Una de las novelas preferidas de mi adolescencia fue La Trilogía de la Bounty. Es una aventura tan trepidante que ya en el año 33 del siglo pasado fue llevada al cine. Es la versión que sin duda escogería entre las numerosas que se han hecho después. Con Charles Laughton haciendo de capitán psicópata y un Clark Gable, segundo de a bordo, atrapado entre la letra y el espíritu de las leyes, la cosa no podía fallar de ningún modo. El caso es que toda la trama está pensada para poner al lector, o al espectador, sin el menor resquicio a la duda, de parte de la tripulación que se rebela. Por así decirlo, es un acto de estricta justicia ante los dioses, aunque ante el poder corrupto de los Estados sea delito de pena capital.
La cosa en sí no tendría el menor misterio si fuese una novela de ficción, pero se da el caso de que en ella se trata de describir un hecho real acaecido en un barco inglés justo cuando en París andaban guillotinando a diestro y siniestro a todo lo que sobresalía por lo que fuera que fuese. En resumidas cuentas, una de esa épocas en las que el mito de pueblo bueno/gobernante corrupto se exalta a límites estrafalarios. Entonces, todo está justificado. Y, por si surgiesen dudas al respecto, ahí estuvo, está y estará el literato de turno para poner negro sobre blanco la verdad que mejor se acomoda a la sentimentalidad del momento, la propiciada por la exaltación del mito de marras.
Pero, con la Bounty, como con la Revolución Francesa, como con todo suceso mitificado, unas veces antes y otras después, siempre acaba por llegar la Historia con la rebaja. Lo que pasa es que para entonces el embuste ya cumplió con su misión de mantener al pueblo llano convencido de que sus tropelías estaban mucho más que justificadas. Y de ahí, me temo, nunca nos van a sacar porque los dioses inventaron ese consuelo para aquellos a los que previamente habían desfavorecido.
Y así ha sido que alguien se puso a investigar en los archivos la historia real de la rebelión a bordo de la Bounty y sacó conclusiones muy diversas respecto del mito. Y lo contó todo en un libro que anda circulando por ahí. Y claro, sí, la vida a bordo de un barco en aquellos tiempos era sumamente dura. Mantener a tanta gente operativa dentro de un espacio tan reducido exigía una disciplina férrea que rallaba en la injusticia. Pero eso pasaba en todos los barcos de todos los países. El capitán de la Bounty, por tanto, no era especialmente estricto respecto de los capitanes de otros barcos. Pero aquellos, como les decía, eran tiempos de revoluciones, o sea de las masas soliviantadas frente al poder. Y en un barco no iba a ser diferente. Sin duda el capitan de la Bounty se debió ver precisado a echar mano de la disciplina más de lo que le hubiese gustado. Por así decirlo, sin quererlo, tuvo que echar leña al fuego, lo cual favoreció el desenlace. La tripulación, una vez llegados a Taiti y puestos a comparar sus condiciones de vida en Inglaterra con las que les ofrecía la isla no lo dudaron un momento: mandaron de vuelta a casa al capitán en una chalupa, con la esperanza de que no llegase, supongo, y se instalaron a gozar de los encantos del clima y las nativas. El problema les vino de que el capitán era mucho capitán y logró llegar a casa. Y luego volvió a por ellos, los cogió y los llevó a Inglaterra donde fueron conveniente colgados para escarmiento de atrevidos.
Así que ojo al parche con todos esos miles y miles de novelas y películas que tanto nos han gustado porque pudiera ser que nos la estuviesen pegando. Qué duda cabe de que hay en el mundo mucha injusticia por parte de los poderosos, pero no es la única injusticia en el mundo como nos quieren dar a entender esas novelas y películas. Y ya puestos a escoger no sé yo de que injusticia quisiera escapar antes si de la de los poderosos o de la del populacho. Pero, ya, para concluir, les diré cual es en mi opinión el problema con el que nos enfrentamos: no es otro que el que las editoriales de libros y las compañías cinematográficas no ganarían dinero si se pusiesen a relatar las injusticias del populacho y, por conta, ganan mucho contando las de los poderosos... no es más que la consecuencia de lo jodidos que andamos casi todos y de no querer que se nos recuerde la parte de responsabilidad que tenemos en ello.
En fin, es que anoche estuvimos viendo lo de la Bounty. Supongo que ya habré escrito sobre el asunto en este blog, pero...
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