Veo un video en el que muestran un trozo de una entrevista que le hacen a Abascal el de las gabardinas. O mejor, trincheras. El muchacho se expresa bien porque, no nos engañemos, hace exactamente igual que, pongamos, el Marqués de Galapagar, es decir, hila tópico tras tópico de forma y manera que el populacho que le sigue puede entenderle hasta la última palabra sin necesidad de exprimirse las neuronas que posiblemente ni siquiera tenga.
Dice el de las gabardinas contra el frío, viento y temporal, que el futuro es de los patriotas. Me suena como de haberlo escuchado en mi ya muy lejana infancia. Es, se diría, una manifestación más del eterno retorno nietzscheano. Ahora los patriotas no deben luchar contra la internacional judeomasónica y demás hierbas, ahora es contra el globalismo representado por las grandes multinacionales en torpe concubinato con los mandarines chinos. Pues sí, qué duda nos puede caber al respecto: esa gente lo peta; hasta para cagar necesitamos de su colaboración. Pero como diría Borges: ¡Y qué le vamos a hacer! Al fin y al cabo, como me iba contando el otro día Pedro M. en uno de nuestros paseos seaside, hasta en una manada de vacas hay alguna que manda sobre las demás. Es una constante biológica que seguramente atañe a todos los mamíferos al menos. Y hay que vivir muy ciego para no darse cuenta de que alrededor nuestro hay mucha más lucha por prevalecer sobre los demás que amor fraterno.
Pues sí, seguro que ésta es la hora del de las gabardinas. Ponerse a resguardo de los vientos foráneos es una consigna que resuena por doquier. No es más que la inevitable ley del péndulo. Tuvimos ya bastante de exponernos a todos los temporales y digamos que esa fuente de energía ya no sale a cuenta. Ahora, mejor nos quedamos en casa al calor de la cocina bilbaína. Bueno, tendremos que quemar todos nuestros bosques, pero es que tendrán que reconocer conmigo que eso de los bosque está sobrevalorado: como si no fuese algo que crece solo y con lo que hay que luchar para que no te coma. En fin, pelillos a la mar, que como en la casa de uno no se está en ninguna parte.
En resumidas cuentas, lo de siempre: el que se siente impotente, no ya para mejorar, sino simplemente para sobrevivir, no puede tener mejor remedio para su mal que encontrar un enemigo... ¡tan fácil como es! ¿O es que usted ve fantasmas por todos los lados cuando se siente optimista porque le están cuadrando todas las cuentas? No, mire usted, ni el marqués ni el de las gabardinas. Yo quiero uno del que ni siquiera se conozca su nombre, porque esa será la prueba del nueve de que a la patria le va bien.
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