sábado, 9 de enero de 2021

¡Yo qué sé!

Me desayuno hoy con la entrevista que en su día le hicieron al pianista Horowith y en la que da explicaciones sobre por qué estaba en contra de las competiciones entre pianistas. A mí me parece tan obvio que esas competiciones son una majadería que por eso no me extraña nada que en Santander haya una de alcance internacional. Como dice Horowith, ¿quién puede juzgar entre excelencias? Por eso él solo resistió una vez como juez de un concurso. Le bastó para darse cuenta de hasta qué punto era estúpido. No sé, pero a mí no se me ocurre que ningún músico toque para ser mejor que nadie; en cualquier caso la competición será consigo mismo porque, por lo que tengo entendido, ni los más virtuosos consiguen estar plenamente satisfechos de sus ejecuciones. Digamos que es una búsqueda continua de la perfección que nunca llega. Es el espíritu de superación en estado puro. 

Sea como sea, el hombre, y quizá alguna mujer, no puede dejar de competir por ser el que más fuego roba a los dioses. Y cuanto más alto está en el ranking más nota al cuervo, o el águila, que viene todos los días a roerle los hígados. Por eso, nos lo debiéramos pensar. De hecho, no creo que la filosofía sea otra cosa que infinitas variaciones sobre la mejor forma de sortear las consecuencias de ese robo. ¿Cómo si eso fuese posible? No, no lo es y por eso precisamente es que digamos que este mundo es un valle de lágrimas. 

En fin, como ya les conté en su día, Horowith es el profesor de la novela El Malogrado de Thomas Bernard. Tiene tres alumnos, uno de los cuales es Glen Gould y otro el protagonista de la novela. Pues bien, el protagonista de la novela al ver tocar el piano a Glen sufre tal desmoralización que deja de competir consigo mismo. Lo manda todo al carajo. Es, sin duda, un enfermo mental, lo mismo que lo es Glen, pero por exactamente las contrarias razones. Es lo que va de la despiadada competencia con uno mismo a querer competir con lo mejor. 

Perdonen, pero es que nuca se me va de la cabeza aquel Prometeo que alguien tiene prisionero en el patio de una nave en un polígono industrial cabe Dueñas. Debiéramos ir todos allí en procesión a liberarle. ¡O yo qué sé!



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