domingo, 13 de diciembre de 2020

Sin el menor interés

En realidad todas estas cosas me importan un rábano, pero como en algo me tengo que ocupar para que no se me caiga el cielo encima pues voy y me pongo a escuchar un vídeo donde sale razonando Cayetana Álvarez de Toledo. Cayetana, como supongo sabrán, es tan importante en el panorama político que sus enemigos han querido que su nombre se convierta en peyorativo de persona despreciable. Cayetanos, dicen, refiriéndose a los que según su calenturienta imaginación se regodean con el sufrimiento de los pobres. O sea que, con estos mimbres, por usar una expresión tertuliana, ya nos podemos hacer una idea de cómo anda el panorama al que se tendrán que enfrentar los que alberguen la menor esperanza, o ilusión, de que con un adecuado uso de las palabras se va a poder desaborregar a los borregos. 

Cayetana, desde luego, por fuerza tiene que amedrentar a sus oponentes. Posee demasiados triunfos como para que no fuese así: un linaje ilustre, un currículum académico de postín, una oratoria envidiable y, para rematar, una elegancia natural a la que, si la ocasión lo demanda, puede dar un toque arrabalero. Si el protagonista de Nobleza Baturra la hubiese echado el ojo encima, no me cabe la menor duda de que hubiese exclamado: ¡qué muhé! Porque, sí, es demasiada mujer como para que sus enemigos la puedan rebatir con argumentos. Y por eso es que lo hagan ad hominen, es decir, con insultos. 

Personalmente, pienso que no hay nadie en el panorama político español que se le pueda comparar y, sin embargo, no hay vez que la escuche que no me asalten los perinquinosos peros que decía Critilo, ya saben, el preceptor de Andrenio. Sí, me produce inquina comprobar que tanta dotación no parece servir para ir a la enjundia de nuestros problemas políticos, es decir, el exceso de política. Exceso de Estado, exceso de políticos, exceso de leyes, exceso de intromisión en la vida de las personas... el otro día escuche a no se qué político proponiendo una ley que obligase a partidos políticos y sindicatos a financiarse por sí mismos, es decir, sin subvenciones del Estado. Este sería un buen comienzo, pensé. Y ese es el caso, que no veo a Cayetana entrando a estos trapos. Ella está muy preocupada con las políticas identitarias. Sí, claro, lo comprendo, son absolutamente repugnantes. Pero, dime, Cayetana, ¿cuánto iban a durar los políticos identitarios si se les cerrase el grifo subvencionador? Aquí, querida, todo va de modus vivendi y, chupar de la piragua, que decían los proscritos, es el modus vivendi de elección para los sinvergüenzas sin recursos intelectuales, que no otra cosa es un político identitario... tipo Revilla, por señalar a alguien bien notorio.  

Así que, ya digo, esperanza, ninguna. Otra cosa sería si viese a Cayetana compartiendo mesa en el Juan de Mariana con Axel Kaiser, Juan Ramón Rallo y gente por el estilo. Esa batalla cultural que tanto dice ella que hay que dar hay que especificarla con claridad. ¿De qué lado te pones, Cayetana, respecto de lo de llevar o no llevar mascarilla? Porque mientras haya un Estado que te pueda obligar a llevarla la única claridad que yo veo es llamar a los ciudadanos a las armas. En fin, Cayetana, aclárate de una vez.    

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