Los que no han leído dos o tres veces los libros de Heródoto no tienen ni idea de lo que se están perdiendo. Porque no creo que se haya vuelto a escribir nunca algo tan ameno y en lo que a la vez se pueda aprender tanto sobre la condición humana. Todos los posibles comportamientos, tanto individuales como colectivos, están ahí descritos por medio de historietas tan perversamente diseñadas que no hay forma de que se despeguen de la memoria por más que el tiempo pase. De hecho, no hay día en el que por una u otra circunstancia no traiga a colación cualquiera de esas historietas en las que lo real se trufa de ficción para darle una fuerza simbólica que hasta el más zote sería capaz de discernir. Pero, en fin, que voy a decir yo de algo que el paso del tiempo no hace más que engrandecer. ¿Es que acaso puede haber algo que defina mejor la calidad?
Uno recuerda la crueldad estremecedora con la que Cambises se vengó de su primer ministro por haberle dicho éste una verdad que no le gusto. Primero le mató al hijo ante sus propios ojos y luego, por la noche, se lo hizo comer. Le quiso demostrar, sin duda, que el verdadero poder no admite la lealtad: solo la sumisión. Lecciones para no olvidar.
El caso es que nos estamos acostumbrando a escuchar cosas maravillosas de China. Y, luego, todo lo que nos facilitan la vida. Con lo que nos traen de allí y con los colmados y bazares que han puesto aquí. ¿Dónde suministrarse de viandas en día festivo? Obviamente en el colmado de la esquina regentado por chinos. Y de los bazares, ni te digo: ¿qué necesidad doméstica de urgencia es la que no puedes satisfacer en ellos? Y por cuatro perras. Y lo más curioso de todo, que nadie se pregunta por qué demonios no hemos podido tener esas facilidades hasta que han venido los chinos a suministrarlas. Sí, todo esto, más que curioso, me está empezando a parecer misterioso. Porque ya saben lo que dicen en Asturias, que milagros ni uno, pero misterios todos los que quieras... son muy descreídos esos asturianos.
Y en éstas estando llegó Trump y mandó parar. Hay que deconstruir el mito chino cueste lo que cueste, dijo. Y se puso a la tarea y acabó demonizado. Pero que nadie se equivoque porque la semilla que puso germinó y ya empieza a dar sus frutos. Cada día que pasa hay más voces advirtiendo de las consecuencias de esa comodidad a bajo precio venida del lejano oriente. Conviene despertar porque lo que nos están vendiendo es el todo vale a cambio de la eficacia. Así, lo mismo que hizo Cambises con el hijo de su primer ministro para que nadie más osase subírsele a las barbas, los líderes chinos actuales se cargan al primer mindundi que tenga el ADN compatible con cualquiera del partido comunista que necesite reponer uno de sus órganos. Y no sólo eso, que miles de personas van a china a trasplantarse a precio asequible sin preguntarse en absoluto de dónde han salido esos órganos. Bueno, entre 1.400 millones, ya me dirán quién se va a dar cuenta si desaparece alguien.
Y es que esto de los trasplantes es, a mi juicio, lo más prometéico habido desde que se robara el fuego a los dioses hasta acá. En Salamanca nos reíamos mucho de los "carne de trasplante". Nos referíamos a todos aquellos chavales que iban desaforados en sus motos. Cada vez que se mataba uno, tres o cuatro personas se podría decir que habían resucitado: dos riñones, un hígado, un corazón, dos pulmones... el supermercado estaba abierto y con las estanterías rebosantes. Claro, conocido ya el percal, empezaba a ser difícil distinguir entre el accidente fortuito y el provocado. ¿Qué de malo puede haber, dicen los chinos, en salvar una o dos vidas por cada ejecutado por la justicia? De alguna manera, así los malos se redimen y, lo que es mejor, no mueren del todo. En fin, que una vez inventado el fuego, lo mismo que podemos disfrutar de deliciosos estofados, también es inevitable que se queme el bosque. Así que, ¡ojo al parche que vienen los chinos y te lo despegan!
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