando a un tiempo / el ladrido y el rotor. Porque en esos locus, otra cosa no, pero perros y máquinas de todo tipo todas las que quieran. Y más que, en medio de todo ello, hay una perrera cuyos lamentos se escuchan en varios kilómetros a la redonda. Bueno, ya para redondear, los perfumen que emanan de la depuradora de la ciudad que, si los vientos son los adecuados, te pegaran de plein fouet con lo que, ya, te acabarán de alegrar el día. Sí, porque por ahí es por donde he dado en ir a pasear a diario por considerarlo mil veces más amable que la ciudad enmascarillada. 

En fin, como les iba diciendo, algo se está moviendo en las periferias. Para mí que detrás de todos esos perrazos con bozal que saca a pasear la juventud tatuada tiene que haber algo. Quizá estén corriendo las apuestas. Al fin y al cabo con algo hay que entretenerse... o de algo hay que vivir. 

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