miércoles, 13 de enero de 2021

Sostiene Eric

Eric Zemmour es un escritor francés de los que entraría en la categoría de los nouveau reac. Les nouveau reac son una gente que cuestiona la religión que viene dominando el mundo desde por lo menos la Segunda Guerra Mundial para acá. A mí, tengo que confesarlo, me caen de madre, porque es que todo lo que huela a religión me revienta las tripas. Y no es que yo no comprenda que aunque la especie humana se caracterice frente a todas las demás por su facultad de poder pensar, eso no quiere decir que toda la especie ejerza ese poder ni mucho menos: ese ejercicio requiere por un lado el estar dotado de ciertas cualidades excepcionales y por otro de haber sido educado en el cultivo de la voluntad para poder desarrollar esas cualidades. A la postre, pensar, lo que se dice pensar, es el privilegio de unos pocos y, de ahí, que prendan con tanta facilidad las religiones, sobre todo las que invitan a merendar a la orilla de cualquier lago después de haber escuchado a tipo subido en una peña que decía que no por no haber hecho nada en la vida dejas de ser un tipo guay. Lo de siempre: ¡corderitos míos!

Pues bien, sustenta Eric su teoría en aquella frase que dijera un día un tal Tocqueville, que el que no conoce su historia está condenado a vivir en las tinieblas. Y el caso es ese, que, esta religión que señorea el mundo emplea como principal arma de dominación la tergiversación de la historia. O sea, que en Francia ni por asomo se enseña en las escuelas que Carlos Martel derrotó a los musulmanes en Poitiers dando con ello por finalizadas sus aspiraciones de islamizar Europa. Considera la clerecía socialdemócrata que aquello no fue así porque no les conviene a ellos. Saben de sobra que para controlar a su filigresía no hay nada como tenerla enfrentada en bandos. Y el hecho de que las escuelas francesas estén trufadas de alumnos de origen musulmán se lo pone a güevo. Claro, mientras la filigresía se enzarza en estériles disputas la clerecía come a dos carrillos sin que nadie se dé cuenta. Y la nave, entre tanto, sigue haciendo agua y ya tiene su línea de flotación muy por debajo de donde sería prudente tenerla. 

Esa clerecía, o élite política, la compara Eric a la aristocracia del viejo régimen, la que con su ignorancia, o incultura, promovió la revolución que les llevó a todos ellos a la guillotina. Bueno, Eric no lo dice, pero seguro que piensa como yo que sería buena cosa que se repitiese la jugada. Porque, francamente, no veo otra posible salida a este declive galopante. Toda esta sostenibilidad que le dicen, ¿qué otra cosa es que una declaración de impotencia? ¿Qué es lo que pretenden sostener que no sean sus privilegios horteras? 

En fin, sigue sosteniendo Eric, muy en la línea de Stern en su Tristán Shandy, que los nombres que se ponen a los niños les condiciona mucho la vida, y que si los emigrantes ponen a sus hijos nacidos en Francia nombres de sus países de origen, pongamos que Mohamed, los chavales seguirán pensando de por vida que Carlos Martel no existió lo cual como que les da pie a continuar su lucha contra el infiel. Un verdadero despropósito que solo les viene bien a los que Dios quiera que acaben en la guillotina cuanto antes mejor, porque como duren en el poder nos vamos todos al carajo. 

En fin, cosas de Eric, hijo de judíos, por cierto, de los que salieron de Argelia por pies negros cuando lo de la independencia

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