martes, 29 de diciembre de 2020

Trocar al trascandón

Como siempre ha sido y será, cuando las vacas van flacas, crece la picaresca. Ya hace meses que vi que en las paradas de autobuses se anunciaban mascarillas de Cantabria. "Porque no todo vale a la hora de prevenir. 99% de filtración". Ayer, cuando miraba un vídeo en youtube, apareció de repente el anuncio de unas mascarillas testadas para la nueva mutación del virus, también con el 99% de eficacia. Y por supuesto, Revilluca, el pícaro de tres al cuarto, lleva puesta mascarilla con el escudo de Cantabria hasta cuando va a cagar. Ya les dije un día que hemos vuelto a la superstición del detentebala. También cuando aquello había sinvergüenzas que fabricaban los escapularios milagrosos. 

La picaresca, en realidad, no es más que una cuestión darwiniana, si es que así se la puede llamar. Los mejor dotados por la naturaleza son los únicos capacitados para hacer frente a la adversidad, fabricando mascarillas, detentebalas, o, sencillamente, mentiras del tipo que a la gente común le gusta escuchar. Tengan en cuenta que las mentiras siempre han sido y serán la mayor fuente de consuelo con la que cuenta la humanidad. Por eso precisamente es que se haya acuñado el sintagma "mentira piadosa". De la misma manera que también se acuñó "la verdad duele". 

Y en esas estamos, en una fase de agudización de la necesidad de consuelo. Por eso la figura del pícaro es más imprescindible que nunca. La gente se muere porque la engañen. Y, entonces, ahí están los que saben trocar al trascandón para lo que haga falta que el personal necesite.  Por ejemplo, el general Pierre de Villier, del que hace días les vengo hablando, "veut réparer la France". ¿Lo cogen? Consuelo a tope para las legiones de venidos a menos. Si yo estoy jodido que se jodan los demás. Consuelo de tontos, sí, ¿pero es que acaso no son los tontos los que más sufren? O los menos dotados, si es que así lo prefieren. 

No sé por qué será, quizá porque necesito el consuelo de los tontos, pero me gusta ese general. O quizá sea por las mismas razones que a tanta gente le gustaba el general Franco cuando lo del 36. Es que tengo la percepción de que la barbarie ha pasado de ser un medio para conseguir un fin a ser el fin en sí mismo. Es lo típico de cuando el nihilismo se apodera de los espíritus. Supongo que el nihilismo imperante, que solo un idiota negaría, será la consecuencia inevitable de largos años de satisfacer deseos a bajo coste de voluntad. Un chasquido de dedos y, ¡zas!, ya estoy dorándome al sol del caribe. O cosa por el estilo, igual de estúpida, por supuesto. En cualquier caso, el general ya ha advertido: la lucha a venir no será cosa de meses ni de pocos años; es una guerra del espíritu y eso se gana muy lentamente. Porque él la va a ganar, que no les quepa la menor duda, aunque para ello se vayan a tener que acostumbrar a verle por los siglos de los siglos pronunciando trascendentales discursos en tribunas levantadas al efecto. De Gaulle, el mismo Franco, así lo hicieron y los resultados obtenidos a la vista están. 

En fin, picaresca para devolver a la barbarie a su condición de medio para conseguir un fin. Del nihilismo imperante hay que pasar al simple y llano pragmatismo. Y eso, que nadie se engañe, solo tiene un camino: la mano dura. Y, si no, ¿qué sentido tendría un general? Un general que, por supuesto, sepa trocar al trascandón. 

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