Este año, con la justificadísima excusa de que no queremos contagiar a los abuelos, los nietos y los hijos se han librado del coñazo que por lo general suele ser la celebración de la noche buena. Algo bueno tenían que tener los acontecimientos en curso. Aunque, por otra parte, como dejaron claro los cómicos de La Cubana en una de sus obras magistrales, la cena de navidad es cualquier cosa menos una celebración. En realidad es una especie de catarsis, o terapia de grupo, en la se sacan a relucir todas las viejas envidias o rencillas entre los miembros asistentes de una manera despreocupada gracias a los efectos del alcohol. Claro que como entre los asistentes los suele haber tirando a abstemios es frecuente que las susceptibilidades estallen y que todo acabe como el rosario de la aurora. Por eso, cuando tocan retirada, cada oveja le suele decir a su pareja: una y no más: ésta ha sido la última vez que acudo a una cena de estás. Solo una rabieta, porque los hechos siempre desmienten el propósito.
Personalmente, puedo decir que empecé a librarme de este tipo de disfrutes a edad bastante temprana. Después, se podrían contar con los dedos de las manos las veces que he acudido a semejantes eventos. Y si lo hice, fue más por curiosidad de entomólogo que por cuestiones afectivas. Para celebraciones, o misterios de Eleusis, si así queremos llamarlo, siempre he preferido recurrir a mis reservas de amistad que, gracias a los dioses, nunca me faltaron. A la postre, después de tanta renuencia, puedo decir que cada vez que me encuentro, ya sea con amigos ya con familiares, es como un día de celebración. Claro que tengo que especificar que siempre es de Pascuas a Ramos. Y si alguna vez, por las circunstancias que fueren, aumentó la frecuencia, de inmediato sentí opresión y emprendí la retirada. Los lujos, para serlo, es imprescindible que sean escasos.
En fin, que como digo, los acontecimientos en curso puede que sean una bendición para que, entre otras cosas, que el personal le tome la medida al sentido de la celebración. La celebración, algo tan absolutamente imprescindible en la vida y, por lo mismo, tan susceptible de corromperse. Porque esto es como lo del guerrero que necesita venir de la guerra para poder disfrutar del reposo. Por así decirlo, como en todo, hay que haber hecho méritos antes de recibir el premio. ¿O es que conocen ustedes mayor corrupción que la del premio a la cara bonita?
Bueno, en cualquier caso, felicidades a todos los que se libraron anoche de la oprobiosa obligación de acudir a la terapia de grupo. Además, como lo hicieron por altruismo, doble premio.
Pues sí,querido Pedro.Es una de esas cosas positivas ,bastantes,por cierto,que ha traido el dichoso Tabardillo.Me he librado del conhazo de los cunhados.Siempre estoy temblando cuando llegan estas fechas.Incluso intento representar enfermedades imaginarias que la parienta,que me conoce de largo...siempre adivina.En eso el Tabardillo es la hostia en verso
ResponderEliminarEs una excusa irrebatible, con el label del Parlamento de la Nación.
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