Está colgando Juan Ramón Rallo estos días unos vídeos sobre Venezuela que son realmente estremecedores. Lo del chavismo, explicado por Rallo, es como lo de aquella fantástica novela de García Márquez que tenía por título "Crónica de una muerte anunciada". Cualquiera que hubiese analizado un poco la historia sabría de sobra que todo lo realizado por el chavismo no podría conducir a otro final que al de la ruina total en la que ahora está Venezuela. Y como decía aquella canción: "y sin embargo te quiero".
Nunca lo pude entender. En los años ochenta, noventa, dos mil, amigos y conocidos iban a Cuba y volvían contando maravillas. La sanidad, la enseñanza, el buen rollo... todo eran ejemplos para que aprendiésemos que había otro modelo más equitativo y responsable. Recuerdo la conversación con el padre de una amiga, un viejo militante del partido comunista catalán que había venido a casa con un paquetón para que, mi compañera de entonces, que iba a ir a Cuba a un "congreso", se lo llevase a su hijo, un arquitecto, también comunista, que había preferido vivir en la Habana antes que en Barcelona. El buen señor me estuvo contando las excelencias del castrismo y cuando termino, haciéndome el inocente le pregunté, ¿qué pasa que no puede comprar estas cosas allí? Porque el paquete contenía jabón y cosas así de elementales, más algún juguetito para los nietos. Ni que decir tiene que mi compañera, catalana resuelta donde las hubiese, agarró todo aquello y, salvo el juguetito, lo tiró todo o se lo devolvió al viejo, no recuerdo, pero desde luego que no cargó con ello. ¡Faltaba más, ir a hacer de recadera! Para terminar, le dije al viejo que, sí, muy bien, a lo mejor les enseñan más matemáticas que aquí, pero que un sistema educativo regido por una ideología totalitaria era cualquier cosa menos un sistema educativo. Eso sí, me contestó, y se levantó para irse. Y no se crean que era un don nadie, los libros de lengua que había escrito a medias con su mujer se estudiaban en los institutos de la mayor parte de España. Pero se ve que tenía su corazoncito. Y se lo había pegado a su hijo que prefería no disponer de jabón a cambio de tener la edad de la mujer que tienes entre los brazos, como sostienen los viejales cubanos.
Pues sí, muchos amigos iban a Cuba y, claro, ni que decir tiene que con la visa que llevaban en el bolsillo allí se convertían en reyes del mambo. Quizá era eso, que Cuba les daba la oportunidad de sentirse alguien. ¡Vete tú a saber! Veleidades de juventud. Aunque fuese juventud añosa, que ya saben lo que cuesta madurar si transitas por la vida con el fardo progresista a cuestas. Recuerdo al respecto que en los años que viví en Salamanca tuve interesantes y encendidos debates con profesores cubanos que andaban por allí de año sabático y comprando bragas en Simago, almacenes fundados por cubano exilado por cierto, para enviárselas a sus mujeres en Cuba que, por lo visto, se las veían mal para proveerse de ellas en la isla. No tardé en darme cuenta de que eran unos sinvergüenzas de tomo y lomo. Eran del partido y, salvo bragas para sus mujeres, tenían de todo lo que ofrece el mundo capitalista: coche, tocadiscos, viajes... Y hablando de viajes fue muy interesante el que hizo a la isla por entonces Torrente Ballester. Por supuesto que fue recibido por Fidel y fue tratado a cuerpo de rey. Así que nada me extraño cuando un hijo suyo vino a contarme que su padre creía que se debía ayudar al régimen cubano a sobrevivir para que el mundo viese que hay vida más allá del capitalismo. Claro que por entonces Torrente ya estaba muy viejo, pero no muy maduro a lo que se ve.
En resumidas cuentas, que, esta mañana, mientras deambulaba por entre las estanterías de Mercadona no podía dejar de pensar en los vídeos de Rallo. ¿Dios mío, pero como puede ser que todavía haya gente que esté dispuesta a prescindir de todo esto con tal de salirse con la suya? Porque si llegasen a mandar siquiera un poquito todos esos frikis que andan por el Parlamento de la nación, no le duden, lo primero que se iría al carajo sería Mercadona. No lo puedo entender, la verdad. De hecho, ni en mis años más necios pude entenderlo por más que así me condenase a la soledad.
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