miércoles, 2 de diciembre de 2020

Clave de bóveda

Ayer, por circunstancias que no vienen a cuento, paseé por el centro de la ciudad. Hacía un sol radiante y la temperatura propia de la meseta por estas épocas del año, o sea, muy por debajo de los diez grados. Y a la sombra ni te digo. Lo cual no era óbice ni cortapisa, como nos gustaba decir en el colegio, para que delante de cada bar o cafetería pareciese haber una casa de contratación. O feria de lo que sea. Caigan rayos o truenos la gente no se apea de sus costumbres. O más propiamente dicho, su costumbre, que no es otra que organizar su vida alrededor del sindicato de hostelería. Pues sí, ahora nos podemos dar cuenta de las multitudes de gentes que en tiempos de bonanza se agolpan dentro de los bares a todas las horas del día. Desde luego que es cosa digna de que se le dediquen unas cuantas reflexiones. 

Evidentemente la cosa no viene de hace dos días acá. Uno coge las dos principales novelas del siglo de oro, El Quijote y Guzmán de Alfarache y se da cuenta de que sin las ventas y mesones no habría tales novelas. Son los escenarios donde pasa casi todo. Y los mesoneros coprotagonistas imprescindibles para entrelazar las diferentes secuencias y caracteres. Por así decirlo, están en el centro de la trama y tienen el poder de orientarla en una u otra dirección. Y no por nada, sino por algo muy elemental: los mesoneros están en posesión de cantidad de información privilegiada acerca de su clientela. No otro es el gran atractivo de esa profesión que en cierta medida ha venido a sustituir el papel que antaño hacían los clérigos. Escuchan y aconsejan. Y, claro está, todo ello sin otra finalidad que la de sacar la mayor tajada posible. Porque si algo se aprende en esas dos novelas es que no hay en los mesoneros el menor sentimiento filantrópico. En ellos todo es materialismo, que seguramente, no otra es la causa en la que se sustenta su éxito social. Fueran unos sentimentales y todo se les iría de las manos. Sí, esa es la gran lección que nos ofrece la hostelería: el materialismo como sostén de la paz social. ¿Porque se imaginan lo que sería esto sin bares? La guerra total, bien sur

Sí, la cosa tiene su miga, no se vayan a creer. Los bares son la clave de bóveda del sistema político. Sin ellos todo se derrumbaría. Las gentes andarían sin rumbo por las calles matándose unos a otros. Y de ahí que a unos políticos avezados se les ocurriese la genial idea de la socialdemocracia. Sí, piensen un poco y no tardarán en caer en la cuenta: la socialdemocracia es un sistema político que consiste en despreocupar a la gente respecto de las necesidades más perentorias -comida, salud, educación- para que puedan poner todas sus energías en la socialización. ¿Y cuales son los templos de la socialización? Díganme ustedes si conocen otros que no sean los bares. 

En fin, no sé en qué medida habré acertado con las precedentes reflexiones. Pero para mí que se debiera andar con cuidado el actual poder político respecto al trato que está dando a la hostelería en esta crisis en curso. Porque del debilitamiento de su papel social se pudieran derivar revoluciones impensables. Imagínense lo que podría llegar a ser esto si a la gente a falta de mejor entretenimiento le diese por querer hacerse dueña de su destino y no dejar que el Estado se encargase de su salud ni de su comida ni de su educación. Elemental, si la clave falla, la bóbeda se viene abajo. 

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