jueves, 31 de diciembre de 2020

Señoritos contumaces

Muchas veces pensamos que lo que pasa es el producto de una intencionalidad cuya autoría solo podemos sospechar. Porque tanta coincidencia, nos decimos, no puede ser debida al mero azar. Por ejemplo, la concatenación de sucesos desafortunados que conducen irremisiblemente al caos. Por así decirlo, es un clásico de los libros de historia. El caos recurrente que, a la postre, siempre se resuelve pagando peaje de libertad. Porque es que si hay causa a la que el vulgo achaque el efecto del caos esa es el exceso de libertad. O de libertinaje, como se suele decir para que la represión subsecuente parezca más justificada. 

Precisamente, estuvimos viendo la otra noche la versión cinematográfica que hace Mankievicz del Julio Cesar de Shakespeare. Va de eso, de caos que se resuelve en tiranía. Cesar había derrotado a Pompeyo por las tierras que riega el Ebro. Es la primera contienda civil pormenorizadamente relatada, aunque lo hiciese el vencedor. Poco han podido añadir los sucesivos historiadores que han contado batallitas similares. Pompeyo era la libertad y Cesar la ley y el orden. Pero, en la realidad, aquella libertad era la misma que tenían los atenienses cuando mandaba Solón o los españoles cuando la república del 32. Y por la misma ecuación, la ley y el orden que trajo Cesar fue la misma que Pisístrato llevó a Atenas o Franco trajo a España. Lo que cuenta la película de marras, que viene a ser lo que contó Plutarco en su día, es que siempre se puede rizar el rizo. La contumacia de los señoritos siempre es letal. Al matar a Cesar lo único que consiguieron es que sus herederos diesen unas cuantas vueltas de tuerca más a la represión. Lo mismo que pasaba en España con los intentos de desestabilización que hicieron, recién acabada la guerra civil, los señoritos del partido comunista: se lo pusieron a Franco en bandeja. 

El caso es que todo parece indicar que estamos volviendo a las andadas. Es decir, a la contumacia de los señoritos. Chavales que han leído dos libros a los que no tenían derecho y que, para colmo, tienen unos padres cagones que con tal de no tener problemas con ellos les dejan que se coman el patrimonio que acumularon en los años de bonanza. Noche tras noche llenan sus cabezas de fantasías en plazas como la de Cañadío. Para ellos, ese consumo desaforado es la libertad. Están tan enganchados a la vagancia que son incapaces de intuir su complicidad con las mafias en la destrucción sistemática de las instituciones. Almas puras, cargadas de razones, se aprestan a apuntillar lo que queda del sistema que les malcrió. ¡Todos podemitas! Herederos naturales de aquel "we can" que puso de moda Obama. We, we, we... beeee. beeee, beeee. ¡Corderitos míos! ¡Por Dios bendito, es que nunca vais a aprender a andar de uno en uno por la vida!

En fin, el que no lo quiera ver, allá él, pero esto cada día que pasa está un poco más claro: a este caos inducido por la torpeza de los señoritos contumaces le empiezan a salir generales par-ci par-lá. Y es que siempre hay un roto para un descosido. Estén atentos a youtube y comprobarán que no hablo por hablar. 

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