Pienso que si alguien me preguntase lo que quiero ser de mayor no dudaría ni un segundo la respuesta: músico. Y desde luego que en ello estoy sin cejar ni un solo día en el empeño. Es la ambición que me mantiene interesado. Ponerme, guitarra en mano, delante de un tutorial y permanecer completamente huido de mí hasta que la espalda me reclama. Y voy lento, muy lento, pero sé que avanzo. Y luego, cuando cansado de disciplina, me abandono a la imaginación y dejo correr los dedos por los trastes vuelvo a lo de Calisto cuando le quitó las bragas a Melibea, y perdonen que me repita, que es tanto el placer que hay dentro mi que no puedo expresar todo el gozo que poseo. No quiero ni pensar lo que sería si de aprendiz hubiese pasado al rango de oficial y no digo ya de maestro. En llegando a tanto, comprendo perfectamente que sea difícil mantener el equilibrio. Tanto tiempo sintiéndose dios se compagina mal con las miserias terrenales.
Porque el caso es que la música influye sobre los sentimientos. Los manipula. Es, para que nos entendamos, el arte más perverso de todos. Suprimiésemos toda la música de las películas de Hitchcock y el suspense se iría de inmediato al carajo. Es tan definitiva su presencia en cualquier ámbito que su ausencia se asocia con la nada. Por eso es que el silencio se haga insoportable para quienes se acostumbraron a dejar que sean los sones los que guíen la imaginación. Es todo un misterio. Cosa de dioses. O de drogadictos, que son los que más se les parecen.
En resumidas cuentas, que insisto y insisto y insisto porque sé que es la única manera de sacarme de encima el complejo del malogrado. Y es que, me digo, limitarse a aquello para lo que la naturaleza nos dotó, que ni siquiera llegamos a intuir en la mayoría de los casos, es como reconocer el propio fracaso vital. La sal de la vida, estoy convencido, consiste en extralimitarse. O en desafiar a lo dioses, si lo quieren dicho de forma más poética. E intentar se músico es, me parece, el más bello desafío.
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