Así y todo, y pese a la que está cayendo, en Frómista vimos a un peregrino. Fuimos hasta allí para dar un paseo por la orilla del canal hasta Boadilla del Camino, el pueblo en donde, por cierto, nació María. Había un sol desvaído que para nada servía y un viento pelón de los que atraviesan mil capas de ropa que te pongas. La única persona que nos topamos, y que no contestó a nuestro saludo, fue al capitán del Juan de Homar, el barco que sigue anclado junto a las exclusas. Pienso que sería muy interesante echar un vistazo a las cuentas de ese barco propiedad de la Diputación de Palencia. A lo mejor me llevaba una sorpresa, aunque no me parece probable. Para mí que para lo único que sirve es para crear el puesto de trabajo del mencionado capitán, que a saber qué titulación tendrá para haber ascendido a tan elevado rango. En fin, cosas, una vez más, de la socialdemocracia: el paraíso en la tierra a costa de las espaldas de Atlas, que diría Ayn Rand.
Sea como sea, Castilla siempre será Castilla, y Perséfone siempre estará al acecho para sacar su cabeza del Hades a nada que el otoño se asure. O sea, que las temperaturas sean tibias. Y así es que el campo verdea por doquier salvo por donde los tractores siguen laborando. Hay un algo como de ancestral en todo ello a lo que es imposible sustraerse. No en vano a la agricultura se la denomina también sector primario. Es, en definitiva, de donde sale la comida, nuestra única real necesidad. Algo que de tan obvio se nos suele olvidar. Quizá por aquello que dijo el que más dijo, que no solo de pan vive el hombre, algo que empieza a ser una temeridad en el mismo momento en el que el pan empieza a escasear.
Una cuestión que ya hemos olvidado plantearnos: ¿sería posible que el pan empezase a escasear de nuevo? Porque se da la circunstancia de que la historia de la humanidad si por algo está marcada es por las épocas en las que escaseó el pan. Escasea el pan y de inmediato se ponen en marcha los jinetes del apocalipsis que, en la práctica, no hacen otra cosa que adaptar la demanda a la oferta. Que hay poca oferta, pues que baje la demanda. Ya saben lo fácil que es eso para un jinete. Acuérdense de aquella película de Clint Estwood titulada "El Jinete Pálido": moría hasta el apuntador y todo solucionado.
Pues sí, se me ocurren estas reflexiones arrastrado sin duda por lo sórdido del ambiente. Y es que, ¿se pueden imaginar algo más sórdido que el que en Frómista haya solo un peregrino? ¡Y menos mal que hay uno! Como guardando la llama. Y es que El Camino es como un termómetro de la vitalidad del mundo. Por el sólo transcurren los vivos. O los agónicos, si mejor quieren, porque, desde luego, El Camino es cualquier cosa menos un camino de rosas. En fin, no sé, puede que vuelva a transitarlo. Para saber si de verdad sigo vivo.
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