lunes, 30 de noviembre de 2020

Diatriba

Ayer hizo un día glamuroso para los habituales de la esquina barilochera. Al mediodía, bajo el sol tibio otoñal y si vientos asesinos, aquello parecía una casa de contratación. Todo eran corrillos en animada conversación, vaso de plástico en mano. Sí, no cabe duda de que las fábricas de plásticos han sido las grandes beneficiarias de la actual movida. Bueno, y también las de desinfectantes. A primera hora de la tarde, en la esquina ya desierta solo se veía al hijo del dueño del Bariloche con una mochila llena de lo que se supone es desinfectante venga a rociar paredes, columnas, suelos... bueno, pienso que al menos servirá para que los perros no meen tanto en el lugar, que es que está hecho una pena. Porque no han sido los fabricantes de plásticos y desinfectantes los únicos beneficiarios, también los criadores de perros se han debido de poner las botas. Hace un año parecía imposible que pudiera haber más, pero nos equivocábamos. Los que no tenían ahora tienen y los que tenían ahora tienen dos al menos. Así que voy por el parque de la Ribera y lo que menos se me ocurre es levantar la vista del suelo no vaya a ser que resbale. Porque esa es otra de las consecuencias inmediatas de la movida: si la policía está ocupada con lo de las máscarillas no puede estarlo con lo de las cagadas. De hecho, unos carteles que había en el parque instando amablemente a los dueños de los canes a recoger las cacas, han sido debidamente emborronados para que no se pueda leer nada. Bueno, ya saben que siempre se dijo que pisar una cagada de perro trae buena suerte. Y seguro que es verdad. 

Pero a lo que íbamos, a lo de los grandes beneficiarios. Según dicen, y lo que se aprecia por las carreteras lo confirma, lo de la venta de bicicletas ha sido la bomba. Ya venía siendo tendencia en los últimos tiempos, pero es que ahora sin bicicleta no eres nadie. Dado lo cual estoy pensando volver a agenciarme una porque quiero ser alguien, aunque un alguien sin perro, o sea, medioalguien. ¡Ay, que difícil por trabajoso se nos está poniendo lo de ser considerado uno más entre los demás! Y es que si, ni chupas esquina barilochera, ni paseas perro, ni vas en bicicleta, ¿quién te va a dirigir la palabra? Porque aquí hemos venido a ser como los demás y pretender lo contrario es cagarse en los evangelios, lo cual, lógicamente, ha de conllevar las penas del infierno. 

En resumidas cuentas, que la vida sigue igual, unos ganando y otros perdiendo. Y los jóvenes corriendo desesperadamente hacia ninguna parte y los viejos aferrándose a la barandilla para no caer por el precipicio. Así que, en habiendo llegado a tan irrefutables conclusiones, ayer fui al armario donde tengo ocultos mis libros, cogí, agarre más de la mitad, los metí en el carrito de la compra y los lleve hasta la biblioteca pública más próxima y los dejé apilados en la puerta. No sé que hacer con los que me quedan. Ya no llegan ni a cincuenta y, sin embargo, los sigo sintiendo como si fuesen una losa. Por Dios bendito, si me hubiese ahorrado todo lo que gasté en libros ahora podría tener hasta un jet privado. Y todo en un intento desesperado de que los amigos me tomasen por persona culta. ¿Se imaginan mayor ingenuidad?

En fin, perdonen la diatriba, pero es que hay días en los que uno amanece...

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